Sin los pies descalzos

U na serranía verde que se vislumbraba desde el avión, se sucede a ambos lados de cada curva de la carretera. El camino asciende para vo...

U na serranía verde que se vislumbraba desde el avión, se sucede a ambos lados de cada curva de la carretera. El camino asciende para volver a descender entre la vegetación y a mi derecha bajan las frescas aguas del Fonseca, un río que el año pasado causó estragos en la zona de Soloy, comarca Ngöbe Bugle, cuando se desbordó arrastrando ranchos y sembradíos y dejando a muchas familias sin techo.

A las 9 de la mañana, una hora después de haber salido de David, llegamos a destino: el centro de salud de Soloy. En el jardín, cientos de niños y niñas, madres y padres se agolpan bajo las toldas instaladas como protección contra el inclemente sol. Un centenar de sillas, colocadas frente al podio desde tempranas horas de la mañana, han sido ocupadas por estudiantes de la Escuela Primaria Soloy. A su lado, algunas mamás con bebés en brazos y niños más pequeños, apaciguan a los infantes que se inquietan por la espera.

Nawas multicolores iluminan el lugar y contrastan con la sobriedad azul y blanca de los uniformes escolares. La mayoría de los niños calzan altas botas de caucho y las niñas zapatos negros, algunos más grandes de lo que necesitan.

Las miradas expectantes de niños y adultos, no pierden de vista ningún movimiento en la entrada del centro. Y no es para menos. La visitante de esta mañana es la Primera Dama, Marta Linares de Martinelli, a quien pocos han visto, ni siquiera en fotos. La ansiedad se siente en el aire y el calor aumenta minuto a minuto, haciendo irrespirable la atmósfera por la aglomeración bajo las toldas.

A pocos metros, las instalaciones amplias y relativamente nuevas del centro de salud albergan a una veintena de pacientes que requieren la atención primaria básica que allí se ofrece. Diariamente acuden a él entre 60 y 100 personas, muchas de ellas niños, cuyas afecciones más comunes son las respiratorias, gastroenteritis y problemas cutáneos. La ausencia de abanicos hace que en el centro se sienta aún más fuerte el calor sofocante y húmedo de Soloy, donde la mayor parte de sus 23.000 habitantes todavía no conocen las comodidades de la energía eléctrica, de modo que el centro atiende mientras haya luz del sol, al igual que la escuela.

PASOS PROTECTORES

Son las 10 de la mañana. El sonido de un helicóptero en la distancia anuncia que el acto está a punto de empezar. El calor se ha incrementado, los bebés no paran de llorar. Los niños, inquietos, buscan cualquier pretexto para moverse un poco de su sitio en busca de algo de aire y distracción. En los adultos se percibe el cansancio de las horas previas de caminata, sumadas a las que llevan de espera. Precedida de media docena de escoltas, llega la primera dama. La expectativa se acrecienta, pero la distancia, en lugar de disminuir, aumenta. El personal de seguridad se encarga pronto de establecer el límite entre el personaje y los espectadores que, sin siquiera mostrar asombro, siguen esperando.

“Sabes qué son las crocs?”, le pregunto a un niño. “No”, responde. Busco a otro que está un poco más lejos y pregunto otra vez. La respuesta es la misma. La escena se repite varias veces. Acudo entonces a un afiche que habla de la campaña “Pasos protectores” y que tiene el dibujo de los zapatos ya famosos en el mundo entero. “Ah...ya sé”, me dice finalmente un pequeño, con cara de travieso.

La ceremonia empieza, la primera dama se ubica en la mesa principal, rodeada por el Ministro de Salud, los representantes de UNICEF y OPS y el representante de Crocs para Latinoamérica.

El calor arrecia mientras el gobernador de la comarca Ngöbe, Joaquín Quintero, se dirige a la sofocada audiencia. “Cuando la madre naturaleza nos dice camina, nosotros caminamos, cuando nos dice quédense en su casa, obedecemos”, dice haciendo alusión a los estragos que el año pasado causaron las lluvias en la provincia de Chiriquí y reclamando la atención de las autoridades.

Lo sigue un joven indígena, Radimir Rodriguez, de V grado, quien nervioso pero en tono recio recita su amor a la “tierra panameña, tierra prometida”, mientras su maestra tiembla entre el público, presa de emoción y nerviosismo, esperando que el poema termine para romper a aplaudir, con fuerza llena de orgullo.

Marta de Martinelli, enzapatillada igual que su esposo, vistiendo un jean y una camiseta color rosa con el logo de su despacho, se dirige a la audiencia con un tímido “Jerewe”, vocablo que en lengua Ngöbe se usa para saludar. En una brevísima intervención manifiesta su complacencia por estar en el acto, seguida de una corta explicación de los beneficios de las crocs.

La espera finalmente ha terminado. Niños, niñas y madres de familia, se arremolinan alrededor de las mesas donde personal del Ministerio de Salud, con listas de nombres y edades, inicia la distribución de crocs.

Algunos las quieren rojas, otros verdes y uno que otro usa todavía unas crocs deterioradas, entregadas por la anterior administración, que también las repartió en las comarcas aunque, como me explicaron después, no en el marco de una campaña de prevención de salud como la que ahora ha emprendido el nuevo gobierno.

El propósito, según los funcionarios del MINSA, es prevenir enfermedades como la parasitosis, que puede entrar por los pies y hace estragos en la población indígena, los hongos en la piel, las mordidas de serpiente y toda clase de infecciones por heridas y cortes en las extremidades inferiores.

En esta primera etapa se tiene prevista la entrega de 850 pares de crocs a niños desde preescolar hasta sexto grado, con edades entre 0 y 12 años. Aunque muchas mamás se van contentas con un par de crocs para sus bebés que aún no han cumplido un año, se quedan sin ellas varios niños de quinto y sexto grado con edades superiores a los 12 años, como es frecuente en el área rural.

Pero la campaña continuará. El MINSA espera distribuir 30 mil pares de crocs en las comarcas antes de concluir septiembre y 120 mil en todo el país, durante 2010. En total serán 150 mil zapatillas, producto de una generosa donación de la Fundación “Soles United”, brazo filantrópico de Crocs.

Pero quizás la donación no sea suficiente. Apenas unos minutos después de la entrega oficial, muchos niños se ven otra vez descalzos o con los zapatos viejos y las crocs nuevas en las manos. Intento persuadir a algunos de ponérselos, pero es inútil. Se las ponen unos segundos y se las quitan de nuevo.

Llega la hora de partir. La primera dama desaparece entre sus guardias de seguridad y los funcionarios que la siguen. Con ellos regresan a Panamá unas cuatro cajas de crocs para niños pequeños, que tendrán que ser reemplazadas por los tamaños adecuados para los niños grandes que se quedaron sin ellos.

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