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02 de Apr de 2020

Cultura

Artista con rostro de muñeca

A pesar de su semblante tierno y apacible, de sus grandes ojos soñadores que recuerdan un mar en sosiego, Adriana Linares es una preadol...

A pesar de su semblante tierno y apacible, de sus grandes ojos soñadores que recuerdan un mar en sosiego, Adriana Linares es una preadolescente dinámica y polifacética. Ya sea sobre las tablas, encarnando el clásico personaje de la huérfana Annie, en la homónima obra, o en la sala del departamento de su abuela, Albalyra Franco de Linares, donde nos recibe con el uniforme de su equipo de fútbol escolar, Adriana irradia una carisma casi génetico, un don que ejerce sin ningún tipo de esfuerzo aparente.

Al parecer, esta facultad inconsciente de atraer y fascinar no pasó inadvertida para un avezado hombre de teatro como Bruce Quinn, quien a lo largo de más de medio siglo de trayectoria ha tenido el tiempo y la oportunidad para afinar sus habilidades como caza talentos. Cuando Adriana lo conoció por primera vez, hace aproximadamente tres meses atrás en la Academia de Danzas Steps, durante las audiciones del musical “Annie”, que fue llevado a escena el pasado mes de septiembre en el Teatro en Círculo, no estaba al tanto de su prolífica carrera como director de obras como “Evita” y “Un violinista sobre el tejado”. “Cuando hicimos las audiciones, no tenía idea de quien eran Bruce Quinn. Ese día me encontraba ensayando en la academia junto a mi amiga Alida de Fábrega, cuando ambas decidimos asistir, más que nada para matar el tiempo. Había una enorme fila de niñas. Entramos en un habitación junto a otras siete muchachas. Adentro se encontraba Quinn, quien nos dio un libreto a cada una. Yo me preguntaba que hacía ese hombre con acento norteamericano ahí”, recuerda la joven, que ademas de cantar, actuar, bailar y jugar fútbol también toca el piano y escribe versos.

Ya desde su primer encuentro con el veterano teatrista, éste le dijo que hiciera el papel de Annie, con el que ya estaba familiarizada gracias a que sus padres, Irma y Adolfo Linares, este último presidente de la Cámara de Comercio e Industrias de Panamá, le regalaron el DVD con la versión cinematográfica de esta obra basada en el libro de Thomas Meehan. “Yo pensaba que actuar nada más era hablar y exagerar. Pero también tienes que estar alerta. Si miras a la audiencia pierdes la concentración. Durante las prácticas, siempre le daba la espalda al público, por lo que Bruce siempre me recordaba la manera en la que tenía que pararme”, comenta, mientras la brisa marina se cuela en el apartamento ubicado en el área de Paitilla, lleno de retratos familiares y algunas pinturas y esculturas creadas por su abuela Albalyra Franco de Linares.

La audición de baile no representó ningún problema para esta precoz artista, ya que danza desde los dos años. Baila tap desde los cinco o seis años, tal como lo demostró en “Annie”, en la que compartió escena junto a los actores Any Tovar, Arturo Montenegro y Melissa Moreno. Asimismo, ha probado su talento para el ballet en dos versiones de “El Cascanueces”, cuyo elenco integró en los años 2007 y 2008, donde tuvo la oportunidad de trabajar por primera vez junto a Alida Gerbaud de Fabrega, productora del montaje de “Annie” y madre de una de sus amigas.

VOTO DE SILENCIO POR EL ARTE

En cuanto a la audiciones de canto, la historia fue otra. A pesar de que conocía las letras del musical en inglés, idioma en que fueron escritas originalmente, nunca había cantado anteriormente en público, sólo en la ducha. Recuerda que entró en una habitación en la que se encontraba el compositor Dino Nugent, quien fue el director musical del montaje. “La gente podía verme a través de una puerta de vidrio, lo que me puso nerviosa”, confiesa con la angelical sonrisa que la caracteriza.

Tras escuchar a Adriana, quien interpretó el tema “Vuela”, el mismo que el año pasado popularizó Margarita Hernández durante su paso triunfal por Latin American Idol, la recomendación de Nugent fue breve y concisa: “Tenía que cantar más agudo”. Fue por ello que esta promesa del teatro panameño comenzó a tomar clases con el profesor Raúl Reinier Tapia, quien le inculcó el hábito de cuidar su voz.

Al parecer las recomendaciones de Tapia calaron hondo en la niña, ya que asegura que durante los meses que duraron los ensayos prácticamente no habló. “Mi mamá me compró un tablero con marcador, para que escribiera y borrara lo que quería decir. Apenas llegaba a la escuela, lo primero que leían mis compañeros era que no podía hablar. Mis amigos y amigas de la escuela sabían que tenía que cuidarme por que estaba en una obra de teatro. Algunos lloraron cuando me fueron a ver. Otros me saludaban desde el público durante las funciones”, dice, mientras la tenue luz del ocaso pareciera acrecentar la palidez de su rostro de muñeca.

CUMPLEAÑOS SOBRE LAS TABLAS

El musical “Annie” no solo representó el debut de Adriana como cantante y actriz, sino que también le sirvió para conocer de primera mano la camadería que puede surgir entre un grupo de actores que participan en una misma pieza teatral. Durante el mes que la obra se mantuvo en cartelera, tuvo la oportunidad de compartir el camerino con actrices como Melisa Moreno y Any Tovar. “Ellas me decían que parecía una 'mini adulta'”, rememora.

Si sus compañeras más experimentadas se ponían nerviosas antes de salir a escena, Adriana no se percató de ello. En su caso muy particular, reconoce que los nervios le asaltaban cuando se asomaba a través de las cortinas del escenario y reconocía alguien entre el público. No obstante, la inseguridad se disipaba al momento de pisar las tablas, tal como pudieron constatar aquellos que presenciaron su interpretación de una huérfana poseedora de un inquebrantable optimismo. “La primera vez que vi la película, lo que me gustó del personaje fue el hecho que a pesar de ser pobre y de no poder encontrar a sus padres, nunca bajaba la cabeza ni se ponía triste”, destaca.

Hoy en día, Adriana asiste a la escuela, a sus clases de ballet y a sus partidos de fútbol, mientras alberga la esperanza de retornar en un futuro cercano a las tablas. Después de todo, fue en un escenario donde cumplió sus doce años, durante una de las funciones de Annie, comenzando así una adolescencia que se vislumbra prometedora. Tal vez algún día, cuando se asome ansiosa a través del telón ya no se encontrará con una sala en la que puede distinguir familiares y amigos, sino con un público de Broadway.