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- 12/12/2010 01:00
PANAMÁ. Existen diferentes maneras de ver, entender y explicar el significado de la Navidad. Antropológicamente podría verse como un evento cultural, en donde la tradición religiosa exalta el espíritu mágico religioso de un pueblo mediante ritos y costumbres internalizadas ideológicamente por las instituciones que conforman el ethos clerical católico y protestante.
Desde un punto de vista mucho más teológico, podría decirse que en estas fechas se celebra el Nacimiento de Jesús, señor y salvador de los seguidores del cristianismo. Aún más, desde una posición algo psicologista podría afirmarse que, en estas fechas, se produce una suerte de efervescencia psicosocial que influye en la emotividad colectiva, creando condiciones gratificantes frente a los avatares cotidianos.
Ahora bien, desde un punto de vista sociológico, la Navidad puede tener algo de todo lo antes mencionado. Sin embargo, esta disciplina exige trascender los visibles parámetros superficiales y profundizar reflexivamente en sus implicaciones socioeconómicas.
LA NAVIDAD COMO NEGOCIO LUCRATIVO
Si se realiza una muy breve observación al fenómeno social denominado Navidad, no se tardará, y menos aún exigirá un gran esfuerzo analítico, para identificar a la Navidad como un buen negocio.
Todos los años las grandes y pequeñas cadenas de almacenes en todo el mundo, se desviven por ofertar entre sus mercancías objetos referentes a la Navidad. Desde artículos relacionados con personajes tan variados y alejados al dogma judeocristiano como lo es el Santa Claus, Frosty, Rudolf, entre otros. Además, se legitima la tala indiscriminada de pinos, ya sean canadienses o de cualquier otra parte del mundo, para suplir una necesidad supuestamente tradicional-religiosa que, dicho sea de paso, tiene un origen pagano en la celebración del dios escandinavo Frey (que nada tiene que ver con Cristo). Por si fuera poco, la misma figura del salvador y su sagrada familia han sido mercantilizadas al punto de lo inimaginable (lo cual se contradice con el suceso en que él mismo saca a los mercaderes del templo).
Esta euforia consumista no es más que un manejo despiadado de ciertos grupos económicos (llámense corporaciones, consorcios o empresas) que apoyados en cada vez más hábiles y sofisticadas campañas mediáticas, atizan los bolsillos de todo creyente e incrédulo. Ya que la Navidad, al igual que otras fiestas como Halloween, poseen mucha aceptación tanto de cristianos como de agnósticos.
Todos los años las navidades vienen a ser la gran mina de oro de empresarios, paradójicamente, en su mayoría, ajenos al dogma cristiano (no creyentes en Cristo). Los panameños, al igual que casi en todas partes del mundo, salen en manada de sus casas, para internarse en las junglas postmodernas de los centros comerciales con el objetivo de gastar ostentosamente todos sus recursos financieros o endeudarse.
Los niños no escapan a esta lógica voraz y despiadada del consumo navideño, ya que las franquicias bancarias se las han arreglado para edificar planes infantiles de ahorro, en miras no del provecho de los primeros, sino para incrementar las futuras ganancias de los empresarios.
Irónicamente, para la delincuencia la Navidad se vislumbra como un escenario propicio y esperanzador, no desde las premisas austeras del Salvador, sino para realizar todo tipo de fechorías y alcanzar una capacidad adquisitiva que les permita incorporarse al consumismo.
UN MUNDO ESTRUCTURADO EN BASE AL CONSUMO
Si le agregamos a este análisis, un tanto fenomenológico, un poco de teoría, será posible aseverar que las premisas de Zygmunt Bauman, sobre la debacle de la sociedad basada en la producción en masa, por una estructurada en el consumo, no sólo son ciertas, sino además visibles a cualquier lego.
Según éste pensador, las modernas sociedades de producción basadas en una ética del trabajo y la producción en masa, dan lugar a una sociedad de consumo, la cual socializa la capacidad, voluntad y obligación de consumir. Así, los individuos se dejan seducir por esa racionalidad consumista internalizada, la cual se acentúa con la vana creencia en la elección, falta de compromiso e incapacidad para satisfacer deseos.
Esto lleva a plantearse el modelo de sociedad en que se vive, desde una perspectiva sociológica. Si se toma como principio estructural de la sociedad el modo de producción en que vivimos, el capitalismo avanzado, sin mayores esfuerzos se podrá seguir la siguiente propuesta deductiva: la sociedad como ente organizador, genera una infraestructura, basada en el orden económico de producción (ahora de consumo), el cual edifica las principales premisas ideológicas (superestructura), que sirven de insumo normativo y legitimador del primero.
De esta manera, permitámonos concebir a la Navidad no como una fiesta cristiana, sino como el gran negociado que se oculta tras un antifaz puritano. Por otra parte, estas conclusiones no pretenden herir susceptibilidades, sino desmontar el prisma distorsionante que se ha utilizado como caballo de Troya, para orientar las mentes y espíritus más variopintos hacia el consumismo desmesurado, so pretexto de engordar la riqueza de un reducido grupo de personas, lo que provoca el incremento de las desigualdades.
LA IGLESIA ANTE ESTE IMPERATIVO ECONÓMICO
Las iglesias católica y protestante no escapan de la lógica del sistema capitalista. En vez de denunciar fervorosamente la desviación hacia valores consumistas, desde su institucionalidad se ha contribuido a legitimar el modelo. Su fundamento operativo en el modelo societal previamente mencionado, radica en alienar las conciencias de las personas, al tiempo que edifica una estructura mental obediente y acrítica de su mundo, tanto cotidiano como global.
Esto se hace evidente cada año, cuando nos comportamos como autómatas, compramos innecesariamente excesivas cantidades de mercancías, un pesebre o nacimiento, adornos, el arbolito, cánticos navideños de diversos géneros musicales, ropa nueva bajo pretextos supersticiosos, organizamos comilonas, entre otros ejemplos que, sin duda, tienen poco que ver con Jesús y sus postulados existenciales de austeridad y sacrificio.
APOSTANDO A UN CAMBIO DE PERSPECTIVA
En nuestro mundo, en estas fechas, bajo luces de diversos colores, la adoración a la imagen antropocéntrica, el individualismo, el hedonismo, el pluralismo identitarios, y la consolidación de la ambivalencia moral posmoderna, la Navidad se transforma en un mecanismo de escape colectivo, una suerte de festín romano que imprime sobre los seres humanos una sugerente condición de placidez y alegría falsa, incitado por un consumismo conspicuo y sistemático.
Esta condición psicosocial tiene como mal colectivo el olvido temporal consciente e inconsciente de todos los problemas sociales y estructurales que nos aquejan en el mundo en que vivimos, lo cual impide objetiva y subjetivamente que los individuos asuman el rol protagónico que corresponde, y su responsabilidad de participar en la producción de los cambios necesarios para eliminar las desigualdades económicas y sociales como la pobreza y los procesos de exclusión que se gestan silenciosamente en el seno de nuestra sociedad.