El legado de Joseph Stalin

OTÁ. La violencia étnica de la semana pasada en Kirguistán es bastante peor de lo que indicaban los cálculos iniciales. La presidenta i...

OTÁ. La violencia étnica de la semana pasada en Kirguistán es bastante peor de lo que indicaban los cálculos iniciales. La presidenta interina del país Roza Otunbayeva aceptó que los muertos podrían ser 10 veces más que los 200 que se creían.

Al mismo tiempo, la ONU dobló el cálculo de desplazados a 400.000. Para completar el oscuro panorama, el vecino Uzbekistán cerró sus fronteras a los refugiados.

Como advertía el International Crisis Group, las declaraciones oficiales de que la situación ya es estable, que la intervención extranjera no es necesaria y que el importante referendo del 27 de junio puede seguir adelante, son peligrosamente prematuras. El escenario se mantiene impredecible. Los observadores no descartan más violencia y, en el mejor de los casos, sanar las heridas podría tomar décadas.

UNA VIEJA TENSIÓN

Se trata de una vieja tensión entre las dos principales etnias del país, alimentada por razones históricas y por las recientes turbulencias de la política local.

Entre 1920 y 1930, Joseph Stalin dividió arbitrariamente la porción de Asia Central que hacía parte de la Unión Soviética, con el fin de evitar una insurrección. El fértil valle de Ferganá fue distribuido entre Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán. Eso profundizó las rivalidades entre etnias por el control de la tierra y el agua.

En Kirguistán, en particular, los uzbekos son apenas el 15% de la población, pero en el sur la población se divide casi por mitades entre kirguises y uzbekos.

LA POLÍTICA LOCAL

De otro lado está la política local. Asia Central es un polvorín con dictadores que vienen de épocas soviéticas. Pero Kirguistán es una excepción. Mientras las vecinas Uzbekistán y Kazajistán han mantenido al mismo hombre fuerte desde los 90, revueltas en este país han depuesto a dos presidentes.

En 2005, la Revolución de los Tulipanes tumbó a Akar Akayev, acusado de corrupto y autoritario. El líder de ese movimiento, Kurmanbek Bakiyev, subió al poder, pero cinco años después fue acusado de los mismos abusos. Después de que las fuerzas de seguridad reprimieron a tiros una manifestación pacífica en la capital, Biskek, con un saldo de 85 muertos, las protestas lo obligaron a abandonar el país en abril.

Para rematar, Akayev era del norte y Bakiyev del sur.

‘Hay un antiguo conflicto para definir quién dirige el país y accede a los recursos públicos. En 2005, el sur le quitó el poder al norte. En la ‘revolución’ de hace un par de meses, el norte se lo quitó al sur’, explicó Neil MacFarlane, experto en Asia Central de la Universidad de Oxford.

‘En el sur ahora hay gente que trata de desestabilizar la región para debilitar al gobierno central’.

Lo Nuevo