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22 de Oct de 2020

Cultura

Muere el mensajero, sobrevive el mensaje

“PAZ, PAZ, PAZ. . ” La palabra, repetida una y mil veces en la misa ofrecida por el asesinado periodista Christian Poveda, sonaba como s...

“PAZ, PAZ, PAZ. . ” La palabra, repetida una y mil veces en la misa ofrecida por el asesinado periodista Christian Poveda, sonaba como si fuesen flashes disparados una y otra vez para encender la conciencia social frente a un fenómeno que carcome a El Salvador: las maras. Paz, un llamado de urgencia a la reflexión, que el fotoperiodista de origen franco-español de 54 años y autor del documental “La Vida Loca” -un dramático retrato de vida y de muerte en el corazón de las maras- pagó con su vida.

El pasado 2 de septiembre, su cadáver acribillado fue encontrado con cuatro impactos de bala en el rostro. Días antes de su muerte, Christian había expresado su preocupación porque algunos de los hijos de maras que conocía habían desarrollado formas aún más atroces de cometer delitos. Ahora se presume que fueron ellos quienes le asestaron los cuatro balazos en un solitario Puente de Las Cañas de Apopa, al norte de la capital, donde con frecuencia inician sus batallas las maras rivales.

Los supuestos asesinos, de acuerdo con las autoridades, son 4 pandilleros de la Mara 18 y el policía José Napoleón Espinoza, un agente asignado al sistema de emergencia 911 del municipio de Soyapango. El policía, que habitaba en zona controlada por los “mareros”, se dice que había obtenido beneficio de las extorsiones que ellos practicaban.

Aparentemente Espinoza le habría informado a los líderes pandilleros que el periodista tenía un rol de “oreja” para la Policía Nacional Civil. A Poveda lo habían citado para que rindiera su versión, sin embargo él nunca acudió a la cita y se supone que esto ocasionó su asesinato.

EL TRABAJO QUE LE COSTÓ LA VIDA

Poveda había llegado a El Salvador años atrás para cubrir el conflicto civil. Era, definitivamente, un reportero de guerra. Había estado durante 30 años en decenas de conflictos: Cuba, Irak, El Salvador, Líbano, Nicaragua, Guatemala...Allá donde hubiera una noticia, allí estaba él. Hijo de exiliados españoles y nacido en Argel, comenzó como fotógrafo en el Sáhara Occidental, publicó en medios impresos de todo el mundo, y realizó una docena de documentales para televisión.

Volvió a El Salvador en 2003 por encargo de “París Match” a retratar a los integrantes de la mara La 18. De allí nació “La vida loca”. "Durante 16 meses establecí un clima de confianza con los jefes de la mara La 18, sabiendo que era un proyecto a largo plazo", aseguraba Poveda. Día a día los siguió con la cámara. Mientras duró la filmación, algunos murieron, otros acabaron en la cárcel.

En una entrevista concedida a IPS a finales de 2008, Poveda relató crudamente el impacto que produjo en su vida la realización del documental. “Lo más duro fue relacionarme con jóvenes con quienes compartí 16 meses y luego verlos morir, y tener que volverlos a filmar. Hasta ahora, yo había fotografiado a muchos muertos pero no los conocía. Pero filmar a alguien muerto con quien te has vinculado es otra cosa”, afirmaba.

“Cuando los entrevistas, te das cuenta de todo el odio que tienen contra la sociedad, y muestran ese odio a través de las expresiones más violentas posibles. Pero también aprendes que muchos viven en el mundo del alcohol y las drogas, y han sufrido desde que nacen marginación, pobreza, desintegración familiar, abandono, abuso, represión policial y rechazo. Nunca he tenido la sensación de estar en el infierno, pero sentí que la gente a la que estaba filmando sí lo estaba”, aseguraba entonces el periodista

“La Vida Loca” fue filmada durante 2006 y 2007, en una de las comunidades más violentas del país, Colonia La Campanera, en Soyapango, otro municipio de San Salvador, donde 120 familias conviven en hacinamiento con unos 50 miembros de la Mara 18. En él se muestra el rostro humano de los pandilleros, la discriminación, sus ideales, su frustración y la ira que trae el abandono familiar, así como su “estilo de vida” en las llamadas “casas destroyer”, donde se reúnen para tomar alcohol, para drogarse, divertirse y hasta planear sus fechorías.

Poveda puso el ojo también en cómo es una familia pandillera, la relación de los padres con sus hijos, el sentido de pertenencia, sus códigos de lealtad y el lenguaje particular de la “clica”, es decir de la célula pandillera.

Lo que más impacta en la mirada de Poveda es que retrata las distintas facetas de la vida cotidiana de los mareros y penetra a fondo en sus contradicciones. Muestra a seres inclementes que son capaces de extorsionar, golpear y cometer los más atroces crímenes, pero también a seres humanos víctimas del maltrato y exclusión de la sociedad y de un sistema que se ha olvidado de invertir en ellos.

“La Vida Loca” aborda también un programa piloto impulsado por la institución “Homies Unidos”, una panadería para reinsertar a los “Dieciocho” (los pertenecientes a la Mara 18) a la vida productiva. Se trataba de cambiar su imagen de terror y de seres despiadados por personas rehabilitables, sobre todo aquellas recién reclutadas en sus filas.

El periodista rechazaba el destino fatal de los jóvenes mareros. Su apuesta, aunque arriesgada, era un llamado a buscar la rehabilitación antes que la represión policial, que no ha podido frenar un monstruo cuyos seguidores en El Salvador suman ya más de 13 mil y superan los 140 mil en el continente americano.

Es conocido que Poveda pretendió entender las raíces y posibles soluciones al problema de las maras. “Él estaba dispuesto a ser interlocutor entre las pandillas y el gobierno para llegar a un proceso de negociación, algo parecido al proceso de paz, asegura el Director del periódico salvadoreño Co-Latino, Francisco Valencia.

Su muerte ha desatado un polvorín. El video en formato DVD, ya pirateado, se vende copiosamente en las calles de San Salvador, donde los pandilleros intentan sacar provecho cobrando una renta por venderlo. La cinta había sido estrenada en el Museo Nacional de Antropología en meses pasados y se presentará a fines de septiembre en Francia.

Oscar Alas, un periodista amigo de Christian y quien lo conoció cubriendo la revolución sandinista, describe en pocas palabras la paradoja de su vida y de su muerte. "Jamás imaginé que moriría en mi país, a manos de asesinos con los cuales él compartió y a quienes trató de rescatar...mataron a una de las pocas personas que creía en su reinserción...", asegura.

En la despedida que le ofrecieron sus amigos en San Salvador, resonó como un eco sordo esa palabra paz, por la que él tanto luchó, pero que terminó siendo su asesina, aunque quienes lo conocieron aún guardan la esperanza de que su memoria sirva para que se cumplan las palabras pronunciadas por el Obispo Auxiliar, Gregorio Rosa Chávez, en la ceremonia: “Han matado al mensajero, pero su mensaje debemos difundirlo”.

* Con información de Leyla Pineda