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- 09/08/2015 02:00
Este texto no es una bomba. No es una explosión. Y, mucho menos, un atentado terrorista. ¿Cómo deberíamos comentar un libro, un cuento, un texto, de una manera profesional y amena, sin caer en simplicismos? ¿Se lo merece la literatura panameña? Creo que sí, porque se trata de un texto, el de Lili Mendoza, que se elabora en un tejido humano, social y cultural propio de una generación en Panamá que no lleva el complejo de la identidad de la nación y la problemática del latinoamericanismo.
Su texto es culturalmente un híbrido, entendiendo por esto su capacidad y apertura tanto idiomática (la utilización a ratos del inglés es ya una prueba) como hacia lo que se conoce (estereotipadamente) la ‘cultura popular de masas', ya sea por la utilización multiforme del comics, del reclamo comercial, del lenguaje popular y su crítica radical del conformismo y la adaptación al sistema.
Si hay una autora en Panamá que es verdaderamente iconoclasta, es, precisamente, esta autora que, con su texto, engarza espiritualmente con lo mejor de la ‘tradición de la ruptura' (O. Paz). Y esto es quizás su conservadurismo. Pero no hay texto que no lleve la filosofía de vida de esta autora que, contra la idea común del futuro, nos dice que ‘no hay tal cosas como el futuro, sino una sucesión de ahoras'.
En efecto, un texto lleva un espíritu que es su contenido de verdad (Benjamin) y, en el caso de Corazón de Charol , nos encontramos con una sucesión de ahoras (21 cortas narraciones) en que se conecta de una manera fresca, vibrante y desenfadada una mirada crítica e irreverente con un lenguaje preciso y punzante que va al meollo del asunto, por ejemplo: ‘creo que aún tenia trabajo, ‘mi belle èpoque'; casa y carro en incómodas cuotas, un ciudadano modelo por descuento directo. Todo en orden, y mis padres orgullosos. Hasta que el castillo de naipes, precario balance, se vino abajo y todo empezó a valerme un coño'.
Aquí hay una mirada que observa el transcurrir cotidiano de una sociedad, cuyo medio de existencia es la hipoteca, por todo y de todo, donde todo se transforma en una sucesión de cuotas hasta el final de la vida. Aquí no hay nada sagrado.
Lo que sí hay es una prosa de una ciudad que palpita lucidamente como ella (la autora), como el texto, que a ratos se esparce por la vida misma de una voz que nos revela su lucha, Mein Kampf donde el alcoholismo no es una adicción, pero sí un estilo que debe ser igual de abandonado. No se puede ser más sincero con este texto que se elabora en los márgenes y en el centro de un lenguaje literario original.