03 de Oct de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Pasajes de la vida que nos enseñan

Cuando llegan las fiestas de fin de año, donde recordamos el nacimiento del Hijo de Dios y nos acercamos al Nuevo Año, es de suponer que...

Cuando llegan las fiestas de fin de año, donde recordamos el nacimiento del Hijo de Dios y nos acercamos al Nuevo Año, es de suponer que los seres humanos hacen un recuento de las vivencias. En mi caso, me vienen a la mente esos episodios de austeridad, donde un pedazo de jamón era un lujo en la mesa. Y de los juguetes ni hablar; en mi niñez fueron siempre objetos en permanente extinción.

Había que recurrir al ingenio para fabricar de un pedazo de madera o de latas vacías, lo que nos acompañaría en el amanecer del 25 de diciembre. Por fortuna no teníamos televisión; ese hecho no me haría extrañar los múltiples juguetes que anunciaban por esa cajita mágica. La verdadera Navidad, entre los hermanos, la obteníamos en la iglesia, a través de la oración.

Recuerdo que entre el 25 y el 27 de diciembre hacía un recorrido por los recipientes de basura, de las familias adineradas, para obtener los juguetes de sus hijos que eran desechados con el propósito de darle paso a los nuevos. ¡Sí, esa es una verdad que no me apena reconocer; al contrario, me motiva a contársela a mis hijos, para que sepan cómo fue la niñez de su padre!

Cuando veía a mi esposa arrojar algo a la basura y que podía ser útil, le decía que eso podría necesitarlo otra persona; me refiero a un juguete viejo; unas chancletas, medias, zapatos, ropa, etc. Ella comprendió, desde hace años, mi mensaje y ahora recoge las cosas para luego dárselas a otros menos afortunados.

¿Cómo era la cena de Navidad en mi casa, allá en La Concepción, Bugaba, provincia de Chiriquí? Sólo había el tradicional arroz con guandú; bolitas de carne molida y una chicha roja, de esas de paquete. En la mesa brillaban por su ausencia las manzanas, uvas, nueces, ron ponche y los tamales. Mi esposa, acostumbrada a la preparación de buenas viandas, sufrió mucho la primera Navidad que pasó con mi suegra. Sé que ella, en el fondo, añoraba los alimentos y la tradición de su hogar primario.

No la culpo; tuvo la oportunidad de mejores navidades que las mías, pero entendí el mensaje y ahora está orgullosa de lo que le prepara a sus tres hijos. Creo que para ella es el día más hermoso del calendario; no tanto por los alimentos sino por la espiritualidad que encierra la fecha. Se me está convirtiendo en una beata a juzgar por lo que está haciendo a favor de nuestra parroquia.

Estos días me invaden los contrastes; pienso en aquellos que están pasando por los mismos episodios de mi niñez. Quisiera tener mucho para compartir con ellos. Y no es que sea un ñángara como pensaba un gran amigo que es doctor; no. Se trata de pedir mayor oportunidad; mayor distribución de la riqueza; más plazas decorosas de empleo; más desprendimiento; más vocación de servicio. Esas enseñanzas de mi niñez se las repito a mis hijos una y otra vez, con el objeto de que valoren lo que han conseguido.

Ellos ya son unos excelentes profesionales y reconozco que mi letanía de que en las finanzas no hay milagros, hay madurez, inteligencia y sabiduría ha calado en ellos. Lo mismo de que hoy es el día de no fumar; fumar mata y si te quieres morir fumando, hazlo lejos de los demás.

Le doy gracias a Dios por la gran familia que tengo y por la extraordinaria compañera que siempre ha estado allí. Este año ha sido de grandes bendiciones por los nuevos hermanos y hermanas que tengo a través de Encuentro Matrimonial. Saludos a todos y muchas bendiciones.

EXSECRETARIO DE PRENSA DE LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA