Bolívar, el Congreso Anfictiónico y la soberanía sobre el Canal de Panamá (partes I y II)

Parte expositiva de la ponencia presentada en el V Congreso Internacional de Sociedades Bolivarianas, reunidas en Panamá, en conmemoración del Sesquicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá – 1976

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I. Durante la época de la colonia, España no se interesó realmente en la construcción de un canal interoceánico, a pesar de que Cristóbal Colón, en su cuarto viaje, recorrió la costa norte del Istmo de Panamá, en busca de un estrecho que pudiera llevarle a las Indias Orientales y de que la necesidad de un paso de agua navegable que uniera el Pacífico con el Atlántico se hizo sentir prácticamente desde el instante mismo en que Vasco Núñez de Balbioa descubrió el Mar del Sur.

A esta necesidad se deben, precisamente, los numerosos intentos por encontrar un estrecho natural, a los que siguieron – cuando tales intentos resultaron fallidos – recomendaciones y propuestas para la apertura de un canal artificial, entre las que nos limitaremos a mencionar, por ser aparentemente la primera, la de Alvaro de Saavedra Cerón, primo de Hernán Cortés. No obstante, el 28 de abril de 1814 las Cortes de Cádiz aprobaron la construcción de un canal interoceánico.

Mas para ese entonces, el espíritu de emancipación había comenzado a germinar en Hispanoamérica. El 2 de diciembre de 1797, el Precursor Francisco de Miranda, en asocio a los jesuitas José del Pozo y Suárez (peruano) y Manuel José de Salas (chileno), en un acta suscrita en París consiguió entre los propósitos de la independencia de Hispanoamérica: “El paso o navegación por el Istmo de Panamá, que de un momento a otro debe ser abierto, lo mismo que la navegación del Lago de Nicaragua, que será igualmente abierto para facilitar la comunicación del Mar del Sur con el Océano Atlántico, todo lo cual interesa altamente a Inglaterra, le sería garantizado por la América Meridional durante cierto número de años, en condiciones que no por ser favorables llegasen a ser exclusivas”.

II. Han transcurrido dieciocho años desde aquella acta de París. Para entonces (1815) la estrella de Miranda se ha extinguido y el Precursor se encuentra en el umbral de la muerte, soportando con estoicismo las mas duras penalidades en una mazmorra gaditana. La de Bolivar, por su parte, no alumbra con tanto brillo. El se ha desterrado en Jamaica padeciendo estrecheces económicas, a las que no estaba acostumbrado. Pero ni aún ahí, abandonado por la fortuna, no da descanso a su brazo ni reposo a su alma. Bolívar había jurado romper las cadenas que nos oprimían por voluntad del poder español, y la pobreza y el infortunio no fueron suficientes para hacerlo olvidar aquel juramento solemne. Con todo ello, su alma era la misma que constituyó la esencia de su ser en el Monte Sacro. La pérdida de Puerto Cabello, el destierro en Curacao, la derrota de La Puerta y la sublevación de Cartagena, le habían acrisolado. Encontrándose, por otra parte, aislado en una isla del Caribe, su brazo no podía empuñar la espada que le cubrió de gloria en la campaña admirable. Pero como sí le era dado asir la pluma, dio, entonces inicio a una intensa labor proselitista, pletórica de optimismo, aunque a veces acompañada por sentimientos pesimistas.

Es realmente significativo que haya sido, precisamente, en uno de esos estados de ánimo pesimistas, cuando Bolivar recogió, mutatis mutandis, el pensamiento de Francisco de Miranda y se refirió a Panamá y a Nicaragua, al igual que un futuro canal interoceánico, como sitios que podrían entregarse a Inglaterra, para asegurar la independencia del resto de Hispanoamérica. En efecto, escribía Bolivar a Maxwell Hyslop, mercader británico, en carta de 19 de mayo de 1815, lo siguiente:

“La Costa – Firme se salvaría con seis u ocho mil fusiles, municiones correspondientes y quinientos mil duros para pagar los primeros meses de la campaña. Con estos socorros pone a cubierto el resto de América del Sur y al mismo tiempo se puede entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua, para que forme de estos países el centro del comercio del universo por medio de la apertura de canales que, rompiendo los diques de uno y otro mar, acerquen las distancias más remotas y hagan permanente el imperio de la Inglaterra sobre el comercio.”

No han fallado autores para quienes el último párrafo transcrito constituye un extravío, pues, consideran desafortunadamente la intención del Libertador de vender o enajenar Panamá y Nicaragua a Inglaterra. Ello es así, de haber sido éste el pensamiento de Bolívar, que Ángel Francisco Brice ha estimado necesario escribir una especie de alegato en su defensa, en la Revista de la Sociedad Bolivariana de Venezuela. Por todo ello, cabe preguntar: ¿Fue, positivamente, intención del Libertador que Inglaterra, adquiriera dominio territorial sobre Panamá y Nicaragua, como algunos han inferido en la carta a Hyslop? Nosotros creemos, ciertamente, que no, y para fundamentar nuestro pensamiento examinaremos en primer lugar, lo que Panamá y Nicaragua, en particular la primera, verdaderamente significaron para Bolivar.

Para la misma época – esto es importante – en que Bolivar escribió la carta que comentamos, es decir, encontrándose desterrado en Jamaica, en su famosa “Contestación de un Americano Meridional a un Caballero de esta Isla”, más conocida como “Carta de Jamaica”, expresaba el Libertador al hablar de los estados del Istmo de Panamá hasta Guatemala:

“Esta magnifica posición entre los dos grandes mares, podrá ser con el tiempo el emporio del universo, sus canales acortarán las distancias del mundo, estrecharán los lazos comerciales de Europa, América y Asia; traerán a tan feliz región los tributos de las cuatro partes del globo. ¡Acaso sólo allí podrá fijarse algún día la capital de la tierra como pretendió Constantino que fuese Bizancio la del antiguo hemisferio!”.

Los párrafos transcritos de la “Carta de Jamaica” ponen de manifiesto el valor que tenía para Bolivar el Istmo de Panamá hasta Guatemala. Pero esto no es todo. En carta que el 7 de diciembre de 1824 el Libertador envió, como Jefe de Estado del Perú, a los gobiernos de Colombia, México, Río de la Plata, Chile y Guatemala invitándolos a asistir al Congreso Anfictiónico de Panamá, expuso al hablar de nuestro territorio:

“Parece que, si el mundo hubiese de elegir su capital, el Istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado como está en el entro del globo, viendo por una parte el Asia, y la otra el Africa y la Europa”.

Y es que Bolivar, plenamente consciente de que el Istmo de Panamá estaba a igual distancia de las extremidades, no solo quiso que el gobierno colombiano lo ofreciera para que fuera el lugar provisorio de la primera asamblea de los confederados, sino que lo quería y sentía más grande que el Istmo de Corinto, al vislumbrar a la posteridad, cien siglos después, buscar ansioso el origen de nuestro derecho público, recordar los pactos que consolidaron su desino y registrar con respeto los protocolos del Istmo de Panamá, en los que encontraría el plan de las primeras alianzas que trazaron la marcha de nuestras relaciones con el universo.

Aunque los párrafos que nos hemos permitido transcribir están entre los más conocidos, no se crea que Bolívar se limitó a mirar el Istmo de Panamá con los ojos del soñador que anhela, fantasea, imagina. ¡No! Bolivar, aunque con alma de poeta, era un hombre de acción completamente conocedor de la función geográfica de nuestra patria. Y como hombre de acción, completamente conocedor de la función geográfica de nuestra patria, sentía la necesidad de que el Istmo de Panamá estuviera libre del poder español, porque, a parte de que lo consideraba “la más interesante parte de toda Colombia” – como escribió al mismo Santander en carta de 7 de enero de 1822-, sabía que dicho Istmo podía “darles a los españoles – y, consiguientemente, a quien lo poseyera, agregamos nosotros - la llave del Pacífico – como escribió después al general José María Carreño en carta de 13 de junio de 1826-, ya que Panamá constituía para el Libertador el “precioso emporio del comercio y de las relaciones del mundo” - como escribió, asimismo, al coronel José de Fábrega en carta de 1º de febrero de 1822.

Teniendo, pues, en tan alta estima al Istmo de Panamá, no es de extrañar que, una vez tuvo conocimiento de, que el general Mariano Montilla había tomado Cartagena, la primera preocupación del Libertador fue la de liberarlo del poder español. En efecto en carta de 15 de octubre de 1821 escribió a Santander:

“Acabo de recibir en este momento la agradable noticia de la toma de Cartagena. En consecuencia, voy a escribir a Montilla confidencialmente que prepare una expedición contra el Istmo; mientras que usted le ordena oficialmente lo que debe ejecutar para llevar a cabo el plan. Yo pienso que en caliente debe hacerse esto, porque de otro modo se refrían todos y después no se hace nada. Nombre usted el general o jefe que debe mandar esta expedición, teniendo presente que Montilla no puede ir porque está muy malo, según me dice. No se si Rieux será bueno, pero, de todos modos, deberá organizar la expedición bajo las ordenes de Montilla. Si le parece a usted bien, mandaremos a Valdés, aunque no me gusta mucho por su carácter. Sea lo que fuere, ordene usted de oficio la ejecución de esta expedición, pues, 4,000 hombres que había en la costa bien pueden dar 2,000 para Portobello. Yo creo que no debo cambiar en nada mi plan, para asegurar, de todos modos, la toma de Quito. De otro modo, arriesgamos una nueva campaña del Sur”.

Ese mismo día, ni corto ni perezoso, Bolivar escribió al general Montilla: “ ... Mucho placer me ha dado la toma de una plaza (Cartagena) que nos deja 4,000 hombres libres para marchar donde quiera que se les lleve. Pero siento infinito que usted no pueda ir a la expedición del Istmo, primero, por la causa dolorosa de sus males, y segundo, porque la expedición tendría un éxito muy brillante bajo sus órdenes. Ya usted sabrá que mi primera intención fue tomar el Istmo, por consiguiente, es indispensable que usted haga los mayores sacrificios para que el Istmo se tome. Haga usted esto en caliente, de otro modo no se hace nunca. Ahora los ánimos están alegres, dispuestos a nuevas empresas; después no harán nada, porque desmayarán en el reposo. Yo voy a Quito a dar fin a mi empresa y, por Panamá, obraré de concierto con la expedición de Portobello; de contado, que las atenciones del enemigo serán muy grandes y nuestras facilidades más grades aún. Por otra parte, estamos esperando en el curso del año la paz y si no tomamos el Istmo antes no la tendremos”.

Y, como si fuera poco, en carta de 16 de noviembre de 1821 para el general José de San Martín, encontramos lo siguientes párrafos:

“El último desagradable acontecimiento de Guayaquil en que los enemigos han obtenido algunas ventajas, exige un remedio pronto y eficaz. El gobierno de Colombia activa los medios de poner en perfecta seguridad aquella provincia, y de liberar al resto de las del Sur, que aún están subyugadas. Yo marcho con el ejercito a ejecutar esta operación, mientras que otra división marcha a ocupar el Istmo de Panamá”.

No se crea que debido a la toma de Cartagena surgió de pronto en Bolivar la idea de libertar el Istmo de Panamá. El Libertador consideró haber llegado el momento “de dirigir la principal atención a la libertad del tercer departamento de la república (las provincias de Quito) y al Istmo de Panamá”, una vez que, pasado el Congreso de Angostura, Venezuela haya sido plenamente pacificada y los españoles reducidos a las Plazas de Puerto Cabello y Cumaná, contando los independentistas con fuerzas suficientes para cubrirlas.

Es de todos conocido que la expedición contra los españoles acantonados en Panamá nunca llegó a realizarse. Ello se debió a que, encontrándose un nativo, el coronel José de Fábrega, provisionalmente al frente del gobierno, una junta general de las corporaciones civiles, militares y eclesiásticas, reunida por iniciativa del Ayuntamiento, aprovechó esa circunstancia feliz para proclamar, el 28 de noviembre de 1821, la independencia de Panamá del gobierno español y acordar que el territorio istmeño pertenecía al Estado republicano de Colombia.

Bolívar no tuvo conocimiento de lo acontecido en Panamá hasta el mes de enero de 1822. Por ello, en la posdata de una carta dirigida a Santander, fechada el 7 de enero de 1822, escribió: “P.S. – Se olvidaba decir a usted lo principal: Que se precipite la expedición al Istmo, de cualquier modo, que sea, como no lo dudo, la salida de Mourgeon, a fin de que si tenemos perdidas por esta parte, las indemnicemos en el Istmo, que, a mi opinión, es la más interesante parte de toda Colombia”.

En otras palabras, Bolivar no solo consideró de urgencia el envío de la expedición que habría de libertar al Istmo de Panamá. Dicho Istmo fue de tal importancia para el que su liberación resarciría y compensaría, en su opinión, cualquier revés sufrido en Quito, razón por la cual calificó de “magnifica” el Acta de nuestra Independencia, en carta dirigida a Santander, y declaró, además, al coronel Fábrega, que no le era “posible expresar el sentimiento de gozo y admiración que había ‘experimentado al saber que Panamá, el centro del universo’, era ‘regenerado por sí misma, y libre por su propia virtud’”.

Habiendo llegado a este punto de nuestra intervención, cabe preguntar: ¿Es concebible que una persona, aunque de mediana inteligencia, conocedora de la importancia económica y estratégica de un territorio, pueda estar proyectando transferir la soberanía de ese territorio, a una potencia extranjera? La respuesta, por razones obvias, tiene que ser negativa. Afirmar, consiguientemente que Bolivar estaba dispuesto a permitir que Inglaterra adquiriera dominio territorial sobre Panamá y Nicaragua implica una contradicción en el pensamiento del Libertador, lo cual es incompatible con su genio político y con el sentido histórico que inspiró todos sus actos.

Ficha

Nombre: Julio E. Linares

Ocupación: Diplomático y político. Profesó la cátedra de Derecho Internacional Público en la Universidad de Panamá, donde fue secretario,vicedecano y decano interino. Fue diputado a la Asamblea Nacional, miembro principal del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores, presidente de la Junta Directiva del Instituto de Vivienda y Urbanismo y de la Junta de Control de Juegos, ministro Consejero de la Delegación Permanente de Panamá ante la O.N.U., gobernador de Panamá ante el Banco Mundial, representante titular de Panamá ante el Consejo Interamericano Económico y Social, y ante la V Asamblea de Gobernadores del Banco Interamericano de Desarrollo, donde fue electo presidente de la misma. Fue ministro de Relaciones Exteriores, ministro de Hacienda y Tesoro y Ministro Interino de Trabajo y Bienestar Social. Socio del Bufete de Abogados Tapia, Linares y Alfaro, Presidente del Club Unión, presidente del Partido Nacionalista, secretario General del Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional, miembro del International Law Association, de The American Society of International Law, de la Academia Panameña de Derecho, del Colegio Nacional de Abogados, del Instituto Panameño de Cultura Hispánica, de la Sociedad Bolivariana de Panamá, del Instituto Latinoamericano de Estudios Avanzados, de la Academia Panameña de la Historia, de la Asociación Argentina de Derecho Internacional, del Club Activo 20-30 de Panamá y del Club Kiwanis de Panamá. Obras: La Casación Civil en la Legislación Panameña (1968), Derecho Internacional Público (1977), Tratado concerniente a la Neutralidad Permanente y al funcionamiento del Canal de Panamá (1983) y Enrique Linares en la Historia Política de Panamá (1869-1949) - Calvario de un pueblo por afianzar su soberanía (1989).

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