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- 01/02/2015 01:00
Cuando Alexandra Schjelderup tomó posesión de su cargo como subdirectora de cultura de la Alcaldía de Panamá hace seis meses encontró a un personal desmotivado, que alguna vez defendió ideales que fueron aplastados durante años de burocracia estatal. ‘Había gente que llevaba toda su vida trabajando aquí, sin saber lo importante que su trabajo era para el país. A esa gente hubo que remotivarlos’, plantea Schjelderup, quien antes de su llegada al Hatillo había librado una cruzada cultural durante varios años.
El problema no se circunscribía únicamente al personal, sino que también era de carácter presupuestario: la sub gerencia de la cultura solo contaba con 150 mil dólares para tratar de impulsar la cultura desde la alcaldía. Este año la promotora cultural maneja un presupuesto de 850 mil dólares.
A la hora de evaluar lo realizado por la administración de Ricardo Martinelli en lo que a cultura se refiere, Schjelderup es tajante: ‘El gobierno anterior fue la peor administración cultural que hay existido jamás; eso solo le sirvió a la gente que bailaba ballet clásico. A parte del drama de la Cinta Costera y el impacto que ha tenido’.
Esa forma directa de decir las cosas, sin cortapisas, es lo que la ha caracterizado a lo largo de los años, aunque reconoce que desde que impulsaba el proyecto de ‘I + D Cultura’ en la Universidad Tecnológica de Panamá -iniciativa que culminó el año pasado- ha tenido que flexibilizar sus posturas, especialmente las que exhibe a través de las redes sociales.
Aún así asegura que ‘hasta el momento no he sentido que debo claudicar en absolutamente ninguno de mis ideales... eso lo que te puedo decir a seis meses de haber entrado en el cargo’ en la sub gerencia de cultura.
Hoy en día, con un presupuesto todavía limitado, la oficina bajo su cargo está organizando una serie de actividades, que van desde talleres de grafiti hasta festivales de cometa (este último se estará realizando el 29 de marzo). Todas es iniciativas forman parte de un plan que está enfocado a la creación de una capital que contemple y respete los derechos culturales, para que así ‘los panameños tengan acceso a una canasta básica de bienes y servicios culturales, para así generar procesos del fortalecimiento del tejido social a través de la cultura’.
ARTE Y CONVERGENCIA
A diferencia de las ‘políticas culturales macro’ que debe generar el INAC, actualmente Schjelderup se encuentra promoviendo un proceso de descentralización de las expresiones culturales, para que las mismas no se concentren a áreas específicas, como ocurre actualmente en determinados barrios de la ciudad: El Cangrejo, Bella Vista, San Francisco, San Felipe, etc.
Schjelderup advierte que este proceso de desconcentración de la cultura no debe entenderse como una forma de populismo cultural, sino como un medio para ‘exponer a la gente a la mayor diversidad posible’, buscando abrir nuevos espacios para manifestaciones que pueden ir desde ‘una radio comunitaria hasta pintar un pared y bailar reggaetón’.
Lo que se busca es, de acuerdo con Schjelderup, es dejar atrás un poco el concepto de ‘alta cultura’, que poco o nada tiene que ver ‘con las necesidades de desarrollo del país’. Es la ‘eventología’ que Schjelderup denuncia dominó la agenda de María Eugenia Herrera de Victoria durante los cinco años que estuvo al frente del INAC, con un sinnúmero de eventos que no guardaban coherencia con respecto ‘a las políticas culturales que el país necesita’.
Es por esta razón que desde la Alcaldía Schjelderup está promoviendo propuestas que guardan mayor relación con las expresiones que surgen en los barrios populares. Si bien asegura que el Municipio continúa apoyando proyectos ya consolidados como el ‘Musicalion’ y el ‘Macrofest’, añade que también se están propiciando intercambios en sectores marginales, buscando aquellas expresiones que sean netamente populares, a través de programas como ‘Barrio Talento’. Hasta el momento la sub gerencia de cultural ha visitado comunidades como San Isidro, Pueblo Nuevo, Curundú, Pacora, entre otros sitios.
Como parte de este acercamiento comunitario, el Municipio también tiene programado llevar la cultura a algunos de los parque más emblemáticos de la ciudad, como lo son el de Santa Ana, Andrés, en Vía Argentina, y el Heliodoro Patiño, en Juan Díaz. Son algunos de los lugares que han sido seleccionados para acoger actividades caracterizadas por la innovación, y que incluyen desde talleres de creatividad hasta giras ambientales.
DESDE EL OTRO LADO
Al igual que Mariana Núñez de Haugland y Martiza Vernaza, que actualmente ocupan los cargos de directora y directora de las artes del Instituto Nacional de Cultura (INAC); Angélica Maytín en la Autoridad Nacional de Transparencia y Acceso a la Información, y Félix Wing Solís en la Autoridad Nacional del Ambiente, Schjelderup es una de las funcionarias de esta administración que han surgido de la sociedad civil. Es sangre nueva que ha sido inyectado al sistema estatal, y que, en el caso de la subirección de cultura, ha tenido como consecuencia un empoderamiento a lo interno de la estructura municipal.
Acerca de su pase de la sociedad civil al sector público, la cinéfila (cada año organiza un curso de apreciación cinematográfica) comenta que ‘para mi ha sido muy difícil entrar a esta estructura; es como si antes hubiera sido un pez que estaba en el mar, donde había comida y podía nadar por donde me diera la gana, a pasar a ser una trucha, que debe subir río arriba en una época de calentamiento global... Se trata de una dinámica completamente diferente, tener que lidiar con esas burocracias’, precisa.
Tal vez su logro más importante hasta el momento sea haber logrado incluir la cultura dentro de la agenda municipal, siguiendo los ejemplos de ciudades como Bogotá, Medellín, Barcelona, Nottinhgam, Londres, entre otras, donde las manifestación artística han sido utilizadas como vías de acercamiento comunitario y renovación urbana. Ha sido un logro que no ha estado exento de dificultades, sobre todo al momento de convencer a las autoridades, comenzando con el presidente Varela, de que la cultura es una ‘joya escondida’. Una joya en la que no muchos parecen decididos a invertir, al menos no con la misma soltura con que invierten en proyectos fastuosos, que deslumbran pero que terminando minando el erario público.