La dignidad del cargo

A veces vuelvo la vista y siento asco de la forma tan retorcida que tenemos los humanos para degradarnos a nosotros mismos. En esos mome...

A veces vuelvo la vista y siento asco de la forma tan retorcida que tenemos los humanos para degradarnos a nosotros mismos. En esos momentos, con todo el respeto debido a aquellos oídos delicados que se estremecen con el lenguaje crudo y sin pelos en la lengua, decido expresar en el más escrupuloso castellano (lean las definiciones ad hoc) el asco, la vergüenza y la lástima que sentí el otro día viendo cómo un energúmeno (2. m. y f. persona furiosa, alborotada), perdía la dignidad (quiero suponer que en algún momento la tuvo) y hacía que algunas mujeres la perdieran también. En un momento dado, viendo esas imágenes, me pregunté lo qué pensaría si fuera mi madre la que estuviera poniéndose a sí misma en ridículo en poses obscenas y soeces con un alcalde, y fíjense que no logré imaginar a mi madre en esas. Hago aquí un inciso para recordar a los que puedan haberlo olvidado o para informar a los que no han leído mi columna hasta hoy, que se me puede acusar de muchas cosas, menos de mojigata o de escrupulosa con la moral y las buenas costumbres al uso, pero hay cosas que superan cualquier límite de buen gusto, porque lo que vimos el pasado martes en televisión nacional fue un espectáculo bochornoso. ¿Quién, en su sano juicio, quiere bailar delante de varios cientos de personas imitando de modo torpe una revolcada? ¿Quién, con dos dedos de frente, permite que bailando delante de una multitud le bajen la cabeza para hacer como si se estuviera realizando una felatio? Recordemos que no estamos hablando de borrachos en carnaval, estamos hablando de un alcalde y madres de familia, en una fiesta en honor de las madres. Yo, que soy una aguafiestas, en medio de la hilaridad general que solo ve el lado jocoso, (qué cool es nuestro alcalde y todas esas cosas que se dicen de las personas dicharacheras y entronas), echo el jarro de agua fría y pregunto: ¿como puede este señor pretender que alguien lo tome en serio nuevamente? ¿Cree que podemos olvidarnos de sus bamboleos, sus envites de cadera y los revoleos que les pegó a las pobres taradas (2. adj. alocado. U. t. c. s.), que se subieron a la tarima con él? ¿Cómo esos palurdos (1. adj. tosco, grosero. U. t. c. s.) pretenden que luego los demás respetemos la dignidad de su cargo, si son ellos los primeros en desecharla?

La frase ’el poder corrompe’ es una mentira como la copa de un mango, el poder no cambia lo que eres, sino que te desenmascara y te ofrece la posibilidad de seguir siendo un verdadero soplagaitas (1. com. coloq. persona tonta o estúpida) sin que los demás te manden a freír espárragos. Lo de que ’el poder es el mejor afrodisiaco’ son puras pendejadas porque solo un verdadero lelo, o lela (1. adj. fatuo, simple y como pasmado. U. t. c. s.) se deja seducir por un impresentable (o impresentabla, que con esto del feminismo hasta en ser imbéciles estamos equiparándonos) que le endulza el oído con los cánticos del cuanto tengo y cuanto quieres a cambio de quererme.

Y aquí estamos, en una vorágine de absurdez y tontería, en la cual una respetable (vamos a suponerles la respetabilidad, como el valor a los soldados) madre de familia que, supuestamente también, ha dejado atrás las tonterías de la adolescencia, se pone en ridículo delante de todo el país para poder contarles a sus nietos que bailó con un petardo (2. m. y f. despect. coloq. Persona poco competente en su cometido) para recibir veinte dólares como premio de consolación. Cuanta estupidez (1. f. Torpeza notable en comprender las cosas).

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