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- 05/07/2026 00:00
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Agrega La Estrella en Google ↗️Hay títulos que no se limitan a nombrar un libro: lo comprometen. Dar la cara, de Manuel Orestes Nieto, pertenece a esa estirpe. La expresión, tan cotidiana en el habla, adquiere en este poemario una densidad moral e histórica. Dar la cara no significa únicamente mostrarse, comparecer, hacerse visible; significa asumir una responsabilidad. Es no esconderse, no mirar hacia otro lado, no hablar desde la comodidad de la distancia. En ese sentido, el libro de Nieto no es solo un conjunto de poemas: es una toma de posición ante la historia panameña.
Publicado en 1975 y reconocido ese mismo año con el Premio Casa de las Américas, Dar la cara aparece en un momento decisivo de la conciencia nacional panameña. Son años en que la soberanía no era todavía una plenitud histórica, sino una aspiración herida; años en que la Zona del Canal condensaba, de manera dolorosa, la experiencia de un país dividido en su propio territorio. Nieto escribe desde esa tensión: patria y ocupación, memoria y violencia, dignidad colectiva y humillación histórica.
Pero el libro no convierte esa realidad en consigna. Ahí está una de sus virtudes mayores. La Zona del Canal no aparece como simple referencia geográfica ni como dato político exterior al poema, sino como un ultraje infligido al cuerpo de la nación. El espacio panameño está atravesado por cercas, límites, letreros, exclusiones, vigilancias, nombres extranjeros, presencias militares y signos visibles de una soberanía incompleta. La poesía de Nieto toma esos materiales de la historia y los transforma en imagen verbal, en ritmo, en respiración poética.
Hay en Dar la cara una poesía de la confrontación. Nieto no escribe para suavizar la historia, sino para devolverle su aspereza. Su palabra tiene algo de acusación, de testimonio y de llamado. No estamos ante una poesía intimista en el sentido estrecho del término, aunque no falte en ella la emoción personal. Lo íntimo aparece fundido con lo colectivo. La voz del poeta no habla solo por sí misma: habla desde una comunidad agraviada, desde una patria expuesta, desde una memoria que se niega a aceptar el olvido como destino.
Por eso la patria, en este libro, no es una abstracción patriótica, ni una bandera retórica, ni una consigna repetida. Es cuerpo vulnerable, territorio dividido, rostro golpeado, pueblo que recuerda. La nación aparece como experiencia vivida en la calle, en la infancia, en el miedo, en la rabia, en los nombres concretos de los lugares y de las víctimas. La historia tiene piel, tiene sangre, tiene voz. Esa encarnación salva al poemario de la retórica vacía y le da su fuerza perdurable.
Dar la cara dialoga, además, con una tradición fundamental de la literatura panameña: aquella que entiende la poesía como forma de conciencia nacional. Desde Amelia Denis de Icaza hasta José Franco, desde Carlos Francisco Changmarín hasta Manuel Orestes Nieto, la poesía panameña ha tenido momentos en que la palabra se convierte en espacio de resistencia simbólica. Pero Nieto introduce una energía particular: una intensidad verbal que no solo lamenta la pérdida, sino que desafía al poder que la produce. Su poesía no es elegía resignada; es memoria en combate.
Sería, sin embargo, empobrecedor reducir Dar la cara a un libro de denuncia antiimperialista, aunque ese sea uno de sus ejes más visibles. Es, sin duda, un libro contra la dominación colonial y neocolonial; pero es también una reflexión sobre la dignidad, sobre el deber de recordar, sobre la relación entre poesía y verdad histórica. Nieto no escribe únicamente contra alguien; escribe a favor de una comunidad, de una identidad, de una soberanía imaginada como plenitud moral y no solo como condición jurídica.
En ese punto reside buena parte de su actualidad. La soberanía no se agota en los tratados, en las fechas oficiales ni en los símbolos institucionales. También se construye en la memoria, en la sensibilidad colectiva, en la manera en que un pueblo narra sus afrentas y reconoce sus deudas. La poesía de Nieto recuerda que una nación no solo se define por sus límites territoriales, sino por la conciencia que tiene de lo que le ha sido arrebatado, de lo que ha resistido y de lo que está llamada a defender.
El lenguaje de Dar la cara se mueve entre la violencia de la imagen y la claridad del gesto ético. Hay momentos de acumulación, de enumeración, de choque verbal; momentos en que la palabra parece cargarse de indignación hasta volverse casi corporal. Pero esa intensidad no es desordenada. Tiene una dirección. El poema avanza como quien abre paso entre escombros, como quien nombra lo que otros prefieren callar. La voz poética busca revelar: mostrar la estructura de la ofensa, sacar a la luz aquello que la historia oficial o la comodidad social intentan disimular.
Importa mucho la relación que el libro establece entre rostro, voz y responsabilidad. Dar la cara es una expresión profundamente ética porque implica presencia. El que da la cara se expone. No habla desde la sombra. No delega su responsabilidad. El poeta, entonces, aparece como alguien que se coloca frente a la historia y acepta el riesgo de nombrarla. En un país marcado durante décadas por una soberanía fragmentada, dar la cara era también un modo de reclamar la integridad del rostro nacional.
Otro aspecto esencial del poemario es la incorporación de la memoria de los muertos y de los humillados. En la poesía de Nieto, la muerte no clausura la historia. Al contrario, la intensifica. Los muertos no quedan reducidos a cifra, monumento o fecha; se convierten en presencia activa dentro de la conciencia nacional. La poesía los convoca para impedir que sean borrados. En ese gesto, Dar la cara cumple una función decisiva de la literatura: preservar aquello que el poder quisiera convertir en silencio.
La fuerza del libro reside, además, en que no separa la emoción de la inteligencia histórica. Nieto no escribe desde una indignación ciega. Escribe desde una conciencia clara de las relaciones de poder que han marcado la experiencia panameña. Pero tampoco convierte el poema en tratado político. Su pensamiento opera poéticamente: mediante imágenes, ritmos, oposiciones, símbolos, nombres, escenas. De ahí que el libro siga siendo legible no solo como documento de una época, sino como obra literaria viva.
A medio siglo de su publicación, Dar la cara conserva una notable capacidad de interpelación. No porque las circunstancias históricas sean idénticas, sino porque el libro nos recuerda que toda nación necesita revisar las formas en que ha sido quebrada, narrada, dividida y reconstruida. La memoria nacional no es un depósito inmóvil de fechas venerables; es un campo de disputas, una conciencia en movimiento, una responsabilidad permanente.
Por eso este libro de Manuel Orestes Nieto sigue hablándonos. Nos obliga a preguntarnos qué significa hoy dar la cara: ante la historia, ante las injusticias todavía no reparadas, ante las zonas de silencio de la memoria nacional, ante las nuevas formas de dependencia, desigualdad o indiferencia. Leer Dar la cara no es solamente regresar a 1975. Es pensar el presente desde una poesía que no renuncia a la verdad ni a la responsabilidad.
Manuel Orestes Nieto pertenece a esa estirpe de poetas para quienes la palabra no es adorno, sino acto. Dar la cara es uno de los momentos en que su poesía se afirma con mayor claridad como acto de presencia: presencia de la voz, presencia de la patria, presencia de los muertos, presencia de una conciencia que se niega a aceptar la mutilación de la memoria.
Tal vez por eso el libro sigue teniendo fuerza. Porque no habla desde la comodidad del recuerdo ya pacificado, sino desde una zona viva de la historia panameña. Su poesía nos dice que la dignidad comienza cuando alguien se atreve a nombrar los traumas. Y que una literatura nacional no se construye solo celebrando lo que somos, sino también enfrentando aquello que nos ha dolido, nos ha dividido y nos ha obligado, una y otra vez, a dar la cara.