Patrimonio sin armar

  • 08/03/2015 01:00
Durante casi medio siglo formó parte de la memoria visual de San Francisco

El hombre y la mujer avanzan entre la espesura, como si estuvieran emergiendo del fondo de la historia. Aunque sus rostros están difusos, en sus rasgos se pueden percibir rasgos indígenas. Los dos gunas conforman una nueva pareja edénica, dispuesta a reclamar su lugar en un paraíso extraviado y asfixiante… A la altura de sus cinturas, una grieta amenaza la fragilidad de este génesis panameño. En otros puntos de la obra, en vez de figuras semiogeométricas que representen serpientes, peces, aves, flores, palmeras o árboles, solo queda la pared desnuda.

Resquebrajado y en la sombra. Hasta hace cuatro semanas ‘El paraíso guna’ -mural que adornaba una de las paredes del Instituto Justo Arosemena (IJA)- parecía destinado a compartir el mismo destino que su creador, Juan Bautita Jeanine, cuyo legado artístico ha sido literalmente borrado. Hubo una época en que los murales de este artista, formado en Argentina, adornaron las fachadas de la sede colonense de la Lotería Nacional, la Casa del Periodista, en la Avenida Balboa; el Seminario Mayor San José, en Las Cumbres, y el Gimnasio Nuevo Panamá, en Juan Díaz, entre otras locaciones. Pero poco a poco sus obras comenzaron a desaparecer, víctimas de la transformación incesante de la ciudad de Panamá. Urbanismo a expensas de la cultura.

‘El paraíso guna’ era el último de estos murales. Y el más grande, con 8.20 metros de altura por 13.20 metros de ancho. Pero desde hacía años tenía los días contados. El 28 de enero del 2011 las 6 hectáreas que desde 1954 habían ocupado las instalaciones de la escuela pasaron a ser propiedad de una empresa constructora. El sitio que el mural ocupaba desde 1968, al final de la calle 74, en San Francisco, por el que pasaron Rubén Blades, al pintor Jorge March, la ex directora del INAC, María Eugenia Herrera de Victoria, y la actual procuradora, Kenia Purcell, entre otras personalidades que estudiaron en el IJA, se veía ahora amenazada por el ‘boom’ inmobiliario que ha experimentado el sector durante los últimos años.

¿EL ARTE PERDIÓ LA PARTIDA?

Según explicó la ingeniera Lilibeth Bayard de Langoni, administradora del IJA, las amplias instalaciones del colegio cederán su lugar a una Torre de apartamentos con un centro comercial subterráneo. Para cumplir con el contrato de compra venta firmada entre la empresa constructora y la Sociedad de Fomento Cultural, S.A., propietaria del IJA, durante los últimos tres meses se ha procedido a trasladar el personal y a las pertenencias del plantel a sus nuevas instalaciones, que están ubicadas en el sector de Brisas del Golf. Esto incluye a ‘El Paraíso Guna’, un ‘regalo’ que Juan Bautista Jeanine y su esposa, Amalia Rossi, hicieron a la escuela donde practicaron la docencia artística.

Bayard de Langoni asegura que desde el 2012 la administración del IJA ha consultado con cerca de cinco restauradores, con el objetivo de garantizar la preservación del mural -amenazado por las grietas y por la pérdidas de sus mosaiquillos originales- y su traslado.

De acuerdo con un diagnóstico presentado en septiembre del año pasado por José Ángel Escartín, quien ha restaurado murales de Ciro Oduber, Juan Manuel Cedeño y Roberto Lewis, la obra muralística ‘presenta un 30% de ciento de desintegración por fragmentos faltantes de mosaiquillos’, algunos de los cuales han sido recogidos por la ingeniera Bayard de Langoni y su equipo, almacenándose en una caja de zapatos en su oficina. Según el documento, estas piezas se ‘han desprendido de su soporte por pérdida de adhesividad, por rajaduras y daños en su soporte’. La ampliación de la Vía Israel de dos vías a cuatro también ha contribuido a su deterioro, debido a la vibración provocada por el tráfico vehicular. La lluvia, el viento y las raíces de los árboles cercanos también hancontribuido a su menoscabo.

Este fue el escenario encontrado por Wilhelm Franqueza, director de Patrimonio Histórico del Instituto Nacional de Cultura (INAC), cuando visitó las instalaciones del IJA en San Francisco. El funcionario descartó que la oficina bajo su dirección tuviera alguna obligación de preservar el mural y de efectuar algunas de las tareas de consolidación, conservación e impermeabilización que Escartín advertía como necesarias. Simplemente el mural de los Jeanine no formaba parte del patrimonio cultural e histórico que estaba bajo su responsabilidad. ‘Si se quisiera declarar como patrimonio histórico podría hacerse fácilmente, pero ya que es propiedad privada no nos corresponde a nosotros declararlo como tal. Se necesitaría una petición de la escuela o la comunidad’, aduce el arquitecto.

Para Franqueza el verdadero valor de ‘El paraíso guna’ no estaba en el mural en sí, sino en su concepción, en el boceto de la obra y su posterior montaje. Para los esposos Jeanine fue como armar un gigantesco rompecabezas, conformado por miles de diminutas piezas de cerámica, que, dependiendo de a quien se le pregunte, proceden de Italia, México o Colombia.

Pero la restauradora Angélica Guadamuz disiente. Para ella el verdadero valor de la obra radica en que representa la suma de todo lo que Jeanine aprendió sobre muralismo en Argentina, país donde estudió junto a Alfredo Sinclair y Ciro Oduber, y gracias al apoyo brindado por Eva Perón. ‘Allí (Argentina) se había dado forjado un movimiento artístico sin precedentes en América Latina… Todas esas influencias cambiaron definitivamente la percepción que Jeanine tenía sobre el arte… Los grandes formatos y figuras geométricas presentadas de una manera sin precedentes, a lo que el suma el elemento indígena…’, esgrime Guadamuz.

Para Guadamuz no cabe ninguna duda. ‘El Paraíso Guna’ es parte del patrimonio cultural panameño, ‘como lo eran los numerosos murales ya desaparecidos por la acción de los bulldozers y la ignorancia’, circunstancia que se ha dado en repetidas ocasiones con las obras de Jeanine.

Salvarlo no es un capricho. Es una deuda pendiente con uno de los más notables muralistas panameños, cuyas ‘páginas han sido arrancadas del libro que a dura penas ha escrito en el arte de este país’, asevera el pintor Edwin González Miranda, quien estudió en el IJA cuando Jeannine era profesor. Lo recuerda como un moreno espigado, con temperamento, que en las calles de Panamá se metía en problemas cuando espetaba ‘Oye, boludo’ o cualquiera otra de las expresiones que había aprendido durante sus años de estudios en Argentina, a quien le gustaba bailar y caldear su garganta ingiriendo J&B en un bar del que era propietario en la playa de Veracruz, donde residía junto a su esposa e hijos. En fin, un artista que podía reconciliar la circunspección con la bohemia, un docente que en clases exigía que sus alumnos rindiesen el máximo, abandonando el rigor cuando salía del salón para fumar.

UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD

‘Don Pancho’ se aferra con sus dos manos a la cerca y echa el cuerpo hacia atrás, como tratando de asimilar el golpe: donde anteriormente estaba ‘El paraíso guna’, ahora solo queda un escueto andamio. Pareciera como si finalmente hubiera cedido tras soportar el peso del sol que cada mañana se ha levantado sobre la fachada del IJA durante los últimos 47 años, dejando los pasillos de los salones de clase expuestos a la intemperie.

‘Jeanine decía que cuando él no estuviera aquí iba a quedar su obra’, recuerda Francisco de León, mejor conocido como ‘Don Pancho’. Pero ahora el mural ya no está, salvo algunas piezas que cubren las vigas y que los trabajadores taladran para remover. Es todo lo que queda de la obra, que de acuerdo con la apreciación de Aristides Ureña Ramos, muralista panameño radicado en Florencia, representa ‘uno de los baluartes más grandes que tenemos en la muralística panameña, igualando casi a los de Roberto Lewis, en importancia’.

‘Don Pancho’ aprieta la quijada y los ojos, pero la nostalgia no afloja. Los recuerdos son muchos, como los forjados durante las noches en que él, su hermano, los esposos Jeanine y 10 estudiantes del IJA, colocaban mosaiquillos de un tamaño que no excedía los dos centímetros en la pared, un trabajo sumamente tedioso, sobre todo si se acomete en una penumbra apenas mitigada por las luces de la escuela.

‘Los Jeanine lo armaron como un rompecabezas. Lo pusieron sobre una especie de tela y con una malla lo fueron armando. Nosotros lo armaremos así en la nueva escuela’, comenta el restaurador Euclides Moreno, quien esta mañana ha traído a ‘Don Pancho’ al IJA, para que lo asesore en el desmontaje del mural. Por los menos hoy ‘Don Pancho’ será otro más del equipo de trabajo, integrado por restauradores, un ingeniero estructural, soldadores, un especialista en instalación de cerámica, obreros con experiencia en el uso de sierras flexibles, un fotógrafo y un escribano para el registro del proceso.

Una segunda oportunidad. Eso fue lo que en realidad representó para el restaurador la llamada de Bayard de Langonis, solicitándole, no solo que se hiciera cargo del desmontaje y preservación del mural, sino que completara la tarea a más tardar el pasado fin de semana. Así lo requería la empresa que había comprado los terrenos en San Francisco. Donde termina la educación empiezan los negocios...

No era la primera vez que Moreno, quien actualmente trabaja restaurando la colección de arte de la Caja de Ahorros, se enfrascaba en una carrera contra el tiempo para salvar una de las obras que dejó el artista que estudió en la Escuela Nacional de Pintura bajo la tutela de Roberto Lewis y Humberto Ivaldi. Ya lo había hecho años atrás, cuando intentó salvar el mural que Jeanine había plasmado en las paredes de la Casa del Periodista, que antaño estaba ubicada en la Avenida Balboa. En ese entonces, pidió la intervención del alcalde. Pero todo en fue vano. ‘El promotor nos había dicho: ‘tienes hasta mañana para removerlo’, pero después regresamos y ya le habían metido máquina’, recuerda. Nuevamente, el bulldozer no perdonaba el arte.

AL RESCATE DEL ‘PARAÍSO’

Para impedir que lo que sucedió en la Casa del Periodista se repita en el IJA, hace cuatro semanas el equipo liderado por Moreno comenzó a desmontar al mural que, por su tamaño, llegó a ser incluido en la guía de la Zona del Canal como uno de los ‘más importantes de Centroamérica’. La labor de rescate se ha llevado a cabo a contrarreloj, como se hace todo en Panamá. Si su montaje se realizó en las horas que le seguían a la caída del sol, las tareas de desmontaje se han llevado a cabo de 8:30 a.m. a 5:00 p.m. No ha habido descanso para el grupo, que incluso ha laborado durante los fines de semana y los días de carnaval.

La fecha límite era el domingo pasado. Pero frente a la complejidad de la tarea la empresa constructora postergó el plazo para entregar los terrenos. El mismo vence hoy.

En estos momentos ‘El paraíso guna’, que durante casi medio siglo fue una de las referencias visuales del barrio de San Francisco, ha quedado reducido a 50 fragmentos depositados en cajas, que deberán ser trasladadas a las nuevas instalaciones del IJA. Su destino todavía es incierto, ya que la administración del IJA todavía no decidido si después de su restauración la obra será instalada en una pared exterior del nuevo colegio o si será donado, posiblemente a la Escuela de Bellas Artes. Franqueza ha advertido que de ser donado al Estado el Instituto Nacional de Cultura no cuenta con presupuesto para llevar a cabo su traslado. ‘Un arquitecto puede integrarlo en un proyecto nuevo. Lo que falta es mayor voluntad. No podemos darnos el lujo de perderlo’, subraya Ureña Ramos.

Por el momento, el rompecabezas de ‘El paraíso guna’ ha sido desarmado. Sus miles de piezas esperan la mano de otro genio que sea capaz de armarlas, para convertir otra pared en una selva donde abunden las aves, peces, mariposas y todo aquello que haga referencia al nombre ‘Panamá’. De esta manera el último mural de Jeanine volverá a ser parte de la identidad de una ciudad empeñada en la construcción de su propio olvido.

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