Cosas

  • 13/10/2019 00:00
Me gustan las cosas. No gritan, no se entrometen ni tratan de imponerte lo que piensan y lo que creen

“No tratéis a las cosas como si fueran cosas, porque no existe tal cosa como una cosa”, dice Jorge Blaschke que dijo Thomas Berry. Y esa frase se me quedó grabada hace años.

Me gustan las cosas. No gritan, no se entrometen ni tratan de imponerte lo que piensan y lo que creen. Ellas, ahí, bonitas y calladas, te rodean y te acompañan. No te ofrecen promesas de futuro, aunque muchas de ellas vayan a sobrevivirte, ni te piden juramentos de amor eterno, aunque sepan que serás tú el que vayas a desecharlas. Y aún así se quedan, te protegen, te arropan.

Me gustan las cosas, así en general. Aunque, como buena urraca, algunas cosas me gustan más que otras. Me gustan las cosas brillantes, me gustan los anillos, las pulseras, los collares y los pendientes. Me gusta el brillo frío de la plata, la sensación del peso de las joyas sobre la piel. Usando las palabras magistrales del genial Baudelaire, me fascina:

“Ese mundo radiante de pedrería y metal.

Me sumerge en el éxtasis; yo amo con frenesí

las cosas en que se une el sonido a la luz”.

Me gustan las cosas bonitas, me gustan las cosas que me muestran el lado más amable del ser humano, las que me recuerdan, cuando las veo, que a veces dejamos de lado por un ratito la inmanente manía de rompernos las pelotas unos a los otros y sacamos un instante para crear belleza.

Me gustan los objetos utilitarios, recojo y rescato cosas que ya nadie quiere, cuchillas para cosechar arroz; hocines para vendimiar con el mango de madera suavizado por los callos de decenas de manos y teñido de sudor, tierra y mosto; un cuchillo de matarife hecho por un herrero, que ha sorbido sangre y dolor y es calmado y triste. Esos objetos cotidianos que han acompañado a cientos de seres durante alegrías y penas, y que ahora se desechan, por demodés y obsoletos. O porque aquellas actividades para las cuales fueron creados ya no existen, o las hacen máquinas ruidosas, monstruos que no cantan mientras cosechan, ni les tiran terrones a los que se quedan atrás en el linio.

Me gustan las cosas que fueron modernas, los teléfonos, los negros de baquelita de los años cincuenta del siglo pasado, los setenteros en colores pastel. Me encanta mirarlos. Imaginar los millones de palabras que su auricular absorbió. Me las imagino, a las palabras, perdidas dentro del tubo, zumbando como avispas encerradas para siempre, sin oídos donde clavar su aguijón.

No todo el mundo entiende, claro está, que me pare en medio de la calzada a recoger cosas que alguien ha tirado a la basura. Pero no me importa un carajo. Me encanta rescatarlas, limpiarlas, restaurarlas, y luego buscarles un sitio, el hueco perfecto en medio de este cajón de sastre al que llamo hogar. Me gusta mirarlas y pensar en las historias de las que fueron testigo silencioso y amable.

No me veréis tirando muchas cosas, todo tiene, en mi casa, una segunda, una tercera o una cuarta oportunidad. Casi todo se guarda y se aprovecha. Como se hacía antes, que ahora se creen muy modernos por hacer que usemos bolsas reciclables, pero te miran raro si llegas al supermercado con un motete. Un motete como el que yo tengo, por cierto, en mi cocina para esconder dentro el cubo de la basura.

Porque yo no soy más libre cuantas menos cosas tengo, también puedes estar preso en una celda sin ningún objeto. Las cosas no me atan, las cosas son lo que me ancla a la humanidad.

Columnista
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