Pero quizás esta noche

  • 11/01/2015 01:00
Este breve relato está incluido en la colección ‘No estar loco es la muerte’, obra ganadora del género cuento del Ricardo Miró 2013

No hacen falta las llamas ni los cuernos, ni la sonrisa pérfida del diablo. La duda es el infierno, la duda es el infierno. Páginas en blanco es este estado en que me encuentro, poros obstruidos sin posibilidad de sudar, la cabeza se achica, tengo el cuerpo amoratado. Tengo un cuerpo. ¿Tengo un cuerpo? Repito: ¿Tengo un cuerpo?

Recuerdo cuando soñaba estar en un espacio lleno de líneas blancas. La superficie transparente y la luz intensa, sin horizontes y cada cierto tiempo una especie de navaja pasando a la altura del cuello y luego ¡zas!, despertar y mi tía Lola poniéndome pañitos de agua en la frente.

La tía Lola de apenas 19 años y yo mirándola con todo el amor, lujuria y falo con los que disponía. La tía Lola con su cuerpo inclinado sobre mí, su pecho cavernoso bamboleándose dentro de la blusa, y la fiebre subiendo ya no creo que por el virus sino por sus senos, frutas pulposas para un calenturiento sonriente de oreja a oreja hacia la tumba. Yo me le acercaba, para morderla debajo de la blusa y, ella, sin advertirlo, me ponía la mano en el pecho de adolescente libidinoso y me decía con su voz tierna: Ya duerme, descansa, Salomón bello. Descansa, ya pasará, ya pasará. Yo me dejaba caer en la cama bajo la delicada presión de esa mano que pendía del brazo que llegaba poco a poco, como subiendo una cuesta sin piedras ni senderos abruptos, a la axila, cueva tan cercana y colindante con ese seno derecho que mostraba su pezón de fantasía, de carne parda, tal vez lleno de leche, leche para un ternerito destetado como yo.

Pero ni la tía Lola ni su pecho podían liberarme del delirio, de la hoz, del machete gigantesco, de la sensación de haber sido decapitado, mi cabeza dando tumbos, rebotando entre piedras, cuesta abajo alejándome de la vida, de la luz, de los senos de la tía Lola.

Pero quizás esta noche.

Pero quizás esta noche.

Pero quizás esta noche desaparezca el infierno de la duda.

Pero quizás esta noche, después de tantos años, la tía Lola regrese a amarme, hombre a mitad del camino que ahora soy. Tal vez, la tía Lola me acompañe esta noche en que la fiebre vuelve a cortarme la cabeza. Es probable que ella regrese (la esperanza, la esperanza perra), que venga de donde esté, y me ponga no sólo sus manos en el pecho, sino sus senos, ya la blusa tirada en el pasillo, que me trepe con su cuerpo duro y terso, y que baile, que baile, baile, bailen ella y sus senos, y que la fiebre se vaya de una buena vez. Mi tía Lola y yo, mi tía Lola, sus senos y yo. Y no más virus. Doctores, infusiones y calmantes ya no más. Tengo un cuerpo. Tenemos un cuerpo, tía Lola, y mañana me enterrarán contigo.

MÚSICO Y POETA

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