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Ana Velázquez, de Panamá a Lima: la historia de la madre de San Martín de Porres
- 08/10/2026 00:00
Detrás del santo de la escoba y los milagros imposibles late el corazón de Ana Velázquez, la mujer panameña que desafió los nudos socio-raciales del Imperio español en el istmo. A través del mecanismo de la coartación (institución jurídica que permitía a una persona esclavizada comprar su propia libertad fijando con su amo un precio definitivo e inalterable) la mujer conquistó su libertad a plazos y cruzó el mar, movida por una promesa de amor, legándole al mundo un símbolo eterno de compasión. Esta es una crónica sobre resistencia, supervivencia y el indomable amor de una mujer panameña y negra.
El linaje del primer santo mulato de América no se sembró en las cadenas de la sumisión, sino en el grito silencioso por la libertad en el istmo de Panamá. Durante siglos, las biografías religiosas tradicionales confinaron a la madre de San Martín de Porres a la penumbra de la historia, retratándola como una figura secundaria y pasiva.
Sin embargo, la historiografía social contemporánea, respaldada por rigurosas investigaciones en plataformas científicas, ha venido a hacerle justicia. Ana Velázquez ya no es vista como una figura marginal, sino como una protagonista histórica definida por su firmeza, valentía y una notable autonomía tanto espiritual como jurídica.
La renombrada historiadora Celia Cussen, en su obra fundamental ‘Martín de Porres: Santo de la América negra’, desarticula los viejos mitos y confirma que Ana era una mujer afrodescendiente liberta, también llamada ‘horra’ (persona negra o mulata que ha alcanzado la libertad, dejando de estar bajo el régimen de la esclavitud), cuando su camino se cruzó con el del hidalgo burgalés don Juan de Porres en Panamá. Martín no nació del azar, sino del vientre de una mujer que ya había aprendido a ser dueña de su propio destino.
El pasado de Ana en Panamá guarda secretos en los asientos notariales de la época que no lograron registrar de qué familia fue esclava. Aunque las actas del Proceso Diocesano de Lima la reconocen formalmente como “mujer libre”, el misterio sobre quiénes fueron sus amos originales es desconocido. No obstante, los historiadores coinciden en una certeza, Ana Velázquez compró su libertad centavo a centavo.
Lo logró acogiéndose a la coartación, una institución del derecho colonial que permitía a las personas esclavizadas pagar su propia emancipación de forma gradual. Ana utilizó su ‘plata’ de los pequeños ahorros que lograba reunir trabajando de manera independiente en sus escasos días festivos y turnos libres para ir reduciendo su deuda.
Panamá, convertido en el vibrante corazón comercial del Imperio español, lleno de ferias, puertos y un constante flujo de riquezas, se convirtió en el escenario en el que esta mujer trabajó para comprar el derecho más sagrado de un ser humano: ser libre.
Cuando Ana Velázquez abordó el barco que la llevaría a la Ciudad de los Reyes (Lima) alrededor de 1579, no lo hizo encadenada en las bodegas de la trata negrera. Viajó por voluntad propia, impulsada por una promesa de matrimonio y la ilusión de formar un hogar con don Juan de Porres. Pero al desembarcar en el Virreinato del Perú, la fría realidad colonial la golpeó de frente: las estrictas leyes de pureza de sangre impidieron que el hidalgo noble cumpliera su palabra de desposar a una mujer afrodescendiente.
Desamparada por el caballero español y con dos hijos pequeños a su cargo, Martín y su hermana Juana, Ana Velázquez no se rindió. Se instaló en el humilde y populoso barrio de Malambo, un sector de Lima habitado mayoritariamente por población negra y liberta. Allí, la ‘negra libre’ o mujer ‘horra’ se convirtió en el único y absoluto sustento de su hogar.
Ana sobrevivió ejerciendo los oficios más duros de la urbe colonial: lavandera, costurera y vivandera (vendedora de comida al por menor).
Con el fruto de su trabajo, pagó el alquiler de una modesta vivienda y aseguró la comida en la mesa. Pero su mayor logro fue educativo. Con sus monedas financió las primeras letras y el aprendizaje de Martín como barbero y enfermero, protegiendo a su hijo de la indigencia y demostrando que la dignidad no dependía de un apellido paterno que los había rechazado.
Como bien señala la historiadora Nancy E. van Deusen en sus estudios sobre la Lima colonial, estas mujeres afrolibertas desarrollaron un ‘profundo entendimiento teológico y ejecutaban expresiones de agencia espiritual”.’
Para comprender la hazaña de esta madre panameña es necesario analizar el terreno hostil que pisaba. Recientes estudios como ‘Dialogic Depositions’ revelan que, ya en 1574, las mujeres libres de color en Panamá tuvieron que unirse y litigar valientemente contra decretos reales que pretendían asfixiarlas económicamente con tributos injustos.
En el Perú, el panorama era igual de implacable. Las mujeres negras libres enfrentaban una opresión estructural en la que los abusos de poder, el hostigamiento y las deudas fraudulentas operaban como herramientas coloniales para revocar su libertad.
La libertad de Ana no era un privilegio cómodo; era una lucha diaria. Y fue en esa lucha de amor y resistencia que creció Martín de Porres.
El entorno de vulnerabilidad y la constante lucha de su madre moldearon la conciencia de Martín, convirtiendo la experiencia de la discriminación familiar en el motor de su entrega comunitaria..
Por eso, cuando Martín sintió la llamada de la fe y chocó de frente contra los muros del racismo institucional, no se rindió. Aunque la Iglesia obligaba a indios y negros a ingresar a los templos para su adoctrinamiento, les vetaba tajantemente el acceso al altar y a la vida consagrada. Apoyados en los rígidos estatutos de limpieza de sangre, las leyes eclesiásticas prohibían formalmente que las personas con ascendencia africana o indígena fueran ordenadas sacerdotes o admitidas como frailes plenos. Pese a esta exclusión jurídica que limitaba su vocación, la determinación de Martín fue mayor.
En 1594 ingresó al Convento de Nuestra Señora del Rosario, aceptando el humilde papel de “donado” (un sirviente conventual destinado a las tareas más pesadas a cambio de techo y comida). El historiador Fernando Iwasaki señala la profunda ambivalencia y la barrera racial de este proceso. Sin embargo, Martín transformó esa exclusión en la más alta de las virtudes.
La historia posterior es conocida, el hijo de la panameña se convirtió en el alma caritativa de Lima, en el fraile de los milagros capaz de bilocarse (fenómeno místico o sobrenatural según el cual una persona es capaz de estar presente físicamente en dos lugares distintos al mismo tiempo) para consolar a los enfermos, de sanar cuerpos desahuciados. Pero aquellos milagros que desafiaban la física y que el Proceso Diocesano documentó bajo juramento, no brotaron de la nada. Fueron la herencia viva de Ana Velázquez.
Martín aprendió a sanar porque vio a su madre sanar el desamparo; aprendió a multiplicar los panes en el convento porque vio a su madre hacer milagros con unos pocos centavos en el barrio de Malambo, y aprendió a mirar con dignidad a esclavos y virreyes porque nació del vientre de una mujer istmeña que decidió que su destino valía más que todas las cadenas del Imperio.
Hoy, al contemplar la imagen de San Martín de Porres en los altares de América con su icónica escoba, la historia finalmente permite ver que detrás del santo de la humildad, late con fuerza el coraje indomable de Ana Velázquez: la madre panameña de la Chorrera que trajo al mundo la santidad más pura.