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20 de May de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Boquete de mi niñez

En reciente evento, conversando con un compañero Rotario, chiricano y boqueteño, trajo a mi memoria gratos recuerdos de mi niñez y de mi...

En reciente evento, conversando con un compañero Rotario, chiricano y boqueteño, trajo a mi memoria gratos recuerdos de mi niñez y de mis primeros viajes al hermoso Boquete. Empecé a viajar a Boquete por tren, cuando aún existía el Ferrocarril Nacional de Chiriquí. Crecí asociado con esa empresa estatal, porque mi padre trabajó toda su vida en esa empresa estatal, donde llegó a ser jefe de Línea, algo así que llamaríamos jefe operativo.

Para los que nos conocen su historia, el Ferrocarril Nacional de Chiriquí fue fundado por Belisario Porras en 1916, cubriendo la ruta David-La Concepción. Luego, en 1928, se completó la ruta hasta Puerto Armuelles. En 1945, adquirió la condición legal de entidad semiautónoma del Estado.

En su época de mayor actividad recorría una ruta desde Boquete a Puerto Armuelles con ramales hacia Potrerillos, San Andrés y Divalá y conexión con el Puerto de Pedregal, la terminal marítima de David.

Fue una importante empresa de desarrollo de la provincia, dando servicios de transporte de carga y pasajeros y hasta nuestra adquisición del Ferrocarril Canalero, el Ferrocarril Nacional de Chiriquí fue la única empresa de esa naturaleza de propiedad del Estado en todo el territorio nacional. Desapareció cuando sus rutas fueron atendidas por modernas carreteras.

Desde niño viajé a Puerto Armuelles y Boquete en tren. En Boquete, el tren arribaba al centro del poblado, lo que se conoce como ‘El Bajo’, hoy su edificio de estación, enfrente del parque, sirve de Alcaldía del Distrito.

Yo viajaba con mi familia a pasar días de recreo y vacaciones en la finca cafetalera de mis tíos Gabriel y Gladys de Dianous, en un lugar conocido como Bajo Mono. Tío Gabriel, de origen francés, educado en Francia, trabajaba en Puerto Armuelles con la empresa bananera, Chiriqui Land Company, pero su origen europeo le hizo buscar el clima de nuestras tierras altas y, como muchos extranjeros, se enamoró de Boquete y compró una finca de café que aún existe, expandida y excelentemente administradas por sucesores.

En aquel entonces, el viaje desde El Bajo a la Finca de mis tíos era para un niño una odisea. Para empezar solo existía un taxi en el pueblo, que nos llevaba de la estación hasta un lugar conocido como Los Ladrillos, por la peculiar formación rocosa de la ladera de la montaña, a orillas del río Caldera, donde terminaba la carretera. Había que vadear el río y, si la corriente lo permitía, se podía continuar bordeando la ribera del río; si no, se proseguía atravesando la propiedad de los O’Donnell, con su permiso y subir una colina plantada en cafetos, para caer al otro lado en la finca de los tíos. Considerando que los niños ven las cosas y miden las distancias de un ángulo muy distinto de los adultos. Para mí, cruzar el río Caldera, era como cruzar un enorme caudaloso río y la pequeña colina de la finca de los O’Donnell era una montaña selvática, una gran aventura.

En aquella época la finca de los tíos no tenía electricidad. Al caer la noche con su manto obscuro tenebroso para un niño. Los adultos tenían la mala costumbre de rodear a los niños en esa obscuridad y relatar cuentos de terror. Hablar de la Tulivieja, la Tepesa y otros seres de las tinieblas. Mi tío tenía un trapiche, molía caña de azúcar para fabricar ‘raspadura’ o ‘panela’. Los viejos nos decían que en la noche la Tulivieja iba al trapiche a comer carbón y nos retaban a ir a ver. No está de más decir que nunca tuve el coraje de hacerlo.

Lo que sí era interesante en las noches oscuras era disfrutar el hermoso espectáculo de la presencia y proliferación de cocuyos y luciérnagas. Un espectáculo impresionante. Creo que ya no se ven cocuyos y luciérnagas, quizás por efectos de contaminación ecológica.

Algo interesante de la época que demuestra cómo ha cambiado el clima de Boquete. Primero, no se podía andar sin abrigo. Luego, un simple ejemplo de cambio climático. En esa época se preparaba la mezcla de gelatina y en la noche se colocaban los recipientes a la orilla de una quebrada detrás de la casa y en la mañana siguiente la gelatina se había formado con la baja en temperatura ambiental. También recuerdo que de niño muy temprano en la mañana, al amanecer, con frecuencia ver el rocío congelado en escarcha. Nada de eso ocurre hoy, lo que nos da una buena idea del cambio climático que ha sufrido el Boquete de mi niñez.

BANQUERO Y EXDIPLOMÁTICO.