09 de Ago de 2022

  • Redacción Digital La Estrella

Opinión

Sorpresas sin avisar

En nuestro país nos encontramos con bodas sumamente suntuosas. Los padres de la novia se esmeran en la preparación del enlace de su hija...

En nuestro país nos encontramos con bodas sumamente suntuosas. Los padres de la novia se esmeran en la preparación del enlace de su hija y no escatiman esfuerzo alguno por brindar lo mejor de su presupuesto económico y familiar. Hay quienes se empeñan en endeudarse hasta la coronilla y de por vida y, hay bodas que son realmente una especie de certamen. La competencia está servida entre unas y otras. El lujo pareciera sobrepasar la razón por la que una pareja decide unirse. Más cuesta en tiempo y dinero la preparación de una boda, que la preparación real y verdadera del vínculo afectivo en la pareja. En tiempos atrás la unión entre un hombre y una mujer era tan solo por conveniencia, tanto así, que el vínculo se daba entre parientes cercanos.

No obstante, tanto en bodas de lujo como en las más sencillas suele darse el paso del tiempo y la emoción se acaba y, con ella, también se acaba el amor. En nuestro país el aumento del número de divorcios se hace imposible de detener. Por lo cual nunca estará de más profundizar en esta triste realidad que suele ser la puerta de escape de las crisis matrimoniales y que debe ser considerado como un problema de salud pública.

No es culpa del amor si tantos matrimonios fracasan. ¿Qué personas que se aman piensan en el fracaso? Se ama tanto que se cree que algunas divergencias de opinión, de intereses, costumbres, formas de educación y diferencias en el nivel cultural y hasta económico, nunca podrán llegar a dañar la relación.

El malentendido comienza después de la boda, pues poco o casi nada se sabe en realidad de la persona con quien ahora se comparte la vida. Dependiendo de la educación, la edad, la madurez y el carácter, algunos tomarán estas pequeñas o grandes diferencias como algo natural que se ha de dar en un proceso de adaptación al que se debe habituar; otros se sentirán verdaderamente perturbados y desilusionados de la vida matrimonial por este hecho.

Muchos son los que creen conocer a su pareja y no es sino en la convivencia diaria dentro del hogar donde aparecen ‘las sorpresas sin avisar’. Ahora resulta que ni uno ni el otro eran tan predecibles como se esperaba. El conocimiento real del ser amado estaba orientado únicamente hacia las imágenes estereotipadas, como ha quedado comprobado infinidad de veces en algunos matrimonios al poco tiempo de casados.

La aceptación del cónyuge puede así convertirse en una falta de comprensión. Paradójicamente los malentendidos, reproches y resentimientos se van acumulando porque ahora sí están intimando realmente con el verdadero, sin tapujos de ninguna clase, ya que en lo cotidiano es que se saca a relucir lo mejor y lo peor que se puede llegar a ser.

Sin embargo, tomando en cuenta que somos seres sumamente complejos, que además nos desarrollamos a través del tiempo, sería incorrecto afirmar que hemos llegado a conocer a alguien en su totalidad. Podemos lograr una aproximación, pero es precisamente en el momento en que reconocemos al otro como conocido, cuando descubrimos que existen facetas, gestos, gustos, hábitos, etcétera, que se van modificando o surgen naturalmente a propósito de ese devenir y del crecimiento y madurez que se han de dar y que, por otro lado, le quitan lo aburrido y salpican de sabor a la monotonía de lo cotidiano. A pesar de estas ventajas la incertidumbre que provoca el cambio es difícil de discernir. Prefieren sentir que tienen el control de su entorno y lo que sucede en él, y que conduce a caminos nada placenteros como lo puede ser una enfermedad.

La desilusión de haber conocido al otro distinto del que esperaba antes del matrimonio, responde también a las falsas expectativas, a la idea de que el amante fabrica con su imaginación del cómo le gustaría que fuera su príncipe o princesa, al grado de llegárselo a creer. El problema radica en que la realidad está muy alejada de ser así. Las personas no somos producto de un ideal de hombre o mujer. No somos resultado de lo que otros quisieran que fuésemos, sino seres humanos concretos, únicos e irrepetibles.

Un rasgo típico del noviazgo, es el buscar agradar constantemente a la pareja, mostrando solo lo mejor, lo ideal y no lo real, ocultando la verdad de sus errores y limitaciones. Con esto no quiero decir que en la etapa previa al matrimonio se deba mostrar todo lo malo que se pueda ser con el fin de no engañar a nadie. Tanto una postura como la otra llevarían al fracaso seguro. Simplemente hay que procurar ser francos con la pareja y con uno mismo.

En fin, el éxito de un matrimonio no ha de fundamentarse en las coincidencias entre los cónyuges sino que, aunque se den las naturales diferencias y aún a pesar de ellas, los esposos se respeten y aprendan que si realmente quieren vivir felizmente casados, han de comprender que en el matrimonio como en la vida misma, es imposible vivir en un estado constante de alegría. Más bien hay momentos maravillosos que se viven una sola vez y son precisamente estos los que alimentan la vida en común. El que se casa es un ser humano, con defectos y limitaciones, que actúa, siente, sufre y espera que la vida le dé la oportunidad de poder desarrollar todas sus potencialidades junto a la persona que ama.

ESPECIALISTA DE LA CONDUCTA HUMANA.