Más que mascotas: el lazo emocional que construye familias

  • 28/02/2026 00:00
Más que una tendencia medible en cifras, se trata de experiencias que se viven desde lo íntimo y que reflejan transformaciones en la manera en que se construyen los lazos afectivos.

Durante siglos, los animales han formado parte de los hogares. Han acompañado a las familias como guardianes, compañeros de juego o presencias silenciosas en la rutina diaria. Sin embargo, en ciertos contextos actuales, ese vínculo parece adquirir nuevas dimensiones: para algunas personas, las mascotas dejan de ser solo animales de compañía y pasan a ocupar un lugar dentro del núcleo familiar. Más que una tendencia medible en cifras, se trata de experiencias que se viven desde lo íntimo y que reflejan transformaciones en la manera en que se construyen los lazos afectivos. ¿Puede el vínculo con una mascota adquirir un significado tan profundo que llegue a asumirse desde códigos similares a los de la crianza? ¿Qué implicaciones emocionales tiene considerar a un animal como parte esencial de la familia?

El apego como necesidad humana

Desde la psicología clínica, este tipo de vínculo no resulta extraño. La especialista Elianys Milagros Bonilla Madrid explica que el apego es una necesidad básica del ser humano. “El ser humano siempre ha desarrollado vínculos afectivos, ya que el apego es una necesidad básica para la supervivencia en el mundo. Por ello, no resulta extraño llegar a querer a una mascota y tratarla como a un hijo”, señala. En ese sentido, querer a una mascota y asumir su cuidado activa habilidades emocionales similares a las que permiten establecer otros lazos significativos. Aunque el apego puede llegar a sentirse casi igual al que se tiene hacia un hijo, la psicóloga aclara que, desde el punto de vista psicológico, la estructura es distinta. No existen las mismas expectativas relacionadas con el desarrollo humano ni las responsabilidades propias de cada etapa de crecimiento.

“Tanto en el apego hacia un hijo como hacia una mascota, ponemos en práctica capacidades con las que ya venimos preparados: formar vínculos afectivos, buscar proximidad y cuidar de seres dependientes”, dijo. No obstante, la psicóloga aclara que, aunque el apego puede llegar a sentirse casi igual al que se tiene hacia un hijo, desde el punto de vista psicológico la estructura es distinta. Al tratarse de una mascota, las funciones del cuidador difieren de las que se ejercen en la crianza humana. “No existen expectativas relacionadas con el desarrollo humano ni con el aprendizaje a lo largo de las distintas etapas de crecimiento, lo cual siempre implica una gran responsabilidad para los padres ”, explica.

Sobre la posibilidad de que exista una proyección emocional o una canalización de necesidades afectivas hacia la mascota, Bonilla considera que puede ocurrir, pero no necesariamente debe verse como algo negativo. “Al asumir la responsabilidad de cuidar a una mascota, desarrollamos sentido de responsabilidad, aprendemos a ser más organizados y a ofrecer amor incondicional, lo cual es similar al vínculo que se establece entre padres e hijos”.

Incluso, añade que la experiencia puede ofrecer aprendizajes valiosos de cara al futuro. “La crianza de una mascota no solo ayuda a desarrollar responsabilidad, sino que también brinda información sobre la pareja y sobre uno mismo. Permite observar el grado de compromiso de ambos en su rol como cuidadores y experimentar cómo sería hacerse cargo de alguien que depende completamente de nosotros”.

Para Bonilla, todo esto forma parte de una transformación del concepto tradicional de familia. “Estamos ante una transformación del concepto de familia, la cual no necesariamente debe considerarse negativa. Lo menciono porque muchas veces lo nuevo y desconocido puede resultar difícil de comprender y hasta generar miedo. Sin embargo, brindar amor incondicional a una mascota y tomar decisiones propias sobre quiénes forman parte de nuestra familia, más que perjudicar, contribuye al bienestar del ser humano ”. Desde su perspectiva profesional, este tipo de vínculo es saludable siempre que se mantenga el equilibrio. El problema, advierte, surge cuando el cuidado comienza a afectar áreas importantes de la vida. “Se considera que hay una dificultad cuando la crianza de la mascota provoca aislamiento social, obsesión por su atención o cuando el cuidador sustituye la interacción con otras personas por la relación constante con el animal”.

Amor incondicional

Esa transformación del concepto de familia de la que habla la especialista también puede observarse en experiencias concretas. Para entender cómo se vive ese vínculo en la cotidianidad, conversamos con Carol Pérez, quien desde hace varios años comparte su vida con su gato, Dante.

Dante llegó a su vida cuando tenía apenas tres o cuatro meses y, desde entonces, ocupa un lugar definido dentro del hogar. Para Carol, no se trata solo de un animal de compañía, sino de alguien que forma parte del núcleo familiar. “Lo vimos crecer”, cuenta, al describir cómo su rutina comenzó a girar en torno a su bienestar.

La responsabilidad es uno de los elementos que, según explica, marca la diferencia. El cuidado no se limita a alimentarlo o atender necesidades básicas, sino que implica una vigilancia constante y una conexión emocional construida con el tiempo. “No es dejarlo por su lado. Estamos pendientes de su salud, de su estado de ánimo, de todo”, afirma.

En su relato aparece también la manera en que el vínculo puede adquirir un significado más profundo. No lo plantea como una sustitución literal, sino como una forma de nombrar el afecto y la protección que siente hacia él. “Uno puede tratar a su mascota como una mascota, pero cuando para ti es tu hijo, cuando tienes esa conexión, o sea, tú lo viste crecer, tú no quieres que le pase nada malo”, expresa.

Esa experiencia, explica, también le ha permitido dimensionar lo que implica asumir responsabilidades mayores. La convivencia diaria, la organización del tiempo y la atención constante funcionan como una especie de ensayo de compromiso. “Tener a Dante o tener una mascota en general para cualquier dueño puede poner en perspectiva lo que se puede esperar”, señala.

La organización del tiempo, la atención constante y la preocupación ante cualquier señal de malestar forman parte de esa dinámica. Desde su vivencia, el aprendizaje es claro: “Si ya una mascota es una responsabilidad grande, un hijo lo es mucho más”, reflexiona.

La segunda especialista consultada Ana Raquel Riera, magíster en Psicología Clínica, explica que cuando una mascota entra en el hogar se integra en las rutinas y en la organización diaria. Alimentación, salud, protección y planificación generan un lugar dentro del sistema familiar.

“Llamarlos “hijos” no necesariamente implica sustituir la maternidad o paternidad humana, sino reconocer simbólicamente que forman parte de esa estructura afectiva y cotidiana”, señala. Más que una equivalencia biológica o jurídica, se trata de una construcción social basada en prácticas de cuidado y convivencia.

En este contexto, algunas personas ya no definen su familia únicamente por la sangre o la filiación legal, sino también por la convivencia significativa y las responsabilidades compartidas. Se trata de una transformación cultural que, según la especialista, no debe interpretarse como negativa, sino como una ampliación de la red afectiva. “Las mascotas no son solo compañía, sino también actores que participan activamente en la dinámica familiar. Influyen en los horarios, en la distribución de tareas y en las decisiones. Forman parte del espacio íntimo y generan prácticas constantes de cuidado”, explica.

En un contexto donde las decisiones sobre maternidad, paternidad y proyecto de vida se analizan con mayor conciencia, el vínculo con una mascota puede convertirse en un espacio de cuidado, aprendizaje y conexión emocional. “Muchas personas ya no definen a su familia únicamente por la sangre o la filiación legal, sino también por la convivencia, el cuidado y las responsabilidades compartidas. Algunas investigaciones describen estos hogares como unidades de convivencia significativa entre humanos y mascotas”, dice.

La Magíster explica que, más allá de etiquetas o definiciones rígidas, lo que permanece es la necesidad humana de crear lazos. En algunos hogares, esos lazos incluyen a un perro que espera en la puerta o a un gato que se sienta en silencio junto al sofá. Y para quienes lo viven así, eso es suficiente para llamarlo familia.

Elianys Milagros Bonilla Madrid
Psicóloga clínica
Lo que hace que un vínculo sea saludable en cualquier contexto es evitar los extremos. Por ello, si este vínculo se basa en el amor y en la necesidad de proteger a un ser indefenso, sin llegar a la obsesión, no debería considerarse insalubre.
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