Según Díaz-Canel, las conversaciones han sido coordinadas con las principales instancias del Partido, el Gobierno y el Estado cubano
Se sabe que los cambios de época trastocan el lenguaje. Un buen día se comienza a llamar a las cosas nuevas con nombres viejos. En la distracción ante tanto ruido cotidiano, nadie se entera que hay cosas que ya no nombramos porque sus nombres los usamos para nombrar otras cosas que se le parecen, pero que no son iguales. El problema es que a nuestras espaldas comienzan a perderse cosas que están al centro de lo que nos hace humanos.
No es culpa de la inteligencia artificial (IA) y no sería el siglo XXI el primero que registrase un trastorno de cierta envergadura. Ahora bien, es de extrema importancia que en los momentos de cambio de época que vivimos surja una clara consciencia en cuanto al significado de la palabra “política” y lo que perdemos cuando la perdemos. Sugiero que adoptemos una estrategia consciente que nos habilite a tener conversaciones políticas en el espacio público. No son meros intercambios de opiniones, sino un proceso de creación de tejido social, o, como diría Hannah Arendt, de un mundo común. Una conversación pública política es parte de un proceso de transformación y no un acuerdo coyuntural. Para despejar las brumas del camino, identifiquemos una serie de prácticas que no son política, pero que suelen llevar ese nombre.
Si alguien necesita mostrar su apoyo a los amigos en el gobierno, llamémosle propaganda, o campaña publicitaria, pero no política. Tiene poca importancia que ese amigo en el gobierno dé empleo a sus amigos, sea un poco laxo en el manejo de fondos públicos, o que tenga el mal gusto de perseguir y encerrar a sus opositores. No es difícil entender que haya quienes le quieran ser leales a ese amigo en el gobierno. Es probable que en algún momento el liderazgo que apoyamos se vea enfrentado a un opositor al que llama “enemigo”.
La comprensión de la política en términos de la relación amigo-enemigo fue formulada con esa claridad en 1927 por Carl Schmitt (1888-1985), un jurista del Tercer Reich. El texto que se conoce hoy es una revisión de 1932, El concepto de lo político, publicado a las puertas del ascenso al poder de Adolf Hitler, a quien llamaría “el defensor de la Constitución”. Schmitt había publicado en 1923 una crítica devastadora del régimen constitucional establecido por la República de Weimar (1919). A partir de ese momento, el jurista alemán reelaboró una y otra vez sus objeciones a la democracia liberal. El régimen de libertades que se expresaba en el parlamentarismo exacerbaba el conflicto y no permitía el desarrollo del llamado “estado administrativo”, o lo que hoy llamamos administración pública. Entender la política como la separación radical entre las relaciones con el amigo y las relaciones con el enemigo ha justificado desde entonces todo tipo de regímenes autoritarios, fracasados en su mayoría, pero con algunas notables excepciones por su larga duración antes de su eventual declive. Schmitt no es necesariamente un autor citado por quienes lo utilizan, pero en sus enseñanzas se encuentra la fundamentación de los populismos del siglo XXI, que buscan siempre oponer una “élite” (de conformación tanto flexible como misteriosa) que ejerce todo el poder contra un pueblo, que siempre es víctima, pero que potencialmente puede aspirar a tener todo el poder si rinde tributo al líder populista.
El populismo en cualquiera de sus colores busca desplazar un régimen de libertades en el que el poder está limitado por los conflictos que tiene que conciliar, por una mera administración del poder del Estado en el que esas libertades son superfluas. Por eso, la consecuencia de abrazar el paradigma schmittiano es la muerte de la política. El caso más patético de esta extinción de la política se da, curiosamente, en relación con los torneos electorales. La estrategia de los populistas es intensificar la polarización, es decir, colocar todas las conversaciones políticas de la sociedad, con todos sus actores, a lo largo de un eje “nosotros contra ellos”. Buscan representar nuestras debilidades institucionales y déficits democráticos, con largas raíces, como el resultado de una conspiración de las élites, como si no hubiese una larga serie de posiciones intermedias entre los que enfrentan las más graves privaciones y los que obtienen beneficios de la estructura social y política.
¿Cómo llamar a ese variopinto escenario que unas veces busca desplazar las conversaciones políticas y otras asfixiar desde el Estado cualquier ejercicio de respiración democrática, pero siempre con la pretensión de buscar una sociedad ideal (utópica suena mejor, ¿cierto?) en la que los conflictos han desaparecido?
Reservemos la palabra “política” para conversar en público, y con fundamento en realidades verificables, sobre las contradicciones que desgarran a la sociedad y con la disposición de enfrentarlas con el apoyo de todos y no solo con el coro de los leales. Madurez política es entender que una buena gestión necesita de adversarios, no menos que de seguidores.
¿Y lo otro? Llamémosle “pospolítica” y aprendamos a lidiar con ello.