Sucedió en Noviembre

PANAMÁ. Caminaba por las estrechas calles de mi ciudad. Recuerdo bien que era una mañana despejada del mes de noviembre. Iba con mis esc...

PANAMÁ. Caminaba por las estrechas calles de mi ciudad. Recuerdo bien que era una mañana despejada del mes de noviembre. Iba con mis escasos 15 años, distraído, cuando choqué con una señora muy elegante que llevaba unos paquetes bajo el brazo. Fui tan torpe que se los tiré al piso y algunos cayeron cerca de un trío de soldados que hacían la ronda cotidiana.

Me disculpé y por enmendar mi error la ayudé a recogerlos. No sé por qué, pero la señora se tornó nerviosa ante la presencia de los militares. Rápidamente se alejó olvidando un envoltorio que había quedado un poco más allá. Antes que pudiera alcanzarlo, lo tomó un soldado y al levantarlo se pudo ver, por una rotura en el papel, que guardaba un paño de color rojo. El militar lo enseñó a sus compañeros con un gesto de disgusto. No sé si porque asoció el color de la pieza de tela con el del partido liberal, eterno enemigo de los gobernantes.

Todavía no me explico por qué reaccioné así. Con un gesto muy natural se lo quité de las manos al soldado y con un simple ‘se lo voy a dar a la señora, la conozco’ doblé la esquina y me les perdí de vista.

Me gustaba caminar por esa parte de la ciudad, que mis padres le llamaban ‘de adentro’. Era más ordenada que la parte ‘de afuera’, donde yo vivía. Me gustaba saltar a la playa, por los boquetes de la antigua muralla y corretear descalzo por la arena dorada o caminar por las grandes lajas de piedra que dejaba la marea al retirarse, y capturar cangrejos o simplemente chapotear entre los charcos de agua salada. Recuerdo que siempre evitaba pasar cerca de las murallas de la fortaleza de Las Bóvedas, donde se acuartelaba el batallón del ejército que llegaba desde Colombia, y donde ondeaba aquella bandera amarilla, roja y azul. Nos decían que era nuestra bandera, era bonita, pero no sé. Algo pasaba con esos colores. En el arrabal, como también le llamaban a la parte de afuera de la ciudad gustaban de las banderas rojas como el color del paño que llevaba en mi frenética carrera que acababa de emprender. Me metí por un callejón y al tratar de mirar atrás para ver si me seguían los soldados, ¡pandan! Volví a tropezar, parece mentira, con la misma señora dueña del paquete. Desde el piso noté su cara de asombro y alegría al ver que le alargaba su tela roja. Me ayudó a levantarme y me hizo subir hasta su casa. Me brindó un vaso de limonada para calmar mi agitación. Mientras lo tomaba, ella se asomó al balcón, creo que lo hizo para ver si me seguían. Después entró más tranquila. Sentado en la sala, pude observar en su mesa de costurera pedazos de telas azules y blancos que parecían estar unidos por la máquina de coser que se veía a un costado. Como pude me despedí, prometiendo tener cuidado y de evitar a la ronda. Bajé las escaleras y con precaución, salí del zaguán a la calle y me dirigí a mi casa en el arrabal de Santana, no sin antes, en el camino, fijarme en la bandera colombiana que ondeaba en un edificio. En ella veía los dos colores de la mesa de la señora y un tono amarillo que no sabía interpretar. Una oleada de desazón me invadió al recordar las historias de los enfrentamientos entre los rojos de afuera con los azules de adentro, que mi papá y los vecinos contaban de tanto en tanto. No hacía mucho había cesado una terrible guerra civil que duró tres años. En la escuela nos decían que pertenecíamos a Colombia y que éramos colombianos, pero a todos nos gustaba llamarnos panameños.

Por eso sentí una gran agitación cuando días después un gran rumor recorrió todo el arrabal. Todos corrían hacia la Plaza de la Catedral.

Yo seguí a mi padre y a varios vecinos. Él que siempre fue muy cariñoso conmigo, al ver que los acompañaba, me dijo firmemente que regresara a la casa, que podía haber violencia. Yo me retrasé, pero los volví a seguir. Sabía que algo grande pasaba y no me lo podía perder. Me mantuve a alguna distancia, nunca los perdí de vista. En la plaza había una muchedumbre. Allí todo era agitación, se oían muchos rumores, algunos decían que era un cabildo abierto en el que el pueblo escogería su destino independiente. Solo alcancé a oír muchas protestas cuando los notables anunciaron que el país se llamaría República del Istmo. Uno, y después muchos, comenzaron a gritar: ¡Panamá! ¡Panamá! ¡ República de Panamá! Nunca esa palabra había resonado más dulcemente en mis oídos Pa-na-má, Pa-na-má. Un sonoro nombre que no se me parecía a ningún vocablo de la lengua española. Pa-na-má. Entonces recordé que la maestra dijo que era de origen indígena. Pa-na-má.

De pronto un cañonazo y d espués otro retumbaron por las cuatros esquinas de la plaza y todos corrieron buscando protección. Un poco después se supo que una cañonera colombiana estaba bombardeando la ciudad y que los soldados de Las Bóvedas la rechazaron. La calma volvió, el pueblo se fue dispersando, esta vez no peleaban entre ellos.

Al día siguiente la ciudad amaneció nuevamente envuelta en rumores. Decían que batallones del ejército colombiano llegarían desde Colón en tren. Que ahogarían la revolución a sangre y fuego. Que colgarían y fusilarían a todos los que fueron a la Catedral ese 3 de noviembre, tantas cosas, unas más terribles que las otras. No obstante, volvimos a agruparnos en la Plaza de la Catedral. Esta vez mi papá me tomó por los hombros y me dijo: ‘Ya tienes 15 años, es hora de que hagas algo portu patria’. Orgullosamente caminé junto a él y entramos a la plaza justamente cuando un patriota apareció desde una esquina ondeando una enseña. Era la bandera más bonita que yo había visto jamás. Estaba dividida en cuatro cuarteles, dos con los colores azul y rojo, unidos por otros blancos, en los que destacaban sendas estrellas de esos mismos tonos.

En tonces reconocí que aqu ellos pedazos de telas que vi en la mesa de la señora se habían transformado en una bandera completa. Que había sido ella la que cosió la enseña de mi país. Vi gente llorando y gritando loas a la bandera. Entonces comprendí que bajo la sombra de ese pabellón nacía una nueva república y que nada ni nadie coartarían su destino de ser libre.

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