El expresidente de Costa Rica habla sobre la relación entre ambas naciones, como sobrevivir tiempos oscuros para la región y el poder de contar una buena...
- 23/05/2026 16:38
El escritor y periodista colombiano Héctor Abad Faciolince entabló una relación con la muerte desde muy joven. En agosto de 1987 la vivió de cerca por primera vez, cuando su padre, el médico y activista Héctor Abad Gómez, fue asesinado por paramilitares en el contexto del conflicto armado colombiano. Aquella tragedia se convirtió en la génesis de uno de sus libros más conocidos, ‘El olvido que seremos’, obra que explora el duelo y la resiliencia familiar ante la pérdida.
A lo largo de su vida, Abad Faciolince ha atravesado otras experiencias cercanas a la muerte, como una operación de corazón abierto que sirvió de inspiración para su novela ‘Salvo mi corazón’, todo está bien, centrada en un sacerdote que espera un trasplante de corazón.
En 2023, dividido entre el deseo de demostrar valentía y un profundo desapego por la vida, emprendió un viaje al Donbás, la región más golpeada por la guerra en Ucrania, junto al filólogo y diplomático Sergio Jaramillo, la periodista Catalina Gómez, el conductor Dima y la novelista ucraniana Victoria Amélina.
Aunque compartió con Amélina apenas dos o tres días, quedó profundamente impactado por su valentía y por su decisión de documentar los crímenes de guerra y los intentos de Rusia de borrar cualquier vestigio de la cultura ucraniana.
Los destinos de ambos quedarían entrelazados para siempre cuando Amélina murió, junto a otras 11 personas, tras el impacto de un misil ruso en el restaurante Ria Pizza de Kramatorsk, donde celebraban una cena de despedida.
Tras salir ileso del ataque, Abad Faciolince asumió una nueva misión: rescatar el legado de una escritora que dedicó sus últimos días a documentar los crímenes de guerra. Marcado por el dolor, escribió ‘Ahora y en la hora’, un esfuerzo por mantener viva la memoria de Amélina.
¿Cómo reunió las fuerzas para sacar adelante este libro?
Hay que sacar fuerzas de flaqueza siempre. Digamos que yo tal vez no tenía las fuerzas para escribirlo. Estaba muy derrotado, casi tirado en el suelo, pero hay trabajos que no dan espera.
En este caso, yo no podía esperar por dos motivos: por mi edad y porque la gran tentación era el silencio, tratar de olvidar. Entonces no podía, como he hecho en otras ocasiones, dejar pasar el tiempo, dejar que las cosas se asentaran, sino que tenía que tratar de escribir pronto esas experiencias extremas, por mucho que me doliera escribirlas y revivirlas. De algún modo, debía cumplir con el deber y la obligación de contar algo que me quemaba.
Fue muy difícil. Fueron meses de escritura muy duros, tal vez un año o incluso un poco más, con muchas interrupciones y distracciones, porque mientras estaba escribiendo este libro ocurrió también el ataque de Hamás en Israel y luego la respuesta vengativa de Netanyahu, no contra Hamás, sino contra todos los palestinos. El tema de la guerra se me volvió obsesivo, triste y doloroso.
Y bueno, como si no fuera ya difícil escribir el libro sobre Ucrania, me puse también a escribir un libro sobre Gaza, una novela.
Entonces, yo creo que saqué las fuerzas, en últimas, de la indignación. De la indignación y de la tristeza por la muerte de Victoria Amélina, y de la responsabilidad y la obligación de darle voz a ella.”
Entiendo que Ucrania siempre formó parte de su vida. ¿De qué modo?
De modos que yo no sabía. Yo no sabía que uno de los violinistas que más quiero y admiro, David Oistrakh, había nacido en Ucrania. Yo no sabía que el gran escritor Joseph Roth, a quien admiro muchísimo, había nacido en Ucrania. Que Vasili Grossman, un escritor que también admiro profundamente, nació en un pueblo de Ucrania. Que Clarice Lispector, una gran escritora brasileña, había nacido en Ucrania.
Al enamorarme de Ucrania, fui descubriendo que ese país, sin yo saberlo, era muy importante para mí literaria y musicalmente. Y bueno, tal vez la primera traducción a una lengua eslava que me hicieron fue al ucraniano.
Entonces, la segunda manera en que me aproximé a ellos fue a través de dos chicas muy jóvenes, editoras entusiastas: una actriz y la otra filóloga, que me dijeron: ‘Queremos publicar un libro suyo, ‘El olvido que seremos’, en ucraniano’.
Entonces, Ucrania se metió en mí a través de los textos más íntimos: la lectura, la escritura y la traducción de uno de mis libros.
Yo también he ejercido el oficio de traductor y respeto mucho el oficio de editor, que también he ejercido. Entonces, fue como si ese país me llegara por todos los puntos cardinales y por todos los tiempos: por el pasado, por el presente, y se fue convirtiendo también en un futuro, porque me invitaban a Ucrania y no podía ir.
Primero por la pandemia, después por la invasión rusa, luego por el miedo, pero finalmente fui.
¿Qué le motivó a entrar a los territorios del este de Ucrania que fueron blanco de la invasión rusa?
El motivo fundamental fue la vergüenza. Me daba vergüenza reconocer que tenía miedo de ir allá. Mis compañeros de viaje, Sergio Jaramillo y Catalina Gómez, y luego también Victoria Amélina, que se nos unió en el último momento, decían que querían ir, que debíamos ir, pero que si me daba miedo, entonces cancelábamos el viaje. Y yo me tiraba todo encima. Entonces me daba vergüenza admitir que yo no quería ir.
Pero, por otro lado, la vejez, la pérdida de los sentidos —del gusto, del olfato y del oído— como que me hacían sentir cierto desapego a la vida. Entonces dije: ‘Bueno, pues vamos, y si pasa algo, pues salimos de esto’.
Eran, como todo en la vida, cosas contradictorias: el no querer reconocer mi cobardía y fingir que era valiente, y ese cierto desapego que viene con la edad y con los achaques.”
Entonces eran cosas contradictorias como todo en la vida. El no querer reconocer mi cobardía y fingir que era valiente, y el cierto desapego que viene con la edad y con los achaques.
¿Qué fue lo que más le impactó de esa visita?
Ver la guerra de cerca es espantoso. Yo había vivido el conflicto de Colombia indirectamente y, en parte, directamente con el asesinato de mi papá, pero no había vivido una guerra entre una gran potencia y un país no débil, pero sí mucho menos fuerte que Rusia.
La guerra se parece a las guerras pintadas por Francisco de Goya, o escritas por Vasili Grossman o Leo Tolstói.
La guerra es el horror. Es la suspensión de todo respeto por lo humano. Es ver iglesias voladas, hospitales destrozados, escuelas destruidas, bibliotecas, casas calcinadas, carros, tanques, aviones destruidos, puentes volados, gente desesperada y desplazados.
Era muy horrible, pero fuimos a ser testigos de eso, a documentarlo. Y yo nunca había sentido, durante los dos primeros días del viaje, que la muerte nos estuviera respirando en la nuca.
Ya parecía que todo iba a terminar bien, y no terminó bien.
¿Los colombianos podrían sentirse identificados con los ucranianos en torno a las consecuencias de un conflicto armado?
No es lo mismo recibir misiles supersónicos, helicópteros, tanques, grandes cañones y ejércitos de cientos de miles de personas, que una guerra irregular de guerrillas, que es más una guerra civil con recursos más limitados.
Tal vez Colombia y muchos países de América Latina no sienten la guerra de Ucrania con tanto dolor y tanta indignación porque nosotros nos hemos acostumbrado a que no haya agresiones internacionales. Nos hemos acostumbrado.
Panamá no teme que Colombia venga a invadirla para recuperar lo que un día fue un estado dentro de la Gran Colombia. Nosotros no tememos que Brasil quiera ampliar sus fronteras, siendo un país más rico y poderoso, ni que Venezuela, incluso en los peores momentos de antipatía entre los gobiernos de Venezuela y Colombia, iniciara una guerra internacional.
En América Latina está muy consolidada, afortunadamente, la idea del respeto a la soberanía. Ahora, también en Estados Unidos, lo ponen en duda. Incluso cuestionan la inteligencia de Jimmy Carter por haber cumplido con un compromiso y con un tratado [para entregar el Canal de Panamá].
Pero, al menos entre los países latinoamericanos, nosotros somos un ejemplo para el mundo en cuanto al respeto de las fronteras.
Aunque tengamos esa seguridad fronteriza, deberíamos recordar que nuestra paz se funda precisamente en el respeto de las fronteras, y que Rusia está incumpliendo un tratado, una independencia y un acuerdo derivado de la devolución de las armas nucleares por parte de Ucrania, firmado a cambio de la promesa de que las fronteras y la libertad de ese nuevo país serían respetadas.
Entonces, ojalá en Colombia y en América Latina comprendieran esto y la verdad evidente de que Rusia es el agresor y Ucrania la agredida; que no es lo mismo ser víctima de una agresión que ser quien la ocasiona, el victimario.
¿Cuál es el desenlace que usted espera para el conflicto en Ucrania?
El escritor Yuval Noah Harari escribió un artículo hace algunos meses, muy inteligente, en el que decía que Ucrania ya había ganado la guerra.
De alguna manera es verdad, porque el principio de la guerra y las motivaciones de Vladimir Putin apuntaban a hacer una Blitzkrieg, una guerra relámpago que, en dos o tres semanas, acabaría con ese país que él decía que no existía. Pensaba matar o llevarse a Rusia al gobierno ucraniano y aniquilar una lengua que para él tampoco existe, que considera apenas un dialecto sin importancia.
Yo creo que la solución menos mala en este momento sería una que se parezca a la situación en la que todavía están Corea del Norte y Corea del Sur. Ellos no han firmado la paz. Teóricamente siguen en guerra. Ni unos ni otros han admitido plenamente las fronteras actuales, pero existe un armisticio y llevan decenios sin disparar.
Ahora estamos en un mundo donde se han puesto de moda los hombres fuertes, tipo Vladimir Putin, tipo Benjamín Netanyahu, tipo Kim Jong Un. Parece que solamente los que tienen armas atómicas son respetados.
Pero Ucrania, con su aparente debilidad, ha resistido todos los ataques de Putin. Los avances rusos son cada vez más mínimos y las pérdidas del ejército ruso son mucho mayores que las ucranianas.
Entonces, yo creo que más le vale a Putin aceptar finalmente algún pacto que termine con esta guerra. No creo que Ucrania pueda recuperar la península de Crimea. Tampoco creo que Putin vaya a devolver lo que se robó en el Donbás.
Pero Ucrania existe más que nunca en la mente del mundo. Quienes no conocíamos ese país —yo mismo lo desconocía bastante— hoy vemos un país grande, con 40 millones de habitantes, que puede recomponerse, reintegrarse y salir muy fortalecido y orgulloso de lo que ha logrado en esta guerra patriótica de resistencia.
Usted logró salvar la vida tras el ataque de un misil ruso a una pizzería de Kramatorsk. Cuatro personas de su grupo sobrevivieron, excepto la poeta ucraniana Victoria Amélina. ¿Sintió culpa tras haber sobrevivido?
Sí, en esa pizzería fallecieron de inmediato 12 personas y hubo 62 heridos. En la mesa donde estábamos éramos cinco y Victoria Amélina quedó herida de muerte.
Yo no voy a decir la hipocresía de lamentar haber sobrevivido. Estoy contento de haber sobrevivido. Pero naturalmente era muy raro que la persona más joven de nuestra mesa fuera la fallecida. Yo había caído al suelo y parecía herido, pero estaba íntegro.
Que esa mujer valiente, que se dedicaba a documentar crímenes de guerra, tuviera la misma edad de mi hija, me hacía sentir culpa. Y también culpa por haber ido, culpa por haber puesto en riesgo la felicidad de mi familia para siempre. Culpa de que yo pude haber quedado mutilado, sin una pierna, sin un ojo, ciego, más sordo de lo que estoy. En fin, sí, hay muchos motivos para sentirme culpable.
Yo no soy culpable de que Victoria se hubiera muerto, pero sí cambié de silla y, al cambiarme de silla, ella ocupó mi puesto. Y mi puesto era el puesto de la muerte, digámoslo así. El lugar donde cayó eso, lo que sea que le haya caído a Victoria en la nuca o en la cabeza y la haya matado.
Entonces es una culpa mezclada con estupor y también con la culposa alegría de haber sobrevivido.
¿Qué fue lo que más le llamó la atención de Victoria Amélina?
Su amargo sentido del humor. Tenía un humor negro muy fino, muy afinado y constante. Su valentía. El hecho de que hubiera abandonado la literatura y la ficción para dedicarse solamente a documentar crímenes de guerra.
Estaba tan convencida de que su lucha valía la pena porque no podía permitir que volvieran a aniquilar a toda una generación de artistas, científicos, escritores y músicos, como había ocurrido varias veces en la historia de Ucrania.
Yo, en realidad, la admiré más y más después de su muerte, porque la conocí solo durante tres o cuatro días. Esos días fueron importantes por ser los últimos de su vida, pero no había tenido tiempo de volverme amigo de ella ni de leerla. Me volví amigo de ella después de su muerte y la admiré cada vez más leyéndola.
Leyéndola y tratando de ser fiel a sus palabras. Tratando de escribir este libro un poco como si ella lo estuviera escribiendo, como si en parte me lo dictara.
Sí, es una forma de vida muy precaria, muy distinta. Yo no me atrevería a decirle a su hijo que ella está viva en mí. Solo podría decirle que en mi memoria hay una huella imborrable de su madre y que ya no desaparecerá mientras yo siga vivo y mi memoria funcione.
Y que, si eso es una forma de supervivencia —la memoria—, entonces sí. Pero entiendo que sea muy distinto. Yo no le puedo dar a él lo que ella le daba.
¿Se puede volver a ser feliz tras experimentar un episodio así? ¿Es posible recomponer la vida?
Sí se puede. Es raro: cuando uno ha estado al lado de allá y vuelve al lado de acá, como si uno se muriera y resucitara, queda una sensación extraña. Pero también hay un cierto apego y entusiasmo de resucitado.
Además, después de mi horrible experiencia en Ucrania, después de que hubieran fallecido en ese mismo sitio dos gemelos de 14 años, mi hija me anunció que iba a tener mis primeros nietos: mellizos.
Entonces, eso para mí, que sentía un pasado reciente horrendo y un futuro muy corto y triste, cambió mucho las cosas.
El nacimiento de estos dos niños, de estos mellizos, y luego también el nacimiento de un tercer nieto, hijo de mi hijo, le han dado a mi vida una alegría y un sentido hacia el futuro. Como que se ha abierto mi perspectiva vital hacia el futuro, esté yo vivo o muerto, sin importar si yo estoy vivo o muerto.
Y es una experiencia de la que yo me hubiera perdido si me matan en Ucrania. Entonces tengo casi una euforia de resucitado y de nuevas experiencias vitales con las que ya no contaba.
Usted en el libro habla mucho del concepto de la muerte... ¿cuál es su relación con ella en la actualidad?
Yo no sé si la muerte es un concepto. Yo creo que la muerte es tal vez el único destino irremediable de todos los que nacemos. Entonces, la relación con ese destino debería ser muy consciente y muy íntima.
Yo dejé de ser católico hace mucho tiempo, pero el día en que te ponen la cruz aquí y te dicen: ‘Acuérdate, hombre, de que eres polvo y en polvo te has de convertir’, me parecen unas palabras sabias y sensatas.
He tenido una relación bastante íntima y cercana con la muerte. Es como si me señalara, me escogiera y, en el último momento, me dejara vivir más tiempo.
Yo había escrito otro libro sobre una experiencia cercana a la muerte, una operación a corazón abierto. Mi novela anterior, ‘Salvo mi corazón, todo está bien’, se nutre un poco de esa experiencia extraña de una cirugía de ese tipo, en la que más o menos te matan. Porque te enfrían, te paran el corazón, te colapsan los pulmones. No piensas, estás anestesiado. Entonces ni respiras ni palpitas, estás frío. No sientes nada. Y eso se parece mucho a la muerte.
Y también de esa especie de muerte yo volví. Entonces, mi relación con ella es bastante cercana. Es como una sombra que no me abandona.
Es decir, una compañera.
(Ríe y piensa un momento) Sí, la muerte puede ser una compañera. No muy deseada, pero irremediable. Y, tarde o temprano, compañera definitiva.
Es así: un matrimonio perpetuo hasta que la vida nos separe. Aunque no creo que haya vida después de la muerte que nos separe.