El español no es únicamente un idioma compartido por más de 600 millones de personas: también es un territorio cultural, político y emocional en permanente...
- 22/01/2009 01:00
Encuentra más de nuestra cobertura en los resultados de búsqueda.
Agrega La Estrella en Google ↗️Si en el Padrenuestro pedimos que Dios nos libre de la tentación, por algo será. En nuestro país hay hombres y mujeres decentes que sueñan con la llegada de la “bienandanza” en el que no hubiera ni enfermedades, ni pobreza, ni hambre, ni limitaciones, ni divisiones, ni coímas, ni sobornos. Anhelan ver a Panamá entero transformarse mágicamente en el paraíso terrenal. Aunque, sólo sea un sueño alucinante, éste debe seguir vivo y se debe sentir con más vigor que nunca.
Sin embargo, la realidad es otra. Lo que hay, lo que se observa y lo que se siente es desilusión frente al bienestar que no borra su pobreza, a la libertad que no quita su esclavitud y a una falta de cultura política deshumanizante que no despeja su incertidumbre. Esta cultura deshumanizante tiene un efecto dañino en nuestras vidas de alguna forma y produce una profunda consternación. Es por ello, que se le debe asignar la importancia debida a los acuerdos de la concertación e iniciativas de grupos serios como Fudespa, Centro Nacional de Competitividad, gremios y sociedad civil. Así como, a los debates serios en que las propuestas del plan de gobierno de los candidatos sean analizadas por la comunidad en general.
Todo aquel que acepta coimas y sobornos como su modo de operar, no tiene jefe, ni reglas, ni doctrina fija, y mucho menos autocontrol en su forma de ver, de pensar y de actuar al momento de realizar su trabajo como figura de un colectivo político y hasta como funcionario público. Es aquel sujeto que inclusive usa un lenguaje seductor y poco confiable para expresar ideas contrarias a los principios morales, éticos y de civismo. Sus ideas están tan arraigadas hacia el culto del engaño que no existe para él, ni el bien ni el mal. Los métodos que utiliza lo encierran en su egoísmo, y lo impulsan hacia un absolutismo impersonal en que hace caso omiso al remordimiento y, que da origen a un desencanto generalizado, insensible a las exigencias éticas, según las cuales la dignidad de la persona no es un valor superior. Simplemente nos encontramos ante una visión deformada del hombre a cambio de una cantidad de dinero.
Desafortunadamente, los malos políticos mercadean o venden lo que no son y prometen lo que no se puede, basándose en lo que le interesa a los electores incautos. Lo otro y peor es que disfrazan sus verdaderos intereses ocultos con cantos de sirena o cubiertos en piel de oveja, lo cual es una estafa al electorado.
Por desgracia, el problema es muy frecuente, y no sólo en países como el nuestro, que son los que se llevan la mala fama. Corromper y dejarse corromper no es cuestión de nivel de renta, sino de la combinación de oportunidad, beneficio, riesgo de detección y cuantía del castigo, además de formación y talante moral.
Si el riesgo de detección es pequeño, y el castigo improbable y ligero, la corrupción está servida, a menos que nos comportemos de acuerdo con rigurosos criterios morales. Pero, ¿todos son corruptos? No, por supuesto. Ser honrado puede salir "muy caro", en términos de ingresos, carrera y oportunidades en la vida, a no ser que uno se apoye en convicciones firmes y viva en un ambiente en que la honradez sea la regla y la rectitud fuente de voluntad y de autocontrol. Por otro lado, se dice que los políticos mienten para ocultar la verdad. ¿cómo van a conseguir votos para ganar al contrario? Pues esperando a ver si cumplen con lo que dicen, si no cumplen han mentido.
Los políticos puedan que siempre mientan, no tienen otro recurso para ganarse la confianza de los votantes ignorantes. Hay que votar por el que menos prometa así nos defraudan menos o no quedamos tan frustrados al final del camino. Supongo que el problema reside ahora en determinar cuándo un mal es mayor o menor que otro. Habrá casos, sin duda, en que la respuesta la dictará el buen sentido o el juicio moral del votante.