Tener años versus padecer años

C amino por las calles, voy al gimnasio, me paseo por el centro comercial y me cruzo con venerables damas que caminan lentamente llevand...

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C amino por las calles, voy al gimnasio, me paseo por el centro comercial y me cruzo con venerables damas que caminan lentamente llevando a cuestas su pesada espalda, la cabeza baja, los pies arrastrando. También me topo con mujeres ágiles que hablan en voz alta, sonríen, se deslizan y hasta corren, bailotean mientras charlan.

¡Y la diferencia de edades entre las primeras y las segundas es mínima!

Descartando problemas de salud, la manera de ver la vida, la motivación y la forma de ser, me doy cuenta de que no son las líneas de expresión o las canas que se vuelven un mechón que lo cubre todo o la creciente debilidad ósea lo que lleva a algunas mujeres a verse tan mayores. ¡Es la actitud!

Muchísimas personas, no importa su edad, me dicen: “es que yo me siento de 18 por dentro, sigo siendo yo misma”. Y hay mucha gente que también siente y piensa lo mismo.

Cuando tenemos 15 años nos corrigen: “camina erguida, con la cabeza en alto, paso firme, brazos sueltos…”. A los 20 años, nuestras amigas nos recuerdan: “pecho alto, para la cola, sonríe…”.

Por otro lado, cuando llegan los 30 años nos encontramos muy bien sentadas en una cafetería y entra un George Clooney panameño y de una vez nos crecemos una pulgada en nuestras sillas y cruzamos las piernas.

Me pregunto por qué después de cierta edad todos esos cuidados y consejos dejan de valer. Una no se rinde nunca ni baja la guardia. Por esto no bajemos nunca la cabeza ni encorvemos la espalda, más bien explotemos algo que de jóvenes subestimamos o demoramos en entender: la elegancia.

Una mujer madura es la chiquilla bella de 15, 18, 22 años que ahora sabe mucho más, eso es todo.

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