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- 30/08/2015 02:01
A principios de este año, el doctor en odontología e investigador Manuel Cambra hizo un sorprendente hallazgo en los archivos de la Dirección Nacional de Patrimonio Histórico (DNPH), que ha permitido ampliar los conocimientos sobre la historia de la antigua ciudad de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá o Panamá la Vieja.
El hallazgo ocurrió cuando el investigador, especialista en la presencia de los jesuitas y agustinos recoletos en el periodo colonial, buscaba información para elaborar la propuesta de un museo de la Compañía de Jesús, prometido por el presidente Juan Carlos Varela al papa Francisco durante su visita a Roma el año pasado.
Cambra examinaba un voluminoso inventario de objetos de arte colonial del Museo Reina Torres de Arauz, cuando se encontró con un documento que llamó su atención. Era la descripción de la pieza 4-ESC-00141 que, según los archivos, reposaba en el depósito del museo.
De acuerdo con el documento, se trataba de una placa fundida en plomo, con leyenda en latín y fechada en 1613. Como la mayoría de las piezas inventariadas en el mismo volumen, su origen se precisaba como ‘desconocido'.
Lo que llamó la atención a Cambra fueron los nombres escritos en la placa, todos familiares: Antonio de Caponia; don Pedro de la Torre Guedexa; Fray Vicente Mallol; el Papa Paulo V; el Rey Felipe III; el presidente y gobernador general de la milicia, don Francisco Valverde y Mercado; el obispo Agustín de Carvajal, y el Deán de la iglesia, Don Francisco de Rivera y Bustamante.
Tanto los nombres como el año señalado guardaban relación con la presencia inicial de la orden religiosa de los Agustinos Recoletos en Panamá.
¿De dónde había salido la placa? ¿Cómo llegó al museo? ¿Con qué fin fue confeccionada? ¿Qué decía de la historia de la ciudad de Panamá?, se preguntaba Cambra.
Tras varios meses de investigación, este viernes 28, fecha de la muerte de San Agustín, el investigador presentó sus hallazgos en la Casa de la Municipalidad, ubicada en el barrio de Casco Viejo.
CURIOSIDAD
Una cosa fue encontrar la descripción de la placa en el libro de piezas inventariadas, pero otra fue hallar la misma pieza.
En el depósito del Museo de Arte Religioso, ninguno de los funcionarios sabía de ella. Según la ficha técnica, debía estar en la caja 13 y con el número de inventario MARC 0217, pero estos no existían.
Finalmente, tras horas de búsqueda, el objeto fue localizado envuelto en cartón pegado con papel adhesivo en una de las esquinas del depósito.
Cambra le tomó una foto y la envió por correo electrónico a Fray Ángel Martínez Cuesta, OAR (Orden de San Agustín Recoletos), principal historiador de la orden de los Agustinos Recoletos, residente en Roma, Italia, quien pocos días después, le enviaba la traducción del latín al castellano del texto grabado.
Poco a poco, con la ayuda de la traducción y de la documentación reunida en investigaciones anteriores, se fue recabando la información que permitió entender la razón de ser del objeto.
Se trataba de una placa conmemorativa de la fundación de la iglesia y convento de San José, que albergó a la primera comunidad de la orden de los Agustinos Recoletos en Panamá.
La edificación probablemente estuvo ubicada en lo que es hoy el barrio de Malambo, en Río Abajo, y construida por Fray Vicente de Mallol, un elocuente predicador y teólogo nacido entre 1563 y 1567 en Valencia, España, responsable de la fundación de varias casas de la misma orden en el virreinato de Nueva Granada.
En el libro ‘Historia de la Iglesia y convento de San José de Panamá, por fray Alfonso Oficialdegui, OAR, Cambra encontró información sobre los trámites que debió seguir el fraile recoleto para cumplir con la complicada legislación canónica civil necesaria para fundar un convento en aquella época, en que la ciudad de Panamá, según el historiador Castillero Calvo, tenía unos 5,708 habitantes, y era conocida como ‘la tumba de los religiosos' debido a su clima malsano.
EL ACCIDENTADO CONVENTO
El libro de Oficialdegui recoge las solicitudes y permisos emitidos por don Francisco de Valverde y Mercado, entonces gobernador de Panamá; por el alcalde de la ciudad, Baltasar Maldonado; el alguacil mayor; el alférez real y varios capitanes.
El memorial también detalla la donación de don Pedro de la Torre y Guedeja o Guedexa, quien, como albacea de don Antonio de Carrión o Caponia, nombre grabado en la placa, entregó 12 mil patacones (moneda de una onza de plata).
La edificación se hizo en una huerta donada por el capitán Lorenzo de Roa, ubicada a 15 minutos a pie de la ciudad y circundada por el Río Gallinero, que por entonces tenía una fuerte corriente que se desbordaba con frecuencia. Aunque relativamente alejado de la ciudad, el lugar parecía ideal para los recoletos, que buscaban paz para su vida espiritual.
El mismo obispo Carvajal donó cien ducados de renta para aceite y vino, lo que posteriormente fue denunciado por su sucesor, el Deán Rivera y Bustamente, quien aseguró que aquel había utilizado recursos y donaciones destinadas a otras obras para ‘inventarse' un seminario en el que metió a seis muchachos a los que llamó ‘seminaristas'.
Pero eso ocurrió después. A finales del año 1612, cuando fue colocada la primera piedra, con la bendición del obispo y ante la presencia de una nutrida concurrencia de autoridades de la ciudad, todo parecía desarrollarse en un clima de armonía, hasta el momento en que, a punto de ser inaugurada, la capilla mayor de la iglesia se derrumbó.
‘Esto pudo haber ocurrido por fallos en los cálculos realizados por el arquitecto, o quizás al apresuramiento de terminar su construcción o por la liviandad del terreno que ocupaban, que era de carácter cenagoso afectado por las crecidas del río cercano', dice Cambra.
De cualquier forma, la caída obligó a los monjes a salir del lugar y alquilar una casa en la proximidad de la Ermita de Santa Ana, más cercana a la ciudad.
Pero, las autoridades de la Real Audiencia se molestaron por la mudanza y ordenaron a los frailes que volvieran a su sitio en ruinas. Su traslado no había sido autorizado y la licencia otorgada por el el obispo Carvajal, que por entonces no estaba ya en Panamá, indicaba claramente que esta sería revocada en caso de que faltaran los seminaristas.
Las crónicas de la época muestran que los enfrentamientos entre la Real Audiencia y los frailes, apoyados por el pueblo y algunas autoridades, duraría varios años.
A la larga, los agustinos recoletos ganaron la batalla y las autoridades reales y eclesiásticas les permitieron asentarse en el nuevo sitio.
DINERO SUCIO PARA UN MONASTERIO
Una de las partes más interesantes de los hallazgos de Cambra es la referente a la donación hecha por Antonio de Carrión, a quien la historia señala como uno de los ‘Trece caballeros de la isla del Gallo'.
Estos fueron un grupo de expedicionarios que, buscando la ruta hacia la conquista del imperio incaico, llegaron en mayo de 1527 guiados por Francisco Pizarro a esta isla ubicada frente a las costas colombianas del océano Pacífico, tras dos años y medio de viaje plagados de inclemencias y calamidades.
Los soldados, cansados y ya sin creer en las tierras prometidas, presionaban por regresar a Panamá.
Se cuenta que Pizarro, en una acción desesperada empuñó su espada y trazó una línea sobre el suelo arenoso para obligarlos a tomar una decisión.
‘Por este lado se va a Panamá, a ser pobres; por este otro, al Perú a ser ricos. Escoja el que fuera buen castellano lo que más bien le estuviere', habría dicho Pizarro.
Entre los que decidieron ir al Perú estaba Pedro de Carrión, quien recibió, al igual que los otros doce que completaron la hazaña, ‘los trece de la fama', títulos y riquezas por sus acciones en Sudamérica.
De esta aventura sangrienta sacaría el dinero Pedro de Carrión, ya convertido en el prestigioso caballero Antonio de Caponia (término que proviene de la palabra capón, un ave de corral de carne muy fina), para hacer la donación a Vicente Mallol para la construcción del convento.
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ACCIDENTADO
El monasterio fue instalado en una zona inundable cercana a lo que hoy es Río Abajo
Poco antes de ser inaugurada, en 1612, la capilla mayor del monasterio se derrumbó. El mal clima de la región la hacía ganarse el título de la ‘tumba de los religiosos'.
La Real Audiencia se oponía a que los seminaristas fueran reubicados en algún otro lugar.