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26 de Feb de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Nuevos avistamientos

La discusión amplia que en las últimas semanas han generado las celebraciones del quinto centenario de que los conquistadores supieran q...

La discusión amplia que en las últimas semanas han generado las celebraciones del quinto centenario de que los conquistadores supieran que había un océano allende las verdes colinas y espinazos montañosos detrás de los villorrios portuarios establecidos por ellos en la costa caribeña, tiene algunas implicaciones para todos los que vivimos en esta ciudad capital que mira de soslayo hacia ese mar a un costado.

En esta parte del istmo se instaló un núcleo poblacional que levantó paredes, planificó un conjunto de calles empedradas, luego adoquinadas, callejuelas, zaguanes y que duró varios siglos en ocupar el espacio entre las aguas y la exuberante vegetación existente en esta garganta estrecha, que se completó millones de años atrás para unir las dos grandes masas de tierras del continente.

Siempre fue una localidad pequeña. Primero porque durante la colonia, se encerró en una península con sus cuatro largas vías y diez calles que las atravesaban. Entonces se extendió primero hacia el norte donde situó su arrabal y para no vencer a la selva, empezó a extenderse hacia el este, paralela a la costa. Luego vendría el Canal y surgieron límites que la constriñeron y pasmaron su crecimiento por circunstancias geopolíticas.

Quienes aquí vivían se quedaron con la sensación de una urbe pequeña, que se alcanzaba a ver desde arriba del cerro Ancón y casi del tamaño de un abrazo. Sería a mitad del siglo XX cuando se empezó una expansión urbana con nuevos barrios y el concepto de urbanizaciones, que fueron desplazando a la población hacia ‘las afueras’ y ya resultaba difícil mantener el concepto de dominio de la globalidad capitalina.

Cuando era un niño, decidí colectar sellos postales y como no tenía dinero para comprarlos en Morrison o el Servicio de Lewis, se me ocurrió visitar las embajadas para solicitar me cedieran las estampillas que por lo general terminaban en el cesto de la basura. Esto me permitió recorrer la ciudad de una esquina a la otra en el afán de completar mi colección.

Adquirí así la lógica de la ciudad. Memoricé todas las calles que se iniciaban en San Felipe hasta llegar a la 27 en el Chorrillo, colindante con la cerca de la Zona del Canal. En la calle 12, el horizonte se doblaba hacia la derecha; allí las calles que iban desde Santa Ana, hasta Calidonia, tenían letras; aunque nunca pude saber dónde era la Z en tal ordenamiento. La avenida Central era la división. Hacia el norte, letras y hacia el sur números.

Sobre este esquema de estrangulamiento funcionó la urbe, hasta que la salida de los estadounidenses abrió nuevas oportunidades en las áreas revertidas y se poblaron los antiguos fuertes militares y sitios civiles con sus calles y avenidas con denominaciones en inglés, cuyo cambio ha costado, porque es difícil cuando uno se ha acostumbrado a llamar Diablo, Pedro Miguel, Paraíso o Gamboa a lugares muy específicos.

La dimensión de la ciudad se ha redefinido con nuevos ámbitos, detrás de la avenida Tumba Muerto o más allá de Panamá Viejo, amplios escenarios de la modernización, cual ciudadelas, así como la conquista del viejo mar del Sur con la extensión de la Cinta Costera en varias etapas e islas urbanizadas que prolongarán la metrópoli, aún con sus cordones de miseria que también engrosan los suburbios.

Hay que aprenderse esa ciudad actual, más amplia, más compleja, con modernos servicios que han de modificar totalmente los esquemas que tenemos y sus niveles subterráneos, elevados y los nuevos puentes que configuran otro perfil al que nos debemos acostumbrar.

PERIODISTA Y DOCENTE UNIVERSITARIO.