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28 de Mar de 2020

Redacción Digital La Estrella

Opinión

La clientela política

En la política existe, como en los negocios, una clientela que los políticos buscan SUMAR. Igual aritmética hacen los partidos políticos...

En la política existe, como en los negocios, una clientela que los políticos buscan SUMAR. Igual aritmética hacen los partidos políticos como ‘empresas’ que tienen como objetivo principal administrar el poder del Estado. Y el gobierno (el Ejecutivo) ni se diga, es la manera de comprar lealtades de los otros poderes del Estado.

El clientelismo no es, como podría percibirse a primera vista, una deformación de la democracia; es, más bien, uno de los componentes funcionales de sistema; el sostén —diríamos, para que se reproduzca el régimen de poder existente. Y para ello, el ‘fin justifica los medios’.

En las democracias de muchos países los votantes son vistos como clientes. El ejercicio democrático no es para formar ciudadanías ni ciudadanos; la clientela —más que la moral y la ética—, es lo que rinde beneficios a quienes buscan administrar la cosa pública, y para esto hay que posesionarse electoralmente. Sobre todo porque para ser exitoso en lo electoral, se requiere igualmente ser exitoso en la captación de la clientela.

El clientelismo implica la distribución de favores a cambio de votos. Implica también la compra de lealtades en el caso de políticos de oposición (véase los pavipollos). Esos favores son, para quienes los reciben, necesidades apremiantes, en tanto que los beneficiarios se encuentran en un estado de pobreza que puede ser extrema, en muchos de los casos, aunque sectores de estatus medios y el mismo político (diputados, por ejemplo), también son incididos por ese método de hacer la política.

El criterio arraigado en el discurso y en la praxis popular es aprovechar todo lo que se pueda antes deque el ‘político y sus promesas desaparezcan’, y para el funcionario es ‘recobrar lo invertido’, crecer financieramente y, de paso, garantizar su permanencia en el cargo. Esto tiene elevados costos para las finanzas pública y va en detrimento de programas socialmente sostenible y duraderos para la población.

La distribución de los favores incluye bolsas de comida, materiales de construcción, línea blanca, empleos público. Hay que convencer al votante de que el funcionario (o el candidato) ‘cumple con el electorado’. Esa expresión tan material de la política ocupa un espacio ideo-político, porque incide en cómo se juzga el papel jugado por el político en la realización de esos favores, pero además en cómo se decide votar.

Este método de trabajo electoral conduce, no solo al encarecimiento de la política, sino que reduce posibilidades electorales a un segmento de la población (candidatos sin recursos), favoreciéndose ilegítimamente a quienes ejercen controles sobre recursos obtenidos del Estado.

Obviamente que no se trata de un fenómeno nuevo en la política criolla. Aparece muy temprano con la República; crece en los años subsiguientes y renace, con fortaleza, una vez se da la apertura democrática con el ‘repliegue de los militares del poder político’. Con la administración de Guillermo Endara se inauguran las ‘partidas circuitales’, constituidas después en la columna vertebral del clientelismo oficial. Una manera de hacerse de los dineros públicos, porque una parte de esos dineros se queda en los bolsillos de los políticos inescrupulosos.

Usar los impuestos que pagan los panameños para fines de la política partidista, ha sido la constante en el gobierno actual (30 millones en el periodo navideño 2013). Y si bien no es novedosa esta realidad, la verdad es que ahora supera lo bochornoso. Programas millonarios se ponen a disposición de diputados, representantes, alcaldes, que son candidatos y de candidatos que no son funcionarios electos, pero que pertenecen al partido oficialista de Cambio Democrático. Es una realidad que no pueden ocultar ni negar y que, en su momento, tendrá que investigarse y sancionarse.

DIPUTADO DEL PARLACEN.