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28 de Nov de 2020

Café Estrella

Un occidental perdido en Japón

PANAMÁ. La leyenda de los 47 ronin se basa en una historia real que sucedió en Japón a principios del siglo XVIII. Es una historia de ve...

PANAMÁ. La leyenda de los 47 ronin se basa en una historia real que sucedió en Japón a principios del siglo XVIII. Es una historia de venganza, de justicia y de lealtad que forma parte del folklore japonés y ya fue llevada en ese país al teatro, al cine y retomada por la literatura en decenas de ocasiones. Pero esta vez llega a la pantalla grande la primera versión estadounidense.

Como toda leyenda, la de los 47 ronin fue estandarizando sus datos y nombres con el paso del tiempo. Se podría decir que la versión oficial cuenta la historia de un tal Asano, señor feudal de Ako, que en plena visita del shogun (gobernador de Japón) comete una falta protocolar y es obligado a quitarse la vida con honor por medio de un suicidio ritual llamado seppuku.

Sin embargo, el responsable del desaire habría sido otro samurái llamado Kira. Por eso, después de un año, y de varios idas y vueltas, 47 samuráis sirvientes del difunto jerarca (ahora llamados ronin, que es el nombre por el cual se conoce a los samuráis sin amo) se dedican a llevar adelante la venganza de la mano de Oishi, uno de los principales consejeros de Asano.

Así es, al menos la versión oficial japonesa de esta historia. La nueva versión de Hollywood, con Keanu Reeves como protagonista, cuenta con algunos cambios. Si bien la idea narrativa básica y cierta idea del honor y la venganza del original se mantienen vigentes, el relato ahora incorpora elementos del imaginario medieval (como brujas, demonios y fantasmas), hombres de más de dos metros de altura, bellas princesas y amores eternos e incondicionales.

La Leyenda del Samurái comienza justamente con una escena de mucha acción y efectos especiales, al mejor estilo Hollywood, que incluye a una bestia y una lucha a muerte. Durante esos primeros minutos, pareciera que todo seguirá por ese camino y no le dará demasiada rigurosidad a la adaptación. Pero los elementos fantásticos pasan a una segunda línea y son reemplazados por diálogos estáticos y acción samurái sin sangre.

El personaje de Keanu Reeves, Kai, también es un agregado a la historia original. Es un personaje que, por su condición de mestizo —es hijo de un marino inglés y de una campesina japonesa—, no puede convertirse en samurái ni tampoco vivir con el resto de los ciudadanos de Ako. Por eso, desde niño es criado por los tengu, una secta de monjes guerreros y con poderes sobrenaturales que le enseñarán a pelear como nadie.

Este nuevo personaje, sin embargo, hace que por momentos se pierda la figura protagónica y resulte difícil generar empatía. Al hacer que Kai (Keanu Reeves) y Oishi (Hiroyuki Sanada), líder de los samuráis (convertidos en ronin), se conviertan en personajes de importancia y objetivo similar, la atención se divide. Sobre todo porque Keanu Reeves, que debería ser la indiscutible primera figura, no logra generar desde su papel la energía suficiente para cargar la película sobre su espalda.

No hay nada malo, por supuesto, en que una película no siga el relato original al pie de la letra o agregue nuevos personajes. Incluso podría haber sido interesante una adaptación o una nueva lectura de esta leyenda. Pero es el producto terminado el que debe justificar estos cambios. Y, en esta ocasión, no sucede.

El gran desafío de esta película era recrear este clásico del siglo XVIII de la historia japonesa desde Hollywood, con un actor que no es japonés y con un director que nunca había filmado una película y de repente se encuentra con 175 millones de dólares en sus manos para lograrlo.

El resultado del debutante director Carl Rinsch es un híbrido, al igual que el mestizo Kai (Keanu Reeves). La película es una mixtura entre la solemnidad de la leyenda y escenas espectaculares al mejor estilo hollywoodense. Pero no siempre logran ensamblarse de la mejor manera.