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11 de Apr de 2021

Redacción Digital La Estrella

Opinión

Carnavalitos

E s difícil para, por lo menos, un montón de panameños, asegurar que se pudieron divertir en estos pasados carnavales, por las muchas ra...

E s difícil para, por lo menos, un montón de panameños, asegurar que se pudieron divertir en estos pasados carnavales, por las muchas razones en las que impera el inesquivo aspecto económico. Este asunto se ha endurecido al extremo de resquebrarse, si al pedir un café con leche en un restaurante popular en San Carlos, el costo de esta bebida corriente resultó en 80 centésimos. Con esto nos podemos dar cuenta lo grave de este asunto y lo que nos espera, si no encontramos esa fórmula en la que el salario mínimo alcance para vivir junto a la familia normal, de una manera digna. Seguro que los entendidos en esta materia lo pueden explicar mejor. Nosotros debemos agregar que este es un mundo de contrastes, como lo vamos a vivenciar a lo largo de este aporte.

Unas fiestas como la de esta naturaleza, de cuatro largos días, con sus noches seguidos de zurra, se necesitan de suficientes medios económicos para pasarla bien mientras se ventila la azotina. Por supuesto que me van a decir que estas particulares fiestas de Momo, estaban casadas con las eternas promesas políticas, rociadas de brindis y salpiques, mejor dicho, de tiradera de toallas. Claro que todo estos se debió dar puesto que es parte de nuestro diario bregar en las que hay como todo, personas que no tienen dignidad (el que da y el que recibe) y que acuerdan promesas para vender la conciencia por un mendrugo de pan. En cuanto a los derroches políticos no puedo opinar, porque no me asomé a ninguna mojadera. Me salté estos Carnavales y espero que sea la última vez hasta que Dios me acueste para siempre.

Otro de los asuntos a criticar es ese rampante comportamiento excesivo de violencia pública tan arraigada en estos tiempos, un asunto que debemos corregir y de este modo evitar el irrazonable extremo de que se lance el gas pimienta a la muchedumbre como escuchamos que ocurrió en la capital, lo que por fortuna no provocó una estampida o un desbande, con las graves consecuencias que acarrea. Debemos actuar de una manera en la que se evite la masiva presencia policial, y por supuesto que el sometimiento a esos cateos y otras cuestiones que deslucen el evento, si antes no era de esa manera. Durante las fiestas hubo cierta complacencia en dar las noticias sobre la cantidad de borrachos, a quienes se les sorprendió en el manejo vehicular con alto grado etílico en la sangre. También se sumaron los accidentes fatales y los crímenes, los cuales también se lucieron como noticias, y que nosotros lamentamos.

Con todo lo dicho el julepe fue grande para los que pudieron parrandear, pero es que la mayoría que visita no sabe de estas fiestas interioranas, de las que añoramos aquellos tiempos, en los que la mojadera era de casa en casa, como todavía lo hacen en Ocú. Después fue en carro por todas las calles y en la evolución, quedamos en carros cisterna estacionados. Así lo disfrutábamos antes sin tantos visitantes, que ahora nos ahogan en impertinencias que se alargaron en la regresada, en la que se pudo observar en toda la carretera, hombres en plena micción pública. La orina corrió a lo largo de la vía sin el menor pudor, que a propósito es un mecanismo instintivo, propio de la castidad, que protege con la vergüenza la intimidad sexual. Esto se pierde en estos días de exhibicionismo en lo que se extrapolan los peligrosos excesos inmorales. Seguro que sin contar con el alcohol y otras drogas que desinhiben, se puede aprender a guardar el pudor en una ordenada guía para actuar correctamente.

En estas parrandas públicas en lo que supuestamente se cloquea, que le han puesto en la jerga popular la aberrante expresión ‘culequea’. En estas salidas en esas tumultuarias procesiones festivas (tunas), que podemos definir como bureos, en donde las reinas deben hacer el papel de la gallina clueca con sus pollitos (as), en las que van hacia delante y corretean hacia atrás, con las alas extendidas y en son de protección de la camada, mientas la reina gallina cloquea (cacarea). Bueno esta parte del episodio lo aprovecha el tercer sexo en licra, mientras van montados en los grillos (tractores), sin ninguna protección al pudor, aunque esa condición de pudor es propia del ser humano. Sin duda se ha perdido esta parte espiritual que nace con la conciencia personal. No es que exista ese temor irracional de mostrar el cuerpo, no obstante, esas posturas genuflexas que se exhiben, son las que le da el culantro a las actividades, pero que no debe ser tanto como sostiene el dicho.

La verdad es que el entusiasmo decreció para muchos panameños y panameñas, frente a la impostergable entrada escolar con la suma de sus gastos que no es un achaque, más bien una ineludible responsabilidad. Tenemos que aplaudir a estos panameños que saben usar la cabeza. En otro sentido, nada es más desagradable que ver la intromisión en nuestro carnavales interioranos, de algunas empresas que ellas mismas advierten, se han tomado los carnavales y que es bueno aquello de la promoción, pero tal invasión es de espacio de altoparlantes, de música y programas en vivos impuestos con jerga homosexual, saturan el ambiente en los que no queda espacio para circular, conversar o disfrutar del entorno, sujetos a las impertinencias de gastados animadores, que en nada se necesitan, puesto que nuestros carnavales se animan solos.

Es importante tratar de corregir estos desmanes en el aumento del desorden sin el pudor, si en nuestros auténticos carnavales, en las calles se cantan tonadas en doble sentido, que en muchas ocasiones resultan hirientes, porque en el fragor de las fingida batallas, nacen amistades de por vida. Seguro que los foráneos llegan, oyen y se van sin saber de qué se trataron los cantos. Hay que promover la imposición de una cultura en este sentido, para que en lo sucesivo, los que lleguen a concelebrar esta larga parranda, conozcan y puedan disfrutar del evento con el conocimiento de causa. En nuestro mundo vernacular, como anunciamos al principio, se dan contrastes como los católicos y evangélicos que hicieron su fiesta en Colón, con cluecos sin tragos y, por otro lado, desde las vísperas de la fiesta grande, ya se vio por los áridos caminos provinciales el lento caminar de los penitentes vestidos de morado camino al Cristo de Atalaya, lo que culmina precisamente hoy domingo.

ABOGADO Y DOCENTE UNIVERSITARIO.