Un nuevo estilo de comunidad se establece en Panamá

Actualizado
  • 06/03/2016 01:00
Creado
  • 06/03/2016 01:00
Kalu Yala ambiciona convertirse en la ciudad moderna más sostenible del mundo. En un valle boscoso al este de la metrópoli panameña

El perímetro de edificios se aleja en el retrovisor a medida que el mini-bus se va adentrando en la zona este del área metropolitana. Pasando la entrada de Pacora, el vehículo se detiene frente a una casa color mostaza de dos pisos con un amplio patio delantero. En la terraza, cuelgan hamacas, un columpio se mece bajo un árbol de mango.

Un grupo de jóvenes de aspecto universitario nos recibe. En sus camisetas azules se lee ‘Kalu Yala'. Son los encargados de brindar orientación a los ‘novatos' que visitan la comunidad por primera vez. Una comunidad que no solo anhela convertirse en la ciudad más sostenible del mundo, sino que a su vez alberga un instituto educativo en el que más de 50 estudiantes pueden crear proyectos y hacer investigación.

En cinco minutos hemos aprendido a depositar nuestra basura en los recipientes correspondientes para reciclaje y que compartir las sobras de comida es socialmente aceptado.

Kalu Yala busca generar cero desperdicios. Las cáscaras de las sandías que nos ofrecen irán a dar a una cubeta para producir fertilizante orgánico.

Ojeamos nuestros teléfonos celulares. Nos lo habían advertido y lo comprobábamos con un asomo de ansiedad. Serían aparatos inservibles por varios días, salvo para tomar fotos.

UNA COMUNIDAD ESCONDIDA

Pocos minutos después, nos arreaban en camiones para ganado hasta aquella comunidad escondida en un valle colindante con el Parque Nacional Chagres.

Nos adentramos por un camino boscoso bordeado por un río diáfano, dejando atrás la casa amarilla. Se difuminaba rápidamente el ‘pindín' de los vecinos del pueblo de San Miguel, donde opera un programa educativo del instituto para los locales.

Cuarenta minutos más tarde se desplegaba ante nosotros la pequeña comunidad rodeada de montañas, sobre la que reposaba el sol perezoso. Atravesando un arroyo llegamos a la entrada.

ÁREA DE ESPARCIMIENTO

La disposición del caserío es sencilla. Directamente frente a nosotros, una serie de sofás hechos con paletas de madera y colchones blancos se arriman alrededor de pilas de cenizas, nichos para las fogatas nocturnas cuando la oscuridad abraza a aquel pueblo sin electricidad. A mano derecha, una red de volleyball y a la izquierda un bar, con mesas estilo picnic.

Más adelante, un anfiteatro se erige bajo un árbol. Las gradas forman parte del cerro y en la base, una tarima rústica hecha con tablas.

ÁREA DE VIVIENDA

Pasando la estructura ecológica, un camino de tierra conecta las áreas de esparcimiento con un espacio abierto rodeado de ranchos que descansan sobre pilotes. Algunos habitantes de Kalu Yala duermen arriba. Debajo, una variedad de hamacas sirven a otros de cama.

En el espacio central varias mesas de madera con taburetes hacen de comedor. Bajo los ranchos en cada extremo hay un espacio de cocina y un fregador. En una pared al fondo cuelgan un centenar de tazas blancas de uso común.

A un lado de ella, en el ‘Hen House', tres hieleras naranja proveen el agua potable a los sedientos. Más importante, también es el sitio donde encontrar el café matutino. A unos pasos, varias mecedoras en semicírculo y algunos libreros artesanales hacen de biblioteca.

En el muro lateral de aquel espacio se erige un tablero negro, en el que se detallan con tiza blanca las faenas semanales y los encargados de cada una: alimentar a las gallinas, recolectar los huevos, regar los cultivos, limpiar los baños, hacer el café, limpiar las mesas, sacar los cargadores solares en la mañana, lavar los platos y regresar las tazas a su lugar, son solo algunas.

EL CAMPAMENTO

Para llegar al campamento de los visitantes atravesamos una vereda más frondosa. Varios bancos hechos con tablas rodean a un palo de maracuyá a la orilla del camino. Al otro lado, un letrero escrito a mano en el que se lee ‘marañón curazao' descansa en la base del árbol al que pertenece.

Antes de llegar a las tiendas de acampar, una laguna a mano derecha acompaña a una choza hecha con estacas cilíndricas amarradas unas con otras y una redecilla negra como techo. Otro rótulo indica que es un ‘área de silencio'.

A pocos metros de allí, se abre un espacio rectangular de arena rodeado de vegetación, que algunos utilizan para meditar o practicar yoga.

VIDA SELVÁTICA

Cada cierto tiempo una llovizna fría nos refresca la piel. ‘No hay mosquitos aquí', aseguran los ‘kaluyalenses'. Por otro lado, los nativos nos recomiendan mantener una relación estrecha con el bloqueador solar durante el día y portar una linterna al asomarse la luna, para evitar atravesarnos en el camino de alguna serpiente.

Algunos recién llegados nos aventuramos a la ducha antes de nuestra primera comida en aquella comunidad selvática moderna que da la impresión de encontrarse a años luz de la Ciudad de Panamá. Dos hileras de regaderas compartidas entre hombres y mujeres solo resguardan nuestra intimidad a través de una cortina ligera que se bate ante cada leve brisa.

Para algunos acostumbrados a los baños tibios, la parte más desafiante es someterse a ese chorro helado y además recordar las instrucciones que tal vez no seguimos en casa: que el agua no debe correr por el gusto. Aquí se valora cada recurso natural apasionadamente, así que entre enjabonadas cerramos el grifo, sosteniendo la respiración para no tiritar.

Un penilunio alumbra el camino de regreso al comedor y cenamos a la intemperie por primera vez. Son patacones con salsa de culantro y ajo para comenzar.

Encendemos las linternas para observar el plato fuerte, una carne jugosa que reposa sobre una cama de papa dulce majada, todo hecho con los ingredientes que rodean a la misma comunidad.

Así concluyen la primeras horas en la ciudad que se adapta a la naturaleza en lugar de forzarla a complacer al humano. Las gallinas se acuestan y los pobladores también. Un silencio natural envuelve a la oscuridad y sigilosamente salen a danzar las criaturas de la noche.

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‘Una comunidad que no solo anhela convertirse en la ciudad más sostenible del mundo, sino que a su vez alberga un instituto educativo

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