Octavio Méndez Pereira

Estas palabras de Julio Linares fueron pronunciadas en homenaje al primer Rector de la Universidad de Panamá, el 14 de agosto de 1960

Nuestra primera Casa de Estudios, acrópolis de la cultura y de la intelectualidad panameña, por razones que no llego a comprender, ha querido que sea yo, el menos indicado quizás de sus catedráticos, el que venga en solmene romería ante esta ciudadela del silencio a rendir tributo de admiración y respeto a la memoria de aquel sublime idealista que, por su constancia y perseverancia, logró convertir en realidad el ensueño más excelso de su vida: la Universidad de Panamá.

Y al cumplir tan grata como preciada misión, no puedo menos que expresar mi agradecimiento por la distinción de que he sido objeto y que me brinda la oportunidad de honrar públicamente al ilustre varón que nos legó el noble designio de hacer de la universidad, fragua encendida de nuestro destino, atalaya y fortaleza de nuestras libertades y antena de los afanes y dolores, alegrías y esperanzas de nuestro pueblo; porque eso quiso, damas y caballeros, que fuera la Universidad de Panamá, Octavio Méndez Pereira.

Hace solo seis meses que el preclaro Maestro de la juventud panameña emprendió su marcha por los senderos silenciosos de la eternidad y al encontrarme hoy ante el sepulcro que guarda piadosamente sus despojos venerables, la intensa emoción que experimenta mi espíritu ha alejado de mi la musa inspiradora, sin cuya protección no es posible pretender bosquejar siquiera la necrología del distinguido desaparecido.

Por ello, permitidme que abusando de vuestra conocida benevolencia os diga solamente que en Octavio Méndez Pereira moraba el estadista que, desde el Ministerio de Educación Nacional, fundó escuelas normales y rurales, la profesional de mujeres, bibliotecas y el Museo Nacional, porque, como él muy bien comprendía, un país pequeño y débil como el nuestro, que luchaba y continúa luchando contra dificultades y obstáculos, debe ir echando por sus caminos, jóvenes preparados para intervenir con mayor o menor eficiencia en la formación de su propio destino; el educador que no solo predicaba sobre la necesidad de una educación democrática que facilitara a las clases populares su ascenso en la vida nacional, sino que consideraba, además, que el verdadero problema de la educación radicaba en suprimir la condición que hace de la cultura un privilegio, es dignificar el trabajo equilibrando las formas de la cultura y suprimiendo las jerarquías entre ellas, y en hacer más alta la interpretación de la civilización como organización del servicio social; el diplomático que supo representar a nuestro país con decoro y dignidad como ministro en Misión Especial ante el gobierno de Chile, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario ante los gobiernos de Francia y de la Gran Bretaña, y como delegado de Panamá a la Conferencia de San Francisco y ante la Segunda Asamblea General de las Naciones Unidas; el periodista que, considerando el periodismo como género literario más leído en nuestros tiempos, se alzaba contra los que pretendían reducirlo, a la simple difusión más o menos sensacionalista o más o menos escandalosa de noticias y rumores, que al alejarlo de sus verdaderos objetivos le impedía, al mismo tiempo, convertirse en tribuna de orientación y de divulgación, cátedra de enseñanza y fuente de informaciones útiles sobre las actividades humanas; el moralista que ante las pasiones y reversiones que infiltraban en el espíritu de la juventud gérmenes nocivos, que al matar el anhelo de perfeccionamiento nivelaban sus aspiraciones con las de los politicastros de aldea, lleno de angustia hacía un llamado a los educadores para que pusieran oído atento al corazón de nuestra juventud estudiantil; y al escritor que siendo poseedor de una vocación literaria exquisita, transitó por los distintos campos de la literatura y nos dejó obras de verdadero valor como “Parnaso Panameño”, “Justo Arosemena”, “Emociones y Vocaciones”, “Fuerzas de Unificación”, “Vasco Nuñez de Balboa”, antología del Canal”, “Tierra Firme”, etc.

Así era el Octavio Méndez Pereira a quien venimos a tributar este sentido homenaje. Así era el Octavio Méndez Pereira que al meditar sobre lo que nosotros somos y significamos, y sobre todo lo que deberíamos ser y significar para poder cumplir sin humillaciones con nuestro destino histórico, manifestaba: “Pocos países como el nuestro necesitaban basar en la cultura la fuerza que no le dan sus cañones ni el número de sus habitantes, ni la extensión de su territorio; pocos países como el nuestro – agregaba - necesitan, por su posición geográfica e internacional, ser atenta y tribuna del pensamiento, baluarte de los fueros de la inteligencia y de los ideales de libertad y democracia. El estudio, el saber, la investigación personal, la cultura auténtica, son los únicos medios por los cuales podremos los panameños tomar puesto digno en el mundo republicano y en la lucha por la vida.”

Pero si Méndez Pereira se nos presenta como el estadista y el educador, como el diplomático y el periodista, como el moralista y el escritor, que hacen de él una de las figuras cimeras de la nacionalidad, y como el querido maestro que guiaba a la juventud como lo hizo Virgilio con el inmortal Dante en la Divina Comedia; también vemos en él al patriota que poniendo de manifiesto una notable concepción de las relaciones internacionales, con elación e hidalguía salía en defensa de nuestro istmo cuando las circunstancias lo demandaban, porque si Méndez Pereira le señaló derroteros a su propia existencia estos derroteros no fueron otros que los que lo llevaron, no hacia la creación de la Universidad de Panamá, sino más bien hacia el amor y hacia la defensa de esta patria nuestra. Y ello es así, porque Méndez Pereira siempre creyó con fe inquebrantable – y por ello estimó siempre una obra del más elevado patriotismo la creación de nuestra primera casa de estudios – que, en las naciones débiles y pequeñas como la nuestra, sobre las cuales se ciernen, como él mismo decía, los nubarrones del imperialismo de los fuertes, cultura general, ciencia e investigación significaban, más que en ninguna otra, autonomía, personalidad, y libertad efectiva.

Y ese amor y ese deseo de defender a la patria lo encaminan en 1921 a Santiago de Chile, en calidad de ministro en Misión Especial, a interesar, como en efecto interesó, al gobierno de aquella nación hermana en el caso de Panamá la inerme, que por días atravesaba quizá por el período más doloroso y escabroso de su historia republicana. Y cuando en actitud montaraz, por decir lo menos del Dr. Alfredo L. Palacios, presidente de la Unión Latinoamericana de Buenos Aires, fundándose en una equívoca concepción e interpretación del Canal Ístmico, y de nuestra situación internacional que lo llevó a impugnar nuestra soberanía, rechazó la galante invitación que le hiciera la comisión organizadora del Congreso Bolivariano para asistir a la magna reunión conmemorativa del Congreso Anfictiónico de 1826; y ese amor y ese deseo de defender a la patria, que nunca se extinguió en Méndez Pereira, lo impulsan a contestarle al descortés que la soberanía de Panamá es un derecho absoluto y total, como la de cualquier gran potencia del mundo.

Y continuaba Méndez Pereira amando y defendiendo a la patria desde sus “Motivos Efímeros”, cuando después de analizar las causas de nuestra secesión y ante la leyenda negra que la vulgar patria de Bunau Varilla y sus secuaces habían hecho rodar por el universo, estimaba la imperiosa necesidad que Panamá hiciese publicar y difundir por todo el mundo sajón una historia sucinta de su emancipación, en que la narración de los hechos serena y verídica, fuera hecha con criterio de historiador. Y es que en Oçtavio Méndez Pereira anidaba el patriota por excelencia. No el patriotero calculador que se acuerda que es panameño cuando un cambio de nuestras relaciones internacionales puede mejorar o perjudicar sus bastardos intereses. Para Méndez Pereira el honor de nuestra patria, la dignidad de nuestro pueblo, acompañados del trabajo y la honradez, valían más, pero mucho más, que todos los beneficios económicos que podríamos obtener y por ello es que lo que consideraba como lo más hermoso, como lo más justo, como lo más idealista y lo más de acuerdo con nuestra tesis y nuestros sentimientos, era que flameara orgullosa en la Zona del Canal el pabellón de las dos estrellas.

Señores: Al cumplirse el sexto aniversario del fallecimiento del insigne Maestro, repitamos ante su tumba el juramento académico que desde la UNESCO propuso para todos los universitarios del hemisferio y juremos, en consecuencia, luchar con toda nuestra capacidad “por la dignidad del hombre, por la cultura, por la justicia, por la libertad, por el derecho a vivir en paz, sin miedo y sin amenazas, en un mundo donde imperen límpidamente, la democracia y la solidaridad humana”.

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