Dos nuevas variedades de tomate adaptadas al calor

  • 27/03/2026 00:00
Desde la semilla de la ciencia, se cosecha la innovación y la transferencia tecnológica en el campo

Panamá suma dos nuevas variedades de tomates, desarrolladas para adaptarse a las altas temperaturas del trópico. Se trata de IDIAP-TM-SALSA-25 e IDIAP-TM-EJIDO-25 presentadas por el Instituto de Innovación Agropecuaria de Panamá (Idiap) en la provincia de Los Santos.

El Dr. Jorge Enrique Jaén Villarreal, investigador del Idiap y exbecario de la Secretaría Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), explica que estas variedades responden a las necesidades del segmento de producción de tomate industrial. “Son altamente productivas y cumplen con todos los estándares de dulzura, color y firmeza que exige el mercado. Sin embargo, su principal característica es su tolerancia al calor, actualmente una de las mayores limitantes de la agricultura en las zonas tropicales”, señala.

Durante la presentación, el Idiap entregó semillas al Ministerio de Desarrollo Agropecuario (MIDA), para su distribución entre productores, fortaleciendo así la transferencia de tecnología hacia el campo.

Desde su perspectiva, uno de los principales retos para la investigación agropecuaria en países tropicales, es la resiliencia al cambio climático. “Debemos generar tecnologías que maximicen la productividad para alimentar a la población, pero que al mismo tiempo tengan un enfoque de conservación y sostenibilidad para proteger nuestros recursos naturales”, afirma el científico.

Vocación y formación

El Dr. Jaén Villarreal creció en un entorno rodeado de agricultura y ganadería. “Desde niño, ese amor por el campo se cultivó observando el trabajo de mi abuelo materno y de mi padre. Esa inspiración familiar me llevó a convertir esa pasión en mi profesión, con el objetivo de contribuir a la seguridad alimentaria de mi país”.

Su interés por la ciencia agrícola se formalizó durante el segundo año universitario, gracias a la influencia del profesor Alberto Moreno. “Despertó en mí ese instinto investigador y me inspiró a buscar soluciones científicas para los desafíos del agro”.

En el Idiap inició trabajando en el mejoramiento de maíz, junto al Dr. Román Gordón. Tres años después, un proyecto regional con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), bajo la guía del Dr. Ismael Camargo, marcó un punto de inflexión en su carrera. “Allí descubrí el potencial de la variabilidad genética”, menciona. Desde entonces, ha trabajado en tomate y ají mediante hibridación y mutagénesis, y actualmente se enfoca en el rubro del camote”.

Destaca que muchos de sus aprendizajes más valiosos han venido de los productores. “Ellos me han enseñado a amar la tierra y a entender el lado humano del campo. Ver cómo su vida depende de su cosecha me ha hecho valorar profundamente el esfuerzo detrás de cada alimento”.

No obstante, su trayectoria también ha enfrentado desafíos. Durante su segundo año de doctorado, en plena pandemia, perdió sus experimentos en campo porque el río La Villa se desbordó en mayo, algo muy inusual. “Tuve que reformular y repetir experimentos, pero con el apoyo de mis tutores, la Dra. María Caridad González y el Dr. Ismael Camargo, logré salir adelante. Fue una lección invaluable de perseverancia”, relata.

Posteriormente, obtuvo su doctorado en la Universidad Agraria de la Habana, Cuba, donde alcanzó dos hitos importantes: la identificación de varios genotipos de tomate altamente productivos y tolerantes al calor y la optimización del protocolo de mejora por mutaciones, reduciendo significativamente los tiempos de obtención de nuevos materiales.

Ciencia y resiliencia

Desde los experimentos de Gregor Mendel, quien cruzó plantas de guisantes para entender cómo se heredan los rasgos, la tecnología aplicada al mejoramiento de cultivos ha evolucionado significativamente. Este avance se ha apoyado en el descubrimiento del ADN en el siglo XX, el desarrollo de la biotecnología y, más recientemente, las herramientas de edición genética de alta precisión.

A nivel mundial, estas innovaciones han generado interés, pero también inquietudes en algunos sectores de la población. El investigador señala que muchas de estas preocupaciones están asociadas a la necesidad de contar con más información clara y accesible sobre cómo se desarrollan estos procesos.

“Nos enfrentamos a una población creciente que demanda más alimentos en un entorno cambiante. Necesitamos desarrollar cultivares resistentes de forma eficiente y en menor tiempo. No se trata solo de mejorar genéticamente, sino de aplicar buenas prácticas agrícolas y cuidar el ambiente para garantizar sistemas seguros y sostenibles”, explica.

Sobre la generación de mutaciones, detalla que estas son cambios naturales en el ADN que pueden ocurrir por factores como la radiación ultravioleta, sustancias químicas presentes en el ambiente o errores en la replicación celular. “En el laboratorio, lo que hacemos es acelerar este fenómeno natural de forma controlada y segura. Luego seleccionamos, generación tras generación, las plantas con características deseadas, como resistencia a enfermedades o tolerancia al estrés térmico”, indica.

Este proceso permite obtener nuevas variedades mediante técnicas seguras y no transgénicas, basadas en la variabilidad genética natural, con el objetivo de mejorar la productividad de los cultivos.

En el Idiap, el mejoramiento genético del tomate se realiza principalmente a través de dos métodos: la hibridación convencional, que implica cruzamientos y selección hasta estabilizar el cultivo, y la inducción de mutaciones, que permite generar variabilidad genética de forma más rápida a partir de materiales élite (como la variedad IDIAP-T8).

Innovación y futuro del agro

El Dr. Jaén Villarreal destaca dos factores clave para el desarrollo agrícola: la cooperación científica internacional y la inteligencia artificial (IA).

“Compartir experiencias y estandarizar procesos permite aprovechar la experiencia de organismos internacionales y escalar iniciativas científicas locales, lo que finalmente se traduce en mejores tecnologías para los productores”, señala.

En cuanto a la IA, afirma que está transformando la agricultura. “Nos permite analizar grandes poblaciones de datos de forma eficiente, mejorar los diagnósticos y optimizar el uso de recursos, impulsando una agricultura más precisa e inteligente”.

A futuro, el investigador aspira a impulsar la biofortificación de cultivos, con el fin de producir alimentos más nutritivos que impacten directamente en la salud y seguridad alimentaria. Además, continuará enfocado en iniciativas de mejora genética orientadas a variedades más resilientes al cambio climático.

Finalmente, envía un mensaje a los jóvenes: “Estudien, especialícense e innoven. Sus ideas son valiosas para el futuro. No tengan miedo a equivocarse, porque del error también se aprende. No abandonen el campo, ustedes son la esperanza para garantizar la seguridad alimentaria de Panamá”.

Lo Nuevo