Yolani Robles Pineda: dos décadas en investigación marina-costera

  • 20/02/2026 00:00
La bióloga veragüense lidera la investigación sobre la sostenibilidad de especies clave y la protección de los ecosistemas en santuarios naturales como Coiba y el Golfo de Montijo. Su trabajo es el puente entre los datos fríos de la academia y la supervivencia de las comunidades costeras

En el vasto horizonte azul del Pacífico panameño, donde el agua se funde con el cielo en un abrazo de sal y espuma, la ciencia tiene nombre, apellido y una determinación inquebrantable: Yolani Aibeth Robles Pineda, oriunda del distrito de Soná, en la provincia de Veraguas, esta investigadora no contempla el mar como un simple paisaje de postal, sino como un laboratorio vivo, un sistema complejo que late con urgencia y que exige una gestión basada en evidencias.

Con una trayectoria que supera los 20 años, Robles Pineda se ha consolidado como una figura esencial para descifrar la salud de nuestros ecosistemas costeros y garantizar el futuro de las poblaciones que de ellos dependen.

Vocación forjada entre manglares

La carrera de Robles Pineda es un testimonio de disciplina y una profunda conexión con el entorno natural de su provincia. Su formación académica comenzó en la Universidad de Panamá (1999-2003), donde se licenció en Biología Ambiental, pero aquel fue solo el primer paso de un viaje intelectual mucho más ambicioso. Su curiosidad por los procesos que sostienen la vida en la interfase tierra-mar la llevó a especializarse en la ecología aplicada, obteniendo una Maestría en Ecología de Zonas Costeras con orientación al manejo de recursos.

Hoy, su rol trasciende la enseñanza tradicional. Como docente e investigadora del Centro de Capacitación, Investigación y Monitoreo de la Biodiversidad (Ccimbio) de la Universidad de Panamá en Veraguas, Robles Pineda opera desde una de las plataformas de monitoreo biológico más estratégicas del país. Su labor no se limita al escritorio; se encuentra en las lanchas, en los mercados de pescado y en los laboratorios donde se procesan los datos que definen el destino de la biodiversidad regional.

Fue durante su maestría cuando demostró su agudeza científica con un análisis biológico-pesquero sobre pargos y corvinas en el Golfo de Montijo, un área que se convertiría en el epicentro de sus desvelos profesionales.

Lejos de conformarse, el año pasado obtuvo el Máster en Gestión de Recursos Acuáticos en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile. Su investigación actual aborda la evaluación crítica de la pesquería del pargo seda (Lutjanus peru) en el Golfo de Chiriquí, un estudio vital para determinar los límites biológicos de una especie que sostiene la economía de cientos de familias en el occidente panameño.

Rigurosidad científica y política pública

Lo que distingue a la bióloga Robles es su capacidad para traducir fórmulas estadísticas y datos biológicos complejos en herramientas de gestión para el Estado. Sus proyectos no terminan acumulando polvo en un estante; se convierten en decretos, planes de manejo y normativas.

Su colaboración constante con entidades como la Secretaría Nacional de Ciencia Tecnología e Innovación (Senacyt), el Ministerio de Ambiente, MarViva y The Nature Conservancy ha permitido que áreas de importancia global, como el Parque Nacional Coiba, cuenten con estrategias de ordenamiento pesquero robustas y actualizadas.

Uno de sus hitos más significativos ha sido el estudio de las agregaciones reproductivas de peces (SPAGs). Entre 2021 y 2025, ha liderado investigaciones pioneras para comprender cómo los fenómenos climáticos extremos, como El Niño, alteran los ciclos de vida de especies comerciales.

Gracias a sus monitoreos, Panamá posee hoy información precisa sobre las coordenadas y los tiempos exactos en los que el pargo mancha y el pargo seda se reúnen para desovar. Esta información es la piedra rosetta” que permite proponer vedas espaciales y temporales, evitando que la sobrepesca colapse las poblaciones en sus momentos de mayor vulnerabilidad.

De la cuenca a la costa

La investigadora entiende que el mar no es una entidad aislada, sino el final de un camino que comienza en la montaña. Desde sus inicios en 2002, cuando evaluaba la ecología del río Santa María y protegía a la tortuga golfina en Isla Cañas, ha mantenido un enfoque de “cuenca a costa”.

Esta visión sistémica la llevó a comparar el aprovechamiento de la concha negra entre los manglares de David y los de Montijo, demostrando que la sostenibilidad solo es posible cuando se involucra a los recolectores y pescadores en la toma de decisiones científicas.

Su productividad intelectual es un archivo vivo para el país. Con una veintena de publicaciones en revistas de prestigio internacional como la Revista de Biología Tropical y el Journal of Applied Ichthyology, sus estudios sobre la relación longitud-peso y la dinámica poblacional de tiburones y rayas son hoy referencias obligatorias en el Corredor Marino del Pacífico Este Tropical (CMAR). Además, como coeditora de obras fundamentales, como la guía sobre la pesca artesanal en el Parque Nacional Coiba (2016), ha logrado establecer un lenguaje común entre la academia y el sector pesquero.

Ciencia descentralizada

Operando desde Santiago de Veraguas, Robles Pineda personifica la descentralización de la ciencia en Panamá. Su presencia constante en el Golfo de Montijo y el Archipiélago de Chiriquí refuerza el compromiso regional con la protección de la biodiversidad, demostrando que la investigación de alto nivel puede y debe generarse desde el interior del país.

En un mundo que enfrenta crisis climáticas y pérdida de biodiversidad a un ritmo sin precedentes, figuras como Yolani Robles Pineda representan la esperanza basada en el conocimiento. Su legado no solo reside en los artículos científicos o en las aulas del Centro Regional Universitario de Veraguas, de la Universidad de Panamá (UP), sino en cada especie que logra reproducirse en un manglar protegido y en cada pescador que hoy comprende que la ciencia no es su enemiga, sino su mejor aliada para garantizar que el mar siga siendo, por muchas generaciones más, una fuente inagotable de vida.

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