Crecer entre pantallas: cómo la infancia se adapta a un mundo de estímulos constantes

  • 10/01/2026 00:00
Pantallas, atención fragmentada y menos palabras marcan la infancia actual. Especialistas advierten que los niños no han perdido la capacidad de concentrarse, pero sí desarrollan su atención y lenguaje en un entorno dominado por la inmediatez tecnológica.

Un niño de cinco años desliza el dedo por la pantalla con precisión, reconoce íconos, cambia de video sin dificultad y responde cuando se le habla. Entiende todo. Pero habla poco. La escena se repite en hogares y escuelas, y resume una inquietud que crece entre padres, docentes y especialistas: los niños de hoy no solo viven una infancia distinta, también se concentran, se comunican y aprenden de otra manera.

La diferencia entre generaciones no está únicamente en la presencia de la tecnología, sino en la forma en que esta ha reconfigurado la vida cotidiana. Antes, el entorno infantil estaba marcado por el juego físico, la interacción cara a cara y tiempos prolongados sin estímulos externos. Hoy, la infancia transcurre en un contexto donde la estimulación es constante, las respuestas son inmediatas y la espera casi no existe.

La comparación con generaciones anteriores surge casi de forma inevitable. No desde la nostalgia ni el juicio, sino desde la observación diaria. Donde antes el aburrimiento abría espacio al juego libre, a la conversación y a la imaginación, hoy la respuesta inmediata suele ser una pantalla.

En Panamá, la tecnología forma parte del día a día desde edades cada vez más tempranas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censo de la Contraloría General de la República (INEC), cerca del 80 % de la población utiliza internet, y cuatro de cada seis niños acceden a esta tecnología desde sus hogares, lo que evidencia la profunda penetración de los dispositivos digitales en la vida familiar y educativa.

Una atención más vulnerable, no inexistente

La atención infantil no ha desaparecido, pero funciona distinto. Así lo explica la psicóloga clínica infantil Angeliky Donado Girón, quien aclara que no se trata de que los niños “ya no sepan atender”, sino de una atención más vulnerable, fluctuante y dependiente del tipo de estímulo que reciben.

“Muchos niños sí pueden concentrarse, pero principalmente en actividades que ofrecen recompensas inmediatas, rapidez y alta estimulación sensorial, como las pantallas, los videojuegos o los videos cortos”, señala. En contraste, presentan mayores dificultades para sostener la atención en tareas que requieren espera, esfuerzo mental y autorregulación.

Desde su experiencia clínica, Donado Girón enfatiza que esto no ocurre porque los niños no quieran o no puedan, sino porque su cerebro aún está en desarrollo y se está formando en un entorno caracterizado por ritmos acelerados y estimulación constante. A esto se suma un factor clave: el estado emocional. “Un niño que vive estrés, sobrecarga sensorial o inseguridad emocional difícilmente podrá mantener la atención, aun cuando tenga las capacidades cognitivas necesarias”, explica.

Por eso, lo que muchas veces se interpreta como “falta de atención” es, en realidad, la manifestación de un sistema nervioso saturado o desregulado.

Un cerebro moldeado por la inmediatez

Desde el Centro Integral de Neuropsicología Educativa, centro privado especializado en neuropsicología educativa que atiende a niños, adolescentes y adultos, explican que cada vez es más frecuente recibir consultas relacionadas con dificultades de atención sostenida, impulsividad y baja tolerancia a la espera.

No siempre se trata de un trastorno. En muchos casos, es un cerebro que se desarrolla en un entorno acelerado, donde el silencio, la espera y el tiempo sin estímulos casi no existen.

Mario Pimentel, neuropsicólogo educativo, señala que la tecnología es hoy una realidad innegociable. “Desde que un bebé nace, muchas veces ya está expuesto a pantallas. Hay una luz azul presente desde el primer día”, explica. Ese contacto temprano ha traído retos importantes, especialmente en áreas como la higiene del sueño.

El uso de pantallas en horas nocturnas, sin rutinas claras para dormir y despertar, genera agotamiento. Ese cansancio se traduce en somnolencia, baja disposición para aprender y dificultades para rendir en el aula. “Un niño que no duerme bien es un niño que no logra optimizar los aprendizajes”, advierte Pimentel, quien añade que, sostenido en el tiempo, esto puede derivar en bajo rendimiento académico e incluso deserción escolar.

Menos palabras, más imágenes

Uno de los cambios más visibles aparece en el desarrollo del lenguaje. Docentes y especialistas observan que muchos niños comprenden lo que se les dice, pero hablan menos que generaciones anteriores. El intercambio verbal se ha reducido y, con él, las oportunidades de ampliar vocabulario, construir frases y narrar experiencias.

Donado Girón confirma que en la consulta es cada vez más común observar retrasos en el lenguaje expresivo, vocabulario reducido para la edad y menor intención comunicativa. “El lenguaje no se desarrolla solo por la exposición a palabras, sino a través del vínculo, la interacción y la respuesta emocional del adulto”, explica.

Cuando el niño no necesita pedir, esperar una respuesta o sostener una interacción, la motivación comunicativa se debilita. “Más allá del habla, lo que suele estar comprometido es la función comunicativa y social del lenguaje”, añade.

Susan Navarro, psicóloga del Centro Integral de Neuropsicología Educativa, coincide en que la estimulación humano-humano no puede ser reemplazada por una pantalla. “El lenguaje se construye en la interacción, en el vínculo y en la respuesta emocional del otro”, señala.

Antes, gran parte del aprendizaje del habla ocurría durante el juego simbólico, los cuentos leídos en voz alta y las conversaciones insistentes de los niños. Hoy, muchos contenidos audiovisuales entretienen, pero no siempre invitan a responder, preguntar o dialogar.

“Antes hablaban más”

Para Helen Mendoza, madre y abuela, la diferencia entre la infancia de su hija y la de su nieta es evidente. “Cuando crié a mi hija, a los cinco años hablaba todo el día. Contaba historias, preguntaba de todo y podía entretenerse sola”, recuerda.

Al observar a su nieta, nota otro ritmo. “Ella es muy despierta, entiende todo, pero habla menos. Si no hay una pantalla, se aburre rápido. No digo que esté mal, es otro tiempo, pero ahora hay que sentarse a provocar la conversación”.

La inmediatez se ha convertido en una constante. Un video comienza en segundos, una respuesta llega al instante, el entretenimiento no se detiene. Para los especialistas, este contexto impacta directamente en habilidades como la paciencia, la tolerancia a la frustración y la autorregulación.

“Muchos niños no saben qué hacer si no tienen un celular. Les cuesta esperar, incluso en espacios con libros o juegos. La paciencia se aprende, y hoy hay menos oportunidades para desarrollarla”, explica Pimentel.

Esto también influye en la forma de relacionarse. En espacios públicos es común ver mesas donde adultos y niños están conectados a sus dispositivos, pero no entre ellos. “Los niños modelan lo que ven”, advierte.

El rol insustituible de los adultos

Donado Girón subraya que los adultos cumplen un rol central en el desarrollo del lenguaje infantil, especialmente cuando el celular está presente en el hogar. “El niño aprende a hablar cuando alguien le habla. Cuando el adulto está más disponible para la pantalla que para el niño, se pierden momentos esenciales para la comunicación”, explica.

No se trata de culpar, sino de tomar conciencia. En un contexto demandante, la clave está en priorizar momentos de conexión real: mirar, escuchar, nombrar lo que ocurre y validar emociones. “Ninguna aplicación puede reemplazar una mirada o un diálogo”, afirma.

Lejos de demonizar la tecnología, los especialistas coinciden en que el enfoque debe ser consciente. “La tecnología no es mala. El problema es el uso pasivo”, señala Pimentel. Usada de forma activa, puede convertirse en una herramienta de aprendizaje y desarrollo.

Donado Girón recomienda definir tiempos claros, evitar pantallas durante comidas y rutinas de sueño, acompañar el uso, permitir el aburrimiento y ofrecer alternativas de juego libre. “Del aburrimiento nacen la creatividad y la iniciativa”, sostiene.

La infancia de hoy no es mejor ni peor que la de antes: es distinta. Crece en un mundo acelerado, digital y lleno de estímulos. Comprender cómo se construyen hoy la atención, el lenguaje y el vínculo implica mirar el contexto sin idealizar el pasado ni demonizar el presente.

En un entorno donde la tecnología llegó para quedarse, el desafío no está en eliminarla, sino en rescatar lo esencial: el tiempo compartido, la palabra, la espera y la conexión humana que sostienen el desarrollo infantil.

Mario Pimentel
Director del Centro Integral de Neuropsicología Educativa
Muchos niños no saben qué hacer si no tienen un celular. Les cuesta esperar, incluso en espacios con libros o juegos. La paciencia se aprende, y hoy hay menos oportunidades para desarrollarla
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