Centro Artesanal de Panamá Viejo: entre el olvido y la resistencia

  • 05/01/2026 00:00
A más de una década de su inauguración, el Centro Artesanal de Panamá Viejo sobrevive gracias a la persistencia de los artesanos que aún ocupan sus locales, entre la falta de mantenimiento y el escaso flujo de visitantes

El Centro Artesanal de Panamá Viejo fue inaugurado el 6 de abril de 2011 por el Ministerio de Comercio e Industrias (MICI) y la Autoridad de Turismo de Panamá (ATP), con una inversión de $992,063.09. El proyecto buscaba mejorar las condiciones de trabajo de los artesanos y ofrecer a los visitantes un nuevo atractivo turístico dentro del Conjunto Monumental Histórico de Panamá Viejo.

El complejo cuenta con dos plantas destinadas a la comercialización de artesanías de diversos grupos étnicos del país y fue concebido para albergar a cerca de 50 artesanos en cubículos individuales, además de las oficinas de la Dirección General de Artesanías Nacionales. Más de una década después, ese objetivo parece diluirse entre el deterioro físico y la falta de una gestión cultural sostenida en el tiempo.

Ubicado dentro de uno de los sitios patrimoniales más importantes del país, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, el Centro Artesanal debía funcionar como un puente entre la historia, el turismo y la economía creativa. Sin embargo, hoy opera en condiciones que contrastan con el valor simbólico y cultural del entorno que lo rodea.

Un recorrido que evidencia el deterioro

Desde el acceso principal, el deterioro resulta evidente. El letrero del Centro Artesanal una de las primeras referencias para turistas nacionales y extranjeros, se encuentra desvalijado y parcialmente ilegible. En el interior, la iluminación es deficiente: varios pasillos permanecen en penumbra, obligando a los propios artesanos a instalar luces improvisadas dentro de sus locales para poder atender al público.

La fuente central, pensada como punto de encuentro y atractivo visual, lleva años sin funcionar. Los pisos muestran grietas, levantamientos y manchas visibles. El calor se vuelve sofocante, especialmente en horas del mediodía, debido a la ausencia de sistemas adecuados de ventilación o climatización en áreas comunes.

A ello se suman goteras persistentes, servicios sanitarios dañados y filtraciones que, según los artesanos, no han sido atendidas de forma integral.

“El edificio no está mal estructuralmente. Lo que le falta es mantenimiento”, resume uno de los artesanos que trabaja en el lugar desde su inauguración.

El contraste resulta aún más evidente si se compara con el flujo constante de visitantes que recorren las ruinas arqueológicas, el museo y las áreas restauradas del conjunto histórico, donde la señalización, la seguridad y la limpieza sí reciben atención periódica.

“Horrible”: la voz de quienes siguen resistiendo

La experiencia diaria de quienes aún permanecen en el centro confirma ese deterioro. Una artesana, que trabaja en el lugar desde que los vendedores fueron trasladados al actual complejo, describe sin rodeos cómo es sostener su actividad en estas condiciones.

“Desde que nos mudamos estamos aquí”, relata. Consultada sobre cómo es trabajar en el centro, responde sin titubeos: “Horrible, por la necesidad que tenemos acá”.

Las ventas, explica, son irregulares y dependen casi por completo del flujo que se concentra en otras áreas del sitio histórico. “Hay momentos que llega gente, pero a gritos. Allá arriba sí llegan a montón, vienen del museo”, lamenta.

La artesana vende pulseras a dos dólares, precios accesibles pensados para el turista. Sin embargo, advierte que sin acciones concretas para atraer visitantes, la situación se vuelve insostenible. “Si no llega la gente, no sé qué nos va a pasar”, dice.

Su testimonio se repite, con matices, entre quienes aún resisten en el centro: la falta de promoción, la escasa señalización y la ausencia de actividades culturales convierten al espacio en un punto casi invisible dentro del recorrido turístico.

Locales cerrados y un mercado casi vacío

De los 51 locales que conforman el centro, apenas cuatro o cinco permanecen abiertos de forma regular. El resto abre de manera esporádica o permanece cerrado durante semanas. La escena se repite: vitrinas vacías, cortinas metálicas abajo y pasillos silenciosos.

“El problema no es la mercancía. El problema es que la gente no entra”, explica otro artesano. “Si entran 20 personas en un día, es mucho. Y así no se puede sostener la producción”.

El bajo flujo de visitantes genera un efecto dominó: menos ventas, menos presencia de artesanos y una percepción de deterioro que desincentiva aún más al turista. Para muchos, mantener abierto el local implica asumir costos sin garantías de ingreso.

Algunos artesanos han optado por abandonar el espacio y buscar otros puntos de venta informales o ferias temporales, donde, aseguran, la visibilidad es mayor pese a la precariedad.

La falta de movimiento también impacta en la dinámica interna del centro. Los artesanos que aún abren sus locales aseguran que, en muchos días, pasan horas sin recibir una sola visita, lo que convierte la jornada laboral en una espera constante.

Algunos permanecen sentados frente a vitrinas ordenadas, observando cómo los pocos turistas que entran recorren rápidamente el espacio y se retiran sin comprar, muchas veces confundidos o sorprendidos por el estado del lugar.

A pesar de ello, quienes permanecen insisten en abrir sus locales como una forma de resistencia. Mantienen sus puestos activos con la esperanza de que la situación cambie y de que las autoridades reactiven el centro como fue planteado originalmente. “Aquí seguimos, aunque no venga nadie”, resume uno de ellos, en una frase que sintetiza el desgaste, pero también la determinación de no abandonar un espacio que consideran suyo.

Mapaches, filtraciones y autogestión forzada

El deterioro ha llegado a niveles extremos. En distintas áreas del centro se han detectado mapaches que ingresan al edificio, dejando huellas visibles en paredes, techos y rincones poco iluminados. Algunos artesanos han tenido que pintar por su cuenta las paredes internas de sus locales para cubrir manchas negras y rastros de suciedad.

“No nos dejan pintar ni hacer mejoras, pero igual resolvemos como podemos para que el local se vea un poco agradable para el turista”, señala uno de ellos. “Si no ponemos luces nosotros, esto queda totalmente oscuro”.

Incluso tareas básicas, como cambiar luminarias o limpiar filtraciones, han recaído sobre los propios artesanos, muchas veces sin autorización formal y con recursos propios. La autogestión se convierte así en una estrategia de supervivencia más que en una política cultural estructurada.

El quiebre administrativo

Según los testimonios recogidos, el deterioro se profundizó cuando la administración del centro pasó del Ministerio de Comercio e Industrias al Ministerio de Cultura. Antes, aseguran, existía mayor presencia institucional, mantenimiento periódico y comunicación con la Dirección de Artesanías.

“Desde que pasó al Ministerio de Cultura, esto se abandonó. Hace más de siete años no se pinta el edificio”, afirma un artesano. “Compraron materiales para pintar y los dejaron guardados en un depósito. Nunca hicieron nada”.

El entrevistado cuestiona, además, la falta de personal con conocimiento en producción artesanal. “No se puede dirigir un espacio de artesanos si no se entiende lo que es la artesanía. Aquí hay desconocimiento total”.

La falta de una política clara de acompañamiento ha dejado al centro sin rumbo, atrapado entre instituciones y sin una autoridad visible que asuma responsabilidades concretas.

La versión institucional

El Ministerio de Cultura, respondió que está dando seguimiento a la situación del Centro Artesanal de Panamá Viejo. Según la entidad, personal técnico realizó un recorrido por las instalaciones para evaluar su estado general y atender aspectos relacionados con la limpieza y el mantenimiento.

Aseguran que han hecho capacitaciones dirigidas a los artesanos que operan en el centro, particularmente en temas vinculados al derecho de autor y la protección de sus creaciones, como parte de un esfuerzo por fortalecer sus conocimientos y respaldar su actividad productiva.

Al ser cuestionados por La Estrella de Panamá sobre el mal estado de las instalaciones, el ministerio aseguró que se encuentra en fase de preparación un plan de remodelación y mantenimiento integral del centro, con el objetivo de mejorar las condiciones tanto para los artesanos como para los visitantes. La iniciativa, indicaron, busca reactivar el espacio como un punto de interés cultural y turístico, atraer mayor flujo de público y garantizar un entorno más adecuado para la comercialización.

Cultura en pausa

Para los artesanos, la realidad es otra. “El problema no es el edificio. Es la falta de seguimiento”, insistió uno de ellos. “Esto es cultura, esto debería ser prioridad. Aquí hay talento, trabajo y tradición. Lo que no ha sido constante es el respaldo institucional”.

Mientras tanto, el Centro Artesanal de Panamá Viejo continúa operando de manera limitada, sostenido en gran medida por la resiliencia de sus artesanos, mientras se espera que las acciones institucionales anunciadas se traduzcan en mejoras visibles y sostenidas. Un espacio creado para exaltar la identidad cultural panameña que hoy enfrenta el desafío de no quedar relegado dentro de uno de los sitios patrimoniales más visitados del país.

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El problema no es el edificio, es la falta de interés. Pero aquí seguimos, aunque no venga nadie,”
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