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- 06/07/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️“Me siento solo todo el tiempo. Trabajo remoto, estudio de forma semipresencial y hablo con gente por chat, pero al final del día apago la computadora y la casa se siente vacía. Tengo cientos de contactos y cero personas con las que realmente contar”.
Alejandro, de 24 años, vive en la capital mientras su familia reside en el interior del país. Aunque su rutina está marcada por la hiperconexión digital, asegura que la sensación de soledad se ha vuelto constante.
Su historia refleja una tendencia global. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que la desconexión social —entendida como la falta de relaciones significativas o de apoyo emocional— se ha convertido en una amenaza para la salud pública.
Según la OMS, casi una de cada seis personas en el mundo se siente sola, una cifra que aumenta entre adolescentes y adultos jóvenes. El organismo advierte que la soledad y el aislamiento social no solo afectan el bienestar emocional, sino que pueden ser letales: entre 2014 y 2019 se asociaron a más de 871.000 muertes anuales, lo que equivale a unas 100 muertes por hora.
El informe de la Comisión sobre Conexión Social señala que la salud social es tan importante como la salud física y mental, ya que las relaciones humanas influyen en el cerebro, las emociones y la calidad de vida desde la infancia.
La psicóloga clínica Leidy Martínez explica que antes de hablar de una epidemia de soledad es importante hacer una distinción entre estar solo y sentirse solo.
“Estar solo significa encontrarse físicamente sin compañía; sentirse solo implica experimentar una desconexión emocional, incluso cuando estamos rodeados de personas. Tampoco debemos asociar automáticamente la soledad con la depresión, ya que un diagnóstico solo puede realizarlo un profesional tras una evaluación”, señala.
Añade que la soledad también puede ser positiva cuando es elegida, ya que favorece el autoconocimiento, la regulación emocional y la reflexión personal. Sin embargo, cuando se vuelve prolongada, no deseada y empieza a afectar la calidad de vida, requiere atención.
La soledad no distingue edad.
María Elena, de 72 años, vive sola desde que enviudó hace cinco años. Aunque recibe visitas ocasionales de sus hijos, asegura que la mayor parte del tiempo la pasa en silencio.
“Mis hijos vienen a visitarme cada cierto tiempo y les agradezco mucho, pero uno también necesita a alguien con quien hablar todos los días. Hay tardes que se me hacen muy largas y silenciosas. No me quejo, tengo techo y comida, pero hay una diferencia entre estar acompañada y sentirse acompañada”, relata.
Ambos testimonios muestran que la soledad puede aparecer en distintos momentos de la vida: en la juventud, impulsada por la hiperconectividad digital, y en la adultez mayor, por la pérdida de vínculos cotidianos.
Martínez explica que muchos jóvenes enfrentan además una etapa de grandes cambios personales.
“Durante la adultez temprana muchas personas sienten presión por alcanzar metas que imaginaron durante la adolescencia. Cuando la realidad no coincide con esas expectativas aparecen sentimientos de frustración, insuficiencia y aislamiento. A esto se suma que hoy podemos conversar con muchas personas por una pantalla y aun así sentirnos profundamente solos porque faltan vínculos donde realmente nos sintamos escuchados y comprendidos.”
La especialista agrega que las redes sociales potencian la comparación constante.
“Estamos expuestos a versiones muy editadas del éxito y la felicidad de otros. Esto puede favorecer pensamientos como ‘voy atrasado’, ‘todos están logrando más que yo’ o ‘no soy suficiente’, lo que termina reforzando la sensación de soledad.”
Asimismo, aclara que la diferencia entre una soledad ocasional y una crónica está en el impacto que tiene sobre la vida diaria.
“Sentirse solo en algunos momentos es completamente normal e incluso puede convertirse en una oportunidad de crecimiento personal. El problema aparece cuando esa sensación permanece durante semanas o meses, afecta el sueño, la motivación, el rendimiento laboral o académico y la persona deja de buscar contacto porque siente que no será comprendida.”
El crecimiento del trabajo remoto, las redes sociales y la comunicación digital ha cambiado la forma en que las personas se relacionan. Sin embargo, expertos señalan que esta hiperconexión no siempre se traduce en vínculos reales.
En algunos casos, incluso ha surgido una nueva forma de compañía: la inteligencia artificial.
Alejandro reconoce que en momentos de ansiedad o insomnio ha recurrido a chatbots para conversar.
“Sí, a veces hablo con un chatbot de IA, sobre todo de noche cuando no puedo dormir. Le cuento cómo me fue el día o le pido consejos. Me ayuda a no sentirme tan solo en ese momento, aunque sé que no es una persona real.”
Para Martínez, estas herramientas pueden ser útiles, siempre que no sustituyan las relaciones humanas.
“La inteligencia artificial puede ayudar a organizar pensamientos, brindar información o generar una sensación de acompañamiento. Sin embargo, nunca reemplaza la riqueza de una relación humana. Puede validar lo que sentimos, pero no confronta ni acompaña de la misma manera que una persona o un proceso terapéutico. Debe verse como un complemento y no como un sustituto.”
De acuerdo con estudios internacionales, el uso de tecnologías de compañía digital continúa creciendo. Existen aplicaciones de salud mental, asistentes virtuales y chatbots diseñados para conversar con usuarios.
Además, un análisis de la Universidad de Harvard señala que la tecnología es percibida como uno de los principales factores que contribuyen a la soledad, junto con el exceso de trabajo, la falta de tiempo con la familia y el debilitamiento de los lazos comunitarios.
La OMS y la Comisión sobre Conexión Social advierten que la soledad tiene impactos que van más allá de lo emocional. La desconexión social se asocia con un mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, ansiedad, depresión, demencia y muerte prematura.
El organismo también destaca que este fenómeno tiene un impacto económico importante, al aumentar los costos sanitarios y reducir la productividad. Se estima que más de mil millones de personas en el mundo experimentan soledad de forma frecuente o severa.
Desde la psicología, Martínez señala que la evidencia científica confirma que la soledad prolongada también afecta al cuerpo.
“Puede aumentar el riesgo de ansiedad, depresión, desesperanza, baja autoestima e incluso el consumo de sustancias. A nivel físico mantiene activado el sistema de respuesta al estrés, eleva el cortisol, altera el sueño, disminuye las defensas y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares y otras enfermedades crónicas.”
Añade que la calidad de los vínculos es más importante que la cantidad.
“No se trata de tener muchas relaciones. A veces basta con una o dos personas con quienes podamos sentirnos escuchados, comprendidos y seguros para expresar lo que sentimos.”
La Comisión de la OMS plantea una hoja de ruta mundial para enfrentar la soledad basada en políticas públicas, investigación, medición del problema e intervenciones comunitarias. Entre sus recomendaciones destacan fortalecer los espacios comunitarios, promover actividades sociales y crear entornos que favorezcan la conexión humana.
Para Martínez, la respuesta también debe ser colectiva.
“Sentirse solo no significa que haya algo malo en uno. Es una experiencia humana que merece atención y no vergüenza. Como sociedad necesitamos crear espacios donde las personas puedan sentirse vistas, escuchadas y aceptadas.”
La especialista considera que la familia, las escuelas, las empresas y las instituciones tienen un papel clave para prevenir que este problema siga creciendo mediante espacios comunitarios, actividades compartidas y programas de apoyo emocional.
Las historias de Alejandro y María Elena reflejan una misma realidad desde dos etapas distintas de la vida: estar rodeado de contactos, tecnología o incluso familiares no garantiza sentirse acompañado.
En una sociedad cada vez más hiperconectada, la soledad se presenta como una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: nunca había sido tan fácil comunicarse y, al mismo tiempo, nunca tantas personas habían confesado sentirse tan solas.