El viaje de un poeta

  • 08/02/2015 01:00
Si la poesía es hablarnos del mundo en clave, entonces, tenemos en Rafael-José Díaz a un buen poeta. 

Si la poesía es hablarnos del mundo en clave, entonces, tenemos en Rafael-José Díaz a un buen poeta. No otra cosa pedimos de la poesía, un mundo en clave, que es necesario descifrar. No se trata de filosofía, pero sí de una poesía que nos conmueva y nos haga reflexionar, el justo equilibrio del artista que tiene la pluma no al servicio del compromiso inmediato, de la panegírica o de la agitación, pero sí del arte donde se funde lo mejor del espíritu humano.

Este poeta no le da concesiones al facilismo y, dentro de su prosa pulcra y bien cuidada, ligera y llena de sentido, nos lleva a través de su libro compuesto de ocho poemarios, una nota del autor y un epílogo. El conjunto se llama poesía reunida, es decir, nos ayuda a acceder a su mundo que, desde el primer poema en Detrás de tu nombre , nos convence de su propósito: ‘donde se guarda la palabra que pueda hacerte venir, quien la custodia’. ¿El poeta se referirá al espíritu de la poesía? ¿Hay alguien quien la custodia? ¿O es la palabra misma que se custodia a sí misma? ¿Cómo resolver este enigma si, según la propia voz poética, ‘la memoria de dios es silenciosa’?

Ciertamente, cada lector lo resolverá de acuerdo a su propio mundo, encontrarle sentido a la palabra del poeta que nos interpela con su mundo, un custodio de su propia palabra. El poeta busca el nombre de la palabra, un ejercicio que nos lleva a través de su poemario por un viaje donde reconocemos el cuerpo, la sangre, la madre, el umbral, el fuego (la crepitación física, pero sobre todo, el sonido) el semen, las ventanas, la noche, los países y lecturas insertas en sus poemarios. Es el viaje de un poeta que es consciente de su condición insular, hijo de Tenerife, que tiene la osadía de decirnos, ‘Las islas, deriva de los mundos’. Lo dice en plural, condición de la libertad, islas que están a la deriva, que han perdido aparentemente la brújula de su trayecto porque están a la deriva.

Pero esto es el trayecto mismo, esta deriva insular del poeta, una deriva física, espiritual y geológica de este mundo que se desplaza y está en movimiento aunque no nos demos cuenta. El poema registra este desplazamiento en giros mútliples y entrecruzados de memorias, de palabras y de gestos, un desplazamiento que no se olvida tampoco de la casa, de la madre, y que es nombrado como ‘regreso’, una condición donde le esperan cartas, pruebas tangibles, extemporáneas, de una vida en relación con otros más allá de la fluidez y facilidad de nuestro mundo electrónico (el poema pertenece a la serie de 1991-1994).

No hay partida sin regreso, pero esta condición del viaje, de la deriva, no lo exime de reconocer muchos regresos, a la palabra misma, donde el poeta es el fiel custodio de su propio mundo.

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