La ciudad colonial en días de gesta independentista

Cuando el 28 de noviembre de 1821 el Ayuntamiento convocó al Cabildo Abierto para declarar rotos los vínculos que ataban al Istmo de Pan...

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Cuando el 28 de noviembre de 1821 el Ayuntamiento convocó al Cabildo Abierto para declarar rotos los vínculos que ataban al Istmo de Panamá con España, las 5 mil personas que vivían en la ciudad apuraban el paso entre calles de tierra y la visión del mar siempre presente, para celebrar la nueva libertad. Era una fiesta.

La imagen que reside en los anales de la historia es un reto a la capacidad de asombro de quienes hoy en día se la trabajan desde temprano, se ‘la sudan’ en un ‘diablo rojo’, o sencillamente la viven en su día a día. No bastaba en 1821 que hubiesen pasado 300 años de la llegada de los primeros conquistadores. El paisaje natural todavía reinaba en las pocas calles de la pequeña ciudad colonial, gracias al lento avance demográfico de ese entonces.

Las vías de transporte eran tan precarias como casi todas las construcciones. Rutas de 60 millas y metro y medio de ancho separaban hasta las 12 horas de camino entre Las Cruces y la capital del país. Antes de esto, el camino iba entre selvas, helechos y rocas y —según contaron algunos aventurados— era tan execrable que parecía del todo infranqueable.

Aquella ciudad que tuvo que ver cómo La Villa de Los Santos tomaba la iniciativa en el proceso independentista, no era del todo agradable para los aventurados historiadores, viajeros y cronistas, que veían en ella un territorio que acusaba las muestras ‘de su antiguo esplendor y su decadencia’.

POBREZA Y DESCUIDO

Debido a la opresión que recibían por parte de la corona española, la gobernación del castizo Alejandro Hore dejaba a una ciudad sumida en miseria. Aparte, los pocos beneficios que obtenían de la ganadería y la agricultura (de subsistencia), la pesca y el comercio de perlas, beneficiaban en mayor porcentaje a los foráneos que a los panameños.

Entre las cosas que destacaban los aventurados trotamundos que narraban sus experiencias en suelo patrio se encuentran la carencia de víveres (exceptuando los de consumo), la falta de teatros y diversión pública y la facilidad para que todo en la ciudad, hasta las paredes de concreto, vegetaran y cedieran el paso a la naturaleza que se oponía al avance.

Sus estrechas y sucias calles, construidas en épocas pasadas y que con el tiempo le daban el paso al pasto, eran bien alumbradas durante la noche por las luces de las tiendas en las que los comerciantes se ocupaban en poner en orden y en darle limpieza. Así describió Gaspar-Théodor Mollien, diplomático y viajero francés, a la pequeña capital del país de los 200 mil habitantes, en 1823.

ALTA Y BAJA

A pesar de que Panamá siempre fue y ha sido una sola, uno de estos foráneos sugirió que en la capital que se concentraba alrededor de la bahía habían dos ciudades: la alta y la baja.

La segunda, la más poblada, era llamada ‘el varal’ (el arrabal) y ‘en sus calles, solo se veía gente de color’. Por las calles de piedra se dejaban ver casas hechas de madera entre las que se colaba una choza cubierta de paja.

Tal como en cualquier cosmópolis ascendiente, Panamá tenía su concurrida plaza en donde comerciantes y civiles concurrían a un escenario repleto de naturaleza: plátanos, higueras, limones e innumerables arbustos eran sombreados por los altos tamarindos y los cocoteros que asombraban a los que pisaban por primera vez esta tierra bendita.

En la bahía, nativos circulaban sus canoas de una sola pieza y también canoas con vela hechas de juncos e izada con mástil de bambú para desarrollar la pesca y la búsqueda de perlas. Una larga y hermosa playa de arena blanca y fina estaba bordeada por una densa capa de plantas, como si la vegetación escatimara espacio para el paso de las canoas de los nativos.

A su lado, la muralla que adornaba la bahía era de hermosa construcción en todos sus 30 pies de extensión y ya estaba quedándose sin los cañones que allí reposaban tras haber cumplido con la defensa de las malas intenciones piratas. Pero no era por ladrones, sino por la acción de las olas que arremetían contra ellos en los días de marea alta.

EDUCACIÓN INCIPIENTE

Por su parte, la educación daba sus primeros pasos.

La labor que tenían los jesuitas en aquellos días era muy limitada y no alcanzaba a influir sino a los propios castizos. Pero aquella influencia que trajo el siglo de las luces en Europa empezaba a afectar, en buena lid, en otras latitudes del mundo. Es por eso que desde 1809 ya se presentaban proyectos en los que se reclamaba el impulso de la educación en beneficio para los distintos estratos sociales. Aún así, fue en agosto de 1821 cuando se promulgó una ley que estableciera la obligación en cada pueblo de contar con una escuela primaria, para niños de ambos sexos entre los 6 y 12 años de edad, donde aprenderían materias como lectura, escritura y aritmética.

Sin embargo, todavía en la década de los 30, ya unificados a Colombia, los locales que tenían aspiraciones de estudiar ciencias, debían irse hasta Bogotá, Lima o incluso Quito para saciar esa sed de conocimiento.

Este era el espectro de una ciudad que sin una gota de sangre derramada alcanzó su independencia, como bien recuerda el historiador panameño Álvaro Menéndez sobre las palabras de Mariano Arosemena: ‘Hubo entonces más astucia que pólvora’.

Así logró Panamá lo que destaca el acta independentista, auspiciada por los esfuerzos del coronel panameño José de Fábrega: ‘Que espontáneamente y conforme al voto general de los pueblos de su comprensión, Panamá se declaraba libre e independiente del gobierno español’.

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