La guerra, la culpa y la muerte atraviesan esta conversación con Héctor Abad Faciolince. El escritor colombiano recuerda el ataque del que sobrevivió en...
- 07/03/2010 01:00
A tiq Rahimi (Kabul, 1962) regresó un buen día de 2002 a su ciudad natal, tras casi dos décadas exiliado en Francia. Nada más pisar esas calles destruidas por la guerra le salió al encuentro su alter ego, su homónimo; aquel hombre que él podría haber sido si hubiera permanecido en la tierra en que creció como hijo de familia bien. Cuando su padre era gobernador y monárquico; su abuela, cosmopolita; su educación, en francés y cuidada; un ambiente social en el que la mujer “hacía política, lucía libre y vestía corto” y en el que aún no se sabía pronunciar las palabras ta-li-bán o al-Qaeda con todas las letras y toda su carga de yihadismo y violencia.
Corría 1984 cuando Atiq se marchó de Afganistán. Mucha sangre se ha vertido desde entonces. Casi todos los Rahimi viven fuera. Su hermano fue asesinado dentro. Lo cuenta el escritor en el café Select del bulevar Montparnasse de París. Viste de oscuro, imponente en su llook de autor consagrado desde que ganara en 2008 el Premio Goncourt por su novela “La piedra de la paciencia”.
“Quiero fotografiar estas heridas”, se dijo al aterrizar en su ciudad. Y no es la belleza lo que Rahimi persigue, sino las cicatrices: “… rescatar el dolor que las engendró”. Sus propias cicatrices. Reencontrarse con el dolor. Por lo que fue, lo que queda y es su país; por lo que en él sucede. Y al reencuentro de sí mismo. La dualidad como identidad última del exiliado. Dice el hombre de fuera: “Mi vida al otro lado de la frontera no era más que un folio en blanco. Sin palabras. Sin historias. iIntenté escribir algo… Pero todo lo que escribía se volatilizaba, desaparecía. Nadie comprendía mi idioma. Acabé renunciando a las palabras para refugiarme en las imágenes. Lo he borrado todo de mi memoria”. Responde el hombre de dentro: “Es imposible olvidar lo que no escribes… Te callabas. Eso es todo”.
Atiq Rahimi reflexiona: “¿Entonces me había callado? Puede ser. Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se desvanecen”. Así, el autor necesitó contarlo, escribirlo, para poder pasar página. Y tanto fue lo que vio, habló y sintió esos días que lo convirtió en libro. “El regreso imaginario” se titula y se edita en España (Demipage). “Encontré un país devastado, deprimido tras 30 años de guerras. Primero, la dictadura comunista; luego, la guerra civil; después, los talibanes. Esos tres momentos dividieron a Afganistán. La población perdió la confianza. Las ventanas estaban rotas y tapadas. La gente no quería ver el exterior. Tenía miedo”. “El regreso imaginario” es una obra fotográfica y muy lírica; en ella, Rahimi describe los escenarios de los que huyó con 22 años con esa escritura rítmica que le caracteriza: frases breves, impactantes, plenas de imágenes. “Yo escribo con música. A veces es un lied de Schubert. En el próximo libro será Bach”. Lleva Rahimi cartera al hombro, gafas que distraen de sus enormes ojos claros y un móvil que no cesa: está hoy más pendiente del presente (personalidades en protesta por la situación de un grupo de afganos ilegales que viven a la intemperie en París) que del pasado.
Se desvela así como hombre político, activista. En un santiamén pone nombre a las guerras: “A menudo les vienen bien a bastantes personas y países. Son su fondo de comercio”. A la religión: “Una fuente de problemas”. A Bush: “Pudo acabar con Al Qaeda. Pero prefirió atacar Bagdad. Y mintió. Por interés, por petróleo”. A ciertas confusiones: “La guerra que libra en Afganistán y en Pakistán no es solo estadounidense contra o a favor de los afganos: es de prácticamente todo el mundo contra una los terroristas. Y si todos están no es por amor a los afganos, sino para protegerse. Porque si los talibanes recuperan el poder, será aún peor que el 11-S”.
La gestación de “El regreso imaginario” comenzó cuando le pidieron que ilustrara su viaje de vuelta a su país con fotos. Y él, siguiendo la frase de Roland Barthes que usa ahora como introducción al libro (“Pues la fotografía es el advenimiento de mí mismo como otro”), se puso manos a la obra. Se llevó un moderno equipo fotográfico: “Y disparaba y disparaba y… nada. No resultaba. Nada que se correspondiera con lo que veía, con mi identidad…”. En las calles “magulladas” de Kabul, repletas de amanuenses, grabadores, libreros, hombres a caballo, se encuentra con Maqsoud, fotógrafo de lo instantáneo y la urgencia, acostumbrado a retratar a sus vecinos con su vieja cámara.
Rahimi mismo se coloca ante el objetivo. “Frente a él, uno ha de permanecer inmóvil, aguantar la respiración… Es un simulacro de la muerte”. Esas imágenes “eran como de personajes del siglo pasado”. Lo real mezclado con lo imaginario, la ausencia con la presencia, el vacío con el ser… Es lo que busca. Le propone a Maqsoud retratar la ciudad y éste se ríe: “Ni hablar. No está diseñado para situaciones: saldría todo desenfocado”. “¡Qué más da!”, le dice Rahimi. Y allá van. Pero antes se detienen ante el puesto del grabador para que inscriba en un anillo la frase “Lo que tenga que pasar, pasará”, la aceptación del peso irremediable del destino.“Esta divisa nos ha acompañado durante 23 años de guerra. Hemos compartido con ella nuestras desdichas y alegrías”, le van diciendo sus compatriotas. “Así que hice estas fotos, que eran como un anacronismo. Yo quería enseñar la realidad con esa mirada. Y al principio pensaba que soñaba, que era una pesadilla. Así que tenía que hacer fotos muy oníricas…”.
Y sí. Un desasosiego se siente al pasar las páginas del libro, al contemplar palacios derruidos, cementerios con muertos propios y ajenos, estadios de ejecución; el árbol de sus juegos, el más longevo del jardín de Bâbur, ahora seco; ancianos que imploran al sol que no se vaya, que temen la noche “sin luz, sin velas…”; el barrio de los músicos, Kharâbât, donde susurran: “Aquí hoy incluso el silencio es música”. “¿Qué queda de la ciudad guardada en mi memoria?”, escribe. Personas congeladas, como si la sábana del olvido y la muerte los hubiera convertido en lienzos imprecisos. Afganistán hecho añicos.
Entre 1984 y 2002 está escrita su experiencia de joven en el exilio; su propia familia, sus dos hijos; su encuentro con la cultura occidental, tan cambiante que hasta el concepto de refugiado ha variado del blanco al casi negro en los últimos y conservadores tiempos. Luego, su oficio como escritor y cineasta, y finalmente, tras dos obras escritas en su dari natal (Tierra y cenizas y Laberinto de sueño y angustia), el Premio Goncourt por “La piedra de la paciencia”, su debut en francés. “Cada historia tiene su lengua. Y en ese monólogo de una mujer afgana ante el marido moribundo digo cosas no permitidas en mi lengua materna”. Detalles íntimos, femeninos, de sexo, deseo y placer… ¿Cómo pudo expresarlo tan bien? “Porque soy mujer”, bromea. Lo cierto es que con esa obra Rahimi consigue, literariamente hablando, identidad francesa completa: “Un escritor pertenece a la lengua en que escribe”, dice.
Dentro. Fuera. ¿Podría regresar el escritor un día a Afganistán de forma real, para quedarse? “No. Me siento extranjero allí. Y extraño. Y si uno es extranjero en su país, es como serlo por partida doble. Igual en Francia. Sólo la escritura es mi verdadera tierra”. ©ELPAIS.SL.