El primer recorrido de prueba del monorriel, desde Patio y Talleres hasta Ciudad del Futuro, se registró la tarde del lunes 13 de abril, con esta prueba...
- 27/02/2011 01:00
La mayoría de las personas tienden a pensar que todo tiene un fin, incluídas sus vidas y el mundo que las rodea. En jerga filosófica, esto se llama teleología. Las raíces de la teleología van hasta la Grecia antigua, formando parte de todas las grandes religiones y, más recientemente, del mito nacional de muchos países.
Mucha gente interpreta la historia de un modo teleológico. Existe una tendencia natural en el ser humano a simplificar. Nuestro cerebro funciona a base de metáforas, analogías y demás simplificaciones. Es apropiado reflexionar sobre ésto en medio del terremoto político y social que sacude el mundo árabe desde diciembre. La interpretación que se hace de los hechos es que por fin las masas árabes han decidido luchar por la democracia y la libertad, derrocando a los abominables dictadores que los habían mantenido humillados hasta ahora. Nosotros miramos desde fuera. Los apoyamos virtualmente en facebook, lloramos con sus fracasos y lloramos de nuevo, pero de felicidad, con sus victorias. Sí, la historia avanza.
Hasta que deja de avanzar. Cuando las revoluciones fracasan, cuando Fidel deja de ser el joven adalid de la igualdad y Obama resulta ser la regla que confirma la excepción, nos damos de bruces con nuestra propia tozudez e ignorancia. El simple mundo que habíamos construido se desmorona, y la complejidad nos abruma. Lo bueno, lo malo y lo feo se entremezclan perversamente. Ésta, lastimosamente, es la realidad: vivimos en un mundo complejo, y la historia no tiene ningún propósito en particular. La vulgaridad y la gloria se pagan por igual, sólo en nuestras mentes es que adquieren valor.
DE OTOMANOS A DICTADORES
Comencemos por la historia. En el principio, había el Imperio Otomano que, hasta la Primera Guerra Mundial, dominó los territorios que ahora están en efervescencia. Después de la guerra, los vencedores, sobre todo Francia e Inglaterra (en el caso de Libia, Italia) ocuparon la región, gobernando a través de monarquías locales. Así se mantuvo la situación hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Arruinadas las potencias, la región pasó por revoluciones en las que, con excepciones, jóvenes militares derrocaban a los monarcas y establecían un nuevo orden pero, curiosamente, manteniendo las fronteras fijadas por los europeos.
En este contexto, la revolución Nasserita en Egipto (1953) inició el llamado ‘panarabismo’, y su influencia se extendió por toda la región. Éste proceso culminó con el golpe militar de Muammar Gaddafi en Libia en 1969. Desde entonces, ya sea con regímenes militares o monarquías, con más o menos libertad, los países de la región han vivido bajo circunstancias comunes: una élite que lo controla todo y un mundo exterior (léase EEUU y Europa Occidental) que patrocina a esa élite a cambio de estabilidad y la protección de sus intereses. A pesar de las particularidades de cada país, todos llegaron a 2011 en circunstancias similares: regímenes que se habían convertido en cleptocracias, un altísimo nivel de desempleo entre la gente joven y planes más o menos elaborados de sucesión familiar en el poder.
LA SITUACIÓN ACTUAL
Es oportuno aclarar que la situación actual, si bien extraordinaria, no debe ser exagerada. Hasta ahora, sólo dos países han visto a sus mandatarios caer. Un tercer país, Libia, está siendo el caso más dramático porque aquí la supervivencia del Estado es la que está en juego. Y hasta ahí llega la cosa. Ni en Bahrein ni en Yemen, y mucho menos en Jordania, Arabia Saudita o Argelia hay signos (aún) de que el actual momento político vaya a tener repercusiones.
Vayamos caso por caso. Como se mencionó, en Túnez y Egipto lo que ha habido –con matices—es una transición de poder a lo interno del régimen que a su vez ha sido catalizada y apoyada por protestas populares. Tanto en Túnez como en Cairo los militares mandaban en 1980, hace dos semanas, y hoy. En Libia, la situación es distinta. Libia, como país coherente, existe gracias al denostado Gaddafi. Es curioso que, al apoyar a los manifestantes, la gente no sepa que Libia está al borde de la guerra civil. Durante cuatro décadas, Gaddafi mantuvo un control total sobre el país, y una de sus tácticas fue dividir y así debilitar tanto al ejército como a la policía. Suena a cliché, pero Libia, como la conocemos hoy, es Muammar Gaddafi. El ejército, de hecho, ya está dividido. Los rebeldes, opositores, manifestantes, o como se les quiera llamar, ya controlan una parte significativa del oriente del país (la región de Cirenaica). Para agravarlo más, Cirenaica produce el 77% del petróleo libio. La situación es explosiva: dos centros de poder militar y económico y un dictador que, todo parece indicar, llegará a donde sea necesario para mantenerse en el poder. No es casualidad que a día de hoy no podamos nombrar un sólo líder opositor en Libia.
En Libia también hay intereses extranjeros. Italia es el que más tiene que perder por dos motivos: primero porque una gran parte de las inversiones de su compañía energética ENI están en Libia, y segundo porque, como dijo su canciller, la caída de Gaddafi o una guerra civil enviarían una ola ‘bíblica’ de inmigrantes a Italia (y a la Unión Europea). Una Libia post-Gaddafi se asemejaría más a la Somalia post-Siad Barre, a Bosnia o a Kosovo - con el riesgo de convertirse en un paraíso islamista - que a los Egiptos o Túnez de hoy.
Luego están los países en donde hay protestas, pero nada más. En Bahrein el problema tiene más que ver con que la mayoría de sus ciudadanos son chiítas, pero son gobernados por una monarquía sunita. Hasta ahora, las protestas parecen ir más en la línea de reformas para abrir más espacio para los chiítas, y no a derrocar el régimen, aunque esto podría cambiar. El aparato de seguridad, en su mayoría sunita, se mantiene leal a la casa real. Sin embargo, Bahrein adquiere importancia por dos motivos: el primero, porque es la sede de la 5ta flota estadounidense, y el segundo, porque una rebelión chiíta podría resonar entre los chiítas de Arabia Saudita, que viven en una situación similar y, para colmo, habitan la parte más rica en petróleo del país. Riad vive en una tensa calma. En Argelia, lo que hay es una guerra por el poder entre el presidente-dictador (’sólo’ 12 años en el poder) Abdel Aziz Bouteflika y el director de inteligencia, General Mohamed ‘Toufik’ Mediene. En Jordania, Marruecos y Siria los gobiernos han hecho ciertas concesiones y parecen sentirse seguros. En Yemen, que podría ser el próximo Libia, las amenazas son legión, como la gran presencia de islamistas y los rebeldes Al-Houthi en el norte del país. Si hay un país en el que una revuelta preocuparía al mundo, ese sería Yemen.
LA CENTRALIDAD DEL ARMA Y LA COMPLEJIDAD DEL MUNDO
Vistas las similitudes y diferencias, ¿qué conclusiones se pueden sacar? La primera es la centralidad del arma. Las revoluciones, generalmente, deben atravesar varias etapas desde su inicio como meras protestas hasta la germinación de un cambio. Luego de haberse involucrado la juventud y la sociedad civil en general, llega el momento crucial, y es cuando los hombres armados –ejércitos, policía, milicias—deben decidir. Es por eso que suele decirse que quienes inician las revoluciones no son quienes las terminan. En Egipto y Túnez, el ejército depuso al dictador pero se dio la casualidad de que los intereses de los manifestantes coincidían con los de los militares. En Bahrein o Irán, por ejemplo, las armas han estado siempre del lado del gobierno. En Libia, el ejército está dividido, y eso hace que ambos bandos tengan armas. Por eso el olor a guerra civil.
La segunda es la banalidad de interpretar la historia teleológicamente. Lo que estamos observando en el mundo árabe es otro episodio más de la interminable lucha de fuerzas, internas y externas, de los intereses de unos y otros y, más que nunca en este mundo interconectado, de las influencias de ideas de aquí y allá. Potencias extranjeras, islamistas, jóvenes idealistas, demócratas, soldados, asalariados, ejecutivos y príncipes, todos luchan por algo, y confian en que su visión de la vida y la historia sea la que se imponga. Estamos observando, también, el pudrimiento de dictaduras y monarquías que surgieron, a su vez, del pudrimiento del orden colonial que surgió, a su vez, del pudrimiento del orden Otomano. Y así nos vamos hasta los tiempos de cartaginenses, fenicios y egipcios. Dulce y deliciosa complejidad, sin rumbo ni propósito.
Como en 1848, 1968 y 1989, estamos ante uno de esos raros momentos en los que una parte del mundo parece ser recorrida por una ola de cambio. Pero no nos equivoquemos. Si bien es verdad que no se debe subestimar el poder de las ideas y el poder popular, no debemos caer en el error de simplificar la historia, de ignorarla y con ella la complejidad del mundo en el que vivimos. Sólo así evitaremos no repetirla.