Cientos de familiares y amigos se congregaron en la explanada donde se celebró el Festival Nova, lugar de la mayor masacre dentro de la oleada de ataques...
La rebelión infinita: memoria, forma narrativa y soberanía cultural
- 10/10/2026 00:00
Con La rebelión infinita (2024), Juan David Morgan alcanza uno de los momentos más complejos de su narrativa histórica. La novela reconstruye los acontecimientos que condujeron a la rebelión guna de 1925, pero su interés no reside solamente en recuperar un episodio decisivo de la historia panameña. Su mayor significación está en la forma mediante la cual ese pasado es organizado, distribuido entre voces diferentes y convertido en experiencia literaria. Morgan no escribe una simple crónica novelada de la insurrección ni una mera relación de agravios y enfrentamientos, aunque su relato avance en orden cronológico, de 1907 a 1925, y se apoye en una minuciosa reconstrucción documental. Construye una trama donde memoria colectiva, documentación histórica, conflicto político y experiencia individual se entrelazan hasta producir una imagen de la nación mucho más compleja que la ofrecida por una historia concebida exclusivamente desde el Estado.
Antes de que hable la voz del preámbulo, el libro ha dispuesto ya su umbral. Tres epígrafes —uno de Rigoberta Menchú y dos del Popol Vuh— encabezan la novela, y su orden no parece fortuito: primero, un juicio sobre la historia de los pueblos indígenas, entendida como «historia de resistencia y resiliencia»; después, la idea de un destino «guardado en la médula de los huesos», que remite a un origen y a un legado que se llevan dentro; por último, una advertencia —«aguzad las armas»— contra los «enemigos ocultos» que acechan, con avaricia, la riqueza de la tierra. Tesis, fundamento y amenaza: los tres textos componen, en pequeño, el argumento que la novela desplegará a lo largo de más de trescientas páginas.
Conviene advertir, no obstante, que ninguna de esas voces es guna. Menchú y el Popol Vuh pertenecen al mundo maya k’iche’, y la novela los convoca como horizonte común de los pueblos originarios más que como fuente propia de los gunas, cuya cosmogonía —Baba y Nana, los Ocho Hermanos, el cerro Dagargunyala— aparece solo en el preámbulo. El gesto amplía el alcance del conflicto: lo que ocurre en San Blas en 1925 deja de ser un episodio regional para inscribirse en una historia continental de despojo y de resistencia. Quizás por ello resuene, desde el apéndice, la Declaración redactada por Marsh, que presenta a los tules como descendientes del antiguo pueblo maya; la coincidencia, sin embargo, no debe confundirse con una identidad, pues el documento procede de la mirada de un autor al que el propio epílogo llama «pseudocientífico», mientras que los epígrafes se limitan a situar la lucha guna dentro de una memoria indígena más amplia.
Los epígrafes anticipan, además, dos de los ejes que el epílogo retomará: la persistencia —los gunas de hoy aparecen allí como un pueblo que ha sabido educarse y dominar las nuevas tecnologías sin renunciar a sí mismo— y la defensa de la tierra, cuyos invasores han cambiado de rostro hasta incluir, en la última página, al propio mar.
La clave se encuentra desde el preámbulo. «Mi nombre no importa», declara la voz inicial. La frase contiene ya una decisión narratológica fundamental: el relato no comienza subordinado a un protagonista individual, sino mediante una voz que se presenta como depositaria de muchas otras y que remite a una memoria transmitida durante generaciones por medio de cantos, relatos, mitos y congresos. La primera persona no afirma aquí una individualidad; por el contrario, se diluye dentro de una conciencia colectiva. Esa voz, sin embargo, solo se escucha en el preámbulo; desde el primer capítulo la narración pasa a una tercera persona que se desplaza entre los personajes, de modo que el pueblo guna funciona menos como narrador sostenido que como sujeto histórico y horizonte de sentido del relato.
Este procedimiento modifica también el estatuto de la memoria. En otras novelas de Morgan, los documentos —cartas, diarios, expedientes, testimonios— habían funcionado como rastros privilegiados del pasado. En La rebelión infinita, la oralidad adquiere una dignidad semejante. El relato escrito no sustituye a la tradición, sino que procura prolongarla. De ahí la tensión que atraviesa la novela entre palabra hablada y palabra escrita, memoria comunitaria y archivo estatal. La ficción se convierte en espacio de encuentro entre dos formas distintas de conservar el pasado.
A partir de ese comienzo, la acción se distribuye entre diversos núcleos narrativos. No existe una conciencia única capaz de contener el proceso histórico. El punto de vista se desplaza entre autoridades gubernamentales, dirigentes gunas, religiosos, policías, mediadores norteamericanos y personajes ficticios. Richard Marsh, Simral Colman, Nele Kantule (Nele Wardada en los primeros capítulos), Charly Robinson, Estanislao López, Leonardo Gassó, Octavio «Tavo» Benítez y Nisgwa no constituyen solamente piezas de una trama histórica; cada uno representa una manera distinta de percibir y enfrentar la transformación que está ocurriendo.
Esa movilidad de la focalización constituye uno de los valores literarios más importantes de la obra. Morgan evita construir un relato sostenido por una única mirada moral. Charly Robinson cree en la educación y en una modernización progresiva; Colman desconfía de toda transformación impuesta; Nele combina defensa de la tradición, espiritualidad y capacidad política; Marsh observa el conflicto desde una mezcla de solidaridad, fascinación y paternalismo; Gassó representa la convicción de que transformar al otro puede ser una manera de salvarlo; Tavo descubre, en cambio, que convivir significa también aceptar la posibilidad de transformarse uno mismo.
La novela piensa, por tanto, mediante personajes y situaciones, no solamente mediante ideas.
La construcción de Tavo resulta especialmente eficaz. Su trayectoria introduce dentro de la narración histórica una línea de aprendizaje personal. Llega a San Blas como policía colonial, es decir, como representante del aparato destinado a ejecutar las políticas gubernamentales, pero su relación con Nisgwa va modificando progresivamente su percepción del mundo guna, aunque durante años siga cumpliendo, no sin dudas, sus deberes de policía, incluida la participación en operativos represivos. Ese cambio no se produce como una conversión repentina, sino mediante el trato cotidiano con la comunidad, el aprendizaje —siempre incompleto— de la lengua, el conocimiento de las costumbres y, sobre todo, un vínculo afectivo que debe vivirse durante mucho tiempo en secreto. Antes de la rebelión ese vínculo lo ha convertido ya en padre de Ibe; después de la guerra abandona la policía, es aceptado por su suegro y termina incorporándose al mundo de Nisgwa, mientras ella conserva su nariguera, sus winis y su mola.
La historia amorosa deja así de ser elemento ornamental. Condensa, en escala íntima, el problema central de la novela. La convivencia resulta posible cuando integración no significa absorción. Tavo cambia también. Frente al modelo vertical de Gassó, que llega para transformar y procura permanecer inalterado, Tavo descubre que la relación verdadera con otra cultura exige reciprocidad.
Desde el punto de vista estructural, La rebelión infinita se sostiene sobre una eficaz tensión entre acumulación y estallido. Morgan dedica numerosas páginas a reconstruir las pequeñas fricciones que anteceden a la insurrección: órdenes administrativas, rivalidades entre dirigentes, intervención religiosa, prohibiciones sobre la vestimenta, conflictos escolares, arrestos, abusos policiales y cambios de funcionarios. El levantamiento de 1925 no aparece entonces como explosión súbita, sino como consecuencia de una prolongada sedimentación de tensiones.
Este procedimiento concede densidad histórica al relato y evita reducir el acontecimiento a la voluntad de un solo individuo. La causalidad se encuentra distribuida. Marsh interviene, Colman organiza, Nele guía, el Gobierno impone, la policía ejecuta, determinados funcionarios extreman las medidas y las comunidades acumulan agravios.
El acontecimiento emerge de una red de relaciones.