Temas Especiales

30 de Mar de 2020

Cultura

‘Hasta la última gota’

A María Mercedes de Corró, el periodismo le corre por las venas, lo transpira. Basta cruzar con ella unas pocas palabras para descubrir ...

A María Mercedes de Corró, el periodismo le corre por las venas, lo transpira. Basta cruzar con ella unas pocas palabras para descubrir su infinita curiosidad, su profundo desasosiego intelectual y su forma inquisidora, pero al mismo tiempo sosegada de ver el mundo. Economista de profesión pero escritora por vocación, “Chelle” –como la llama cariñosamente todo aquel que la conoce – es una narradora nata que no dudó en hacer una pausa en su exitosa carrera de periodista cuando la casualidad puso en su camino la posibilidad de escribir una biografía de Gabriel Lewis Galindo. “No soy una persona que se fija objetivos y los persigue hasta alcanzarlos”, dice con desnuda franqueza. “Más bien me voy detrás de las oportunidades que despiertan mi curiosidad o mi interés”. Y así fue. Había oído alguna vez a los Lewis –con quienes tiene vínculos familiares– expresar su deseo de hacer una biografía de su esposo y padre. Un día, cuando su curiosidad la llevó a preguntar por el proyecto, sin proponérselo término con él entre sus manos. “En 2007 me llamó Nita, la viuda de Gabriel Lewis. Me senté con ella y después de una conversación por las ramas, al final me dijo ‘empieza’. Y empecé. Había quienes me decían ‘estás loca’. Pero a medida que avanzaba, me daba cuenta de que era un personaje aún más fascinante”.

No es fácil para un periodista entrevistar a otro periodista. Ni para quien está acostumbrado a hacer las preguntas ser quien las responde. Sin embargo, como podrán dar fe quienes la conocen, conversar con Chelle, resulta un placer que bien puede prolongarse por horas. Con su sencillez, su tono pausado –detrás del cual mimetiza una gran pasión por lo que hace – y su calidez, lo transporta a uno fácilmente a través del camino que ella misma recorrió durante esos dos años que dedicó a buscar en Panamá, Bogotá, Washington y Atlanta, las claves que le permitieran penetrar el alma de Gabriel Lewis para develar su verdadero ser. “No puedo negar que a veces me sentí abrumada”, confiesa. Y es que no puede resultar fácil escribir la biografía de alguien tan arrollador como Gabriel Lewis y menos cuando se tiene tanta cercanía con su familia. “Durante 18 meses trabajé con total independencia. Cuando tuve el primer borrador, al principio lo iba a leer Nita. Pero poco a poco los seis hijos se fueron interesando y terminaron leyéndolo todos, algunos hasta dos y tres veces”, anota, sin escatimar palabras para expresar la generosidad y la valentía con la que la familia Lewis Galindo hizo frente al proyecto. “Algunos se plantearon qué tan relevante era para la biografía poner uno u otro aspecto de su vida personal. Un día les dije ‘su papá fue un hombre osado, un pionero y se hizo valorar y querer completo, como es. Hay que mostrarlo todo, porque al mostrar su humanidad se le permite al lector acercarse a él’. Y así fue”. El libro terminó siendo, como lo dice en el prólogo Mario Galindo, una obra de cuyas páginas emana un hombre “con todos sus pelos y señales, con sus muchas virtudes y también con las flaquezas propias de su humana condición”. +3B

VIENE DE LA PORTADA

Para lograr su propósito, durante dos años María Mercedes persiguió todo libro, artículo o personaje que pudiera revelarle cómo era ese hombre que con su inteligencia, desenvoltura y osadía, logró finalmente que el Congreso norteamericano ratificara el Tratado Torrijos-Carter por el cual Estados Unidos devolvería el Canal a Panamá. Pero no sólo eso. Se trataba de además de contar la historia del gran desarrollador de Contadora, el artífice de la maniobra que le permitió a Estados Unidos sacar al Sha de Irán para encontrar una salida al difícil caso de los rehenes en 1979, y uno de los grandes luchadores, desde el exilio, contra la dictadura del general Noriega.

En su búsqueda, María Mercedes trató de entrevistar a todo el que pudiera aportar algo a su historia. Desde los ex presidentes Jimmy Carter y Alfonso López Michelsen hasta Moisés Castillo, un ingeniero que trabajó con Lewis en el desarrollo de Contadora y cuya descripción sencilla y honesta fue una de las que más la impresionó entre todas las que recogió para el libro.

“EL TRACTOR”

A través de los distintos personajes que conocieron a Gabriel Lewis, Chelle deja al descubierto a un hombre que, como ella misma lo describe, “rompe paradigmas constantemente, casi sin proponérselo, como si no tuviera referentes, pragmático, que no juzga, no se ofende y no tiene ningún tipo de equipajes, ni culpas, remordimientos o rencores”. “Dicen que era egocéntrico”, agrega después de una breve pausa que aprovecha para apurar un sorbo de café. “Realmente los proyectos que ocupaban su tiempo y su mente, eran los ‘suyos’. Pero al mismo tiempo, era una persona capaz de generar gran lealtad y afecto de quienes trabajaban con él. Se podía sentar por igual a cenar con (Henry) Kissinger o en el desayunador de su cocina a conversar con quien le manejaba el bote y sentirse también a gusto y divertirse. No tenía barreras.?Gabriel era como un niño. Generoso, auténtico, noble, y también egoísta”.

Desde el principio, Chelle tenía claro el tono del libro. “Traté de contar su vida, no juzgarla, y en ciertos momentos críticos insertar opiniones relevantes de personas que yo creía tenían la autoridad para opinar. El lector es quien tiene que formarse un juicio definitivo sobre él”, agrega con convicción. Es por eso que con la misma fuerza con la que narra los episodios en que se puede apreciar la grandeza de Lewis Galindo, deja entrever sus flaquezas y debilidades. “Era impetuoso y cuando se entusiasmaba con un proyecto, se lanzaba sin medir muy bien las consecuencias. Le pasó con Contadora, donde en un momento, la situación financiera se volvió crítica y también con otros proyectos empresariales. Lo apodaban “el tractor” por su capacidad de atravesar montañas, lo cual es positivo, pero también era una persona avasalladora en la persecución de sus objetivos”, anota sin contemplaciones.

–¿Cuáles cree que fueron sus grandes frustraciones? “Yo me hice esa misma pregunta al final. Hay quienes piensan que él hubiese querido ser presidente, pero yo creo que a él las estructuras le resultaban muy incómodas”, responde sin titubear. “Nicky Barleta consideró darle un ministerio, pero lo dejó como ministro plenipotenciario porque consideraba que Gabriel Lewis era una persona que quería estar en todo, pero al final no quería estar en nada. Él alcanzó mucha realización personal y no creo que algo que se la haya quedado sobre el tapete, excepto vivir más. Esa era su desesperación. Peleó mucho por la vida”.

En esa, y en todas sus batallas, su gran compañera fue sin duda alguna Nita Navarro de Lewis. “Ella fue resistente, como el hilo de pescar”, dice Chelle. “Se adaptó a todos los cambios, moderó sus conductas, sin obstaculizarlas. Lo acompañó y le permitió tener una familia sólida, que en ese ambiente y esa época, no era la norma”, describe María Mercedes, sin ocultar la gran admiración que siente por ella. “Después de la presentación del libro, uno de los hijos me dijo ‘la que se merece un aplauso es mi mamá, que nos enseñó que no había que tenerle miedo a la verdad’ y creo que así es”, agrega.

EL AGENTE LEWIS

Entre los episodios quizás menos conocidos de la vida de Gabriel Lewis, y que el libro narra con detalle, está su participación –mínima pero significativa– en la liberación de los rehenes estadounidenses en Irán en 1979 y en el refugio del Sha en Panamá. “Como embajador en Washington, Gabriel se hizo amigo del embajador de Irán, que había sido yerno del Sha. Cuando viene el episodio de los rehenes, el Sha está en Estados Unidos y la presión para extraditarlos es enorme. Había que sacarlo de Estados Unidos para poder empezar un diálogo. Torrijos ofreció a Panamá y Gabriel ofreció su casa en Contadora. Como Gabriel era amigo tanto de los demócratas como de los republicanos, les daba tranquilidad a los dos sectores”, cuenta María Mercedes. Sin embargo, los buenos oficios de Lewis no pararon ahí. Cuando se va el Sha y llega el régimen fundamentalista, Estados Unidos no tenía interlocutor en Irán, así que Lewis trata de establecer una conexión con unos abogados que llegan a Panamá supuestamente a pedir la extradición del Sha. “La participación fue rápida y no dio necesariamente los frutos que esperaba. Él estaba dispuesto a irse incluso a Teherán. No llegó, pero fue relevante”, agrega.

Al final esta intervención, aparentemente sin importancia, tuvo una gran trascendencia en la vida de Lewis. “Cuando necesitó un trasplante de pulmón, lo tenían que poner en una lista de espera. La edad máxima para ser apto para el trasplante era de 60 años y él tenía 66 o 67, y uno de los factores que ayudó para que lo incluyeran en la lista fue su participación en el caso de los rehenes”, narra María Mercedes.

Otro de los episodios fascinantes de la vida de Lewis está ligado con su desarrollo como joven empresario. “El banano se colgaba en racimos en los barcos de la United Fruit Company, pero a veces se desprendían y se magullaban. Surge entonces la idea de empacarlos. Gabriel Lewis tenía un negocio incipiente de cajas de cartón y decide proponer que se haga en esas cajas y así empezó a vender cajas de cartón para todas las exportaciones de la región,” cuenta María Mercedes, sin ocultar su admiración.

TORRIJOS Y CARTER

Una de las revelaciones más sorprendentes del libro es una conversación entre Torrijos y Gabriel Lewis, grabada con anuencia del general, en la que se muestra claramente la desesperación que rondaba en el ambiente ante las dificultades para la ratificación del Tratado del Canal. “Gabriel quedó fascinado desde que conoció a Torrijos”, dice María Mercedes. Ambos tenían una personalidad informal, eran relajados, pragmáticos, y a cada uno, a su manera, le gustaba el poder. Tenían una excelente relación y Gabriel era una de las pocas personas que se atrevía a decirle ‘No’ a Torrijos”. Su cercanía se convirtió en una poderosa arma en todo el proceso de ratificación del Tratado. Lewis tenía acceso directo y permanente a Torrijos, lo cual –sumado al poder del general en Panamá- le generó el empoderamiento que necesitaba para llevar a feliz término el proceso, en el cual la empatía que Lewis generó con Carter fue otro factor fundamental. “Cuando le presentó sus credenciales a Carter –cuenta María Mercedes ene el libro- Gabriel le pidió disculpas por cualquier error que pudiera cometer, explicando que él era un industrial y ‘no sabía nada de etiqueta’. A lo que el presidente respondió: ‘Yo soy un agricultor, yo tampoco sé mucho de etiqueta’.”

“Gabriel fue consciente del costo y el esfuerzo que representó para Carter la firma y la ratificación de los tratados, pudo valorar mejor que nadie lo que hizo, y a ello se debe el que la familia Lewis haya seguido cultivando esa relación y se haya esforzado por hacerle sentir a los Carter que tienen en Panamá respeto, acogida y una gente que reconoce lo que hicieron”, anota María Mercedes.

ELLA Y “ELLAS”

Poco a poco va pasando el tiempo. Llevamos más de una hora de conversación, saltando desordenadamente de un tema a otro. “No sé cómo vas a esculpir después esto”, me dice Chelle con la experiencia de quien ha realizado en su vida cientos de entrevistas. “Las entrevistas te dan la oportunidad de conocer a las personas en un plano íntimo y hacer una conexión maravillosa”, agrega. Y es cierto. Por eso, no puedo dejar de preguntarle por ella, por sus retos, sus temores. “Soy Introspectiva, me gusta leer y escribir. A veces lamento que son actividades inevitablemente solitarias y trato de forzarme a salir de ellas para interactuar con la gente”, confiesa, con un “no me caracterizo por la seguridad en mí misma?”, que después de esta conversación me parece difícil de creer y menos de quien durante tantos años fue el motor creativo de varios de los suplementos de ”La Prensa” y hoy hace parte de su junta directiva. Aunque no se considera el prototipo de la mujer panameña –“no sé bailar?con eso lo digo todo”– desde la revista “Ellas” descubrió que las panameñas son echadas para adelante, buscan las oportunidades y las aprovechan, se quieren educar, progresar, verse bien y encuentran tiempo para todo, hasta para ser presumidas. “Soy vanidosa, pero no me gusta invertir mucho en verme mejor. No estoy dispuesta a hacer los sacrificios que hacen otras mujeres para verse bien”, reconoce.

– ¿Cuál es esa historia que aún no ha escrito y quisiera escribir?

”La de algunas mujeres que conozco con un recorrido borrascoso y pedregoso, que me resultan admirables. Lo importante no es elegir quién, sino alguien dispuesto a desnudarse, que es lo difícil, porque todos tenemos capas y capas encima. Una Mireya Moscoso, quizás?”

– ¿Está usted dispuesta a desnudarse en una entrevista? , pregunta entonces en tono de reclamo Mónica, la fotógrafa, que lleva cientos de fotos disparadas y aún no se siente satisfecha con el resultado.

“Soy super reservada”, responde de inmediato, en tono de autoreflexión y tratando de soltarse un poco para Mónica. “Eso ayuda en el trabajo de entrevistadora. Soy buena escucha, me encanta oír hablar a los otros. Hay quienes buscan todo adentro. Yo lo busco afuera”.

Aún con esa advertencia de por medio, trato de penetrar un poco más en su vida.

– ¿Cómo es de mamá?

Me mira, lo piensa, y finalmente responde: “Soy muy autocrítica. Hacia afuera soy más benevolente, pero con mis hijos (Diego de 22 años, Natalia de 16 y Analida de 15) soy muy crítica. Eso sí, tenemos una muy buena relación y los admiro muchísimo”, complementa.

– ¿Qué piensan ellos del libro?

“Analida, la más chiquita, cuando se lo enseñé, me dijo: ‘Siento que tengo 3 años de la vida de mi mamá en las manos’. Le respondí ‘a ti te parece que fueron tres, pero fueron dos’. Ellos siempre han sabido que yo estoy ocupada en mis proyectos, pero que cuentan conmigo, que los adoro y creo que están contentos también con el libro.”

– ¿Y su esposo?

”Raúl me ha dado siempre un espacio para tener un criterio y una opinión. Ha sido respetuoso de mi individualidad y mi forma de pensar. Eso sí.. a veces me paraba corriendo del computador a medio arreglarme para que no se diera cuenta de que no me había parado ni un minuto en todo el día”, reconoce con picardía. “Este trabajo es absorbente, pero conté siempre con su apoyo”.

Avanza la mañana, ya es más de medio día y llega la hora de despedirse. A punto de finalizar le pregunto cuál quisiera que fuera su epitafio. “Fue una buena persona”, responde sin vacilación.

– ¿Para ser buen periodista hay que ser buena persona? , pregunta nuevamente Mónica, con su insaciable curiosidad.

“A una persona muy buena le va a costar trabajo cuestionar. Pero sí se necesitan ideales y valores para ejercer el periodismo. Si crees que el fin justifica los medios, no puedes lograrlo. Para ser periodista hay que hacer juicios, criticar y criticarte a ti mismo. Esa debe ser siempre una regla en todo, la familia, los amigos, el oficio...”

– Y a Lewis, ¿cómo cree que lo juzgará la historia?

“Era un hombre que no se quedaba quieto y las personas que no se quedan quietas se equivocan. Era una persona rica en matices, que se fogueó en la arena. Una persona más reflexiva y autocrítica se paraliza. Pero ese no era su caso. Él estaba programado para avanzar y avanzar. La muerte fue lo único que lo paró y aún así, él se resistió, hasta la última gota?”, remata, llenando de sentido el título del libro al cual quien lo lea se dará cuenta de que ella se entregó también “hasta la última gota”.