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29 de May de 2020

Cultura

Un río de mensajes positivos

PANAMÁ. Su mirada intimida. Sus cabellos azabaches desatan una lucha a muerte con sus canas, que parecen adueñarse del todo de su cabeza...

PANAMÁ. Su mirada intimida. Sus cabellos azabaches desatan una lucha a muerte con sus canas, que parecen adueñarse del todo de su cabeza. Su voz camina lento, pero aún así se aloja en los oídos. Alta, con tatuajes sobre hombros, brazos y espalda, Andrea Echeverry, vocalista de Aterciopelados, atendió al equipo de Ego. Fue una tarde larga para la colombiana, tan larga que a la hora de conversar con este diario ya el sol mostraba su rostro de cansancio, como el de Andrea, surcado por las huellas del tiempo. Y entre risas y autógrafos, remembró: ‘La última vez que vine acá fue en 2001, para una fiesta de disfraces, y el que ganó el concurso estaba vestido de torres gemelas’. Con una camiseta estampada de girasoles la artista no oculta su cara ambiental. ‘Hemos estado empeñados en unirnos con la gente que está en contra de la minería a cielo abierto, de las represas que tienen un impacto negativo sobre la madre tierra’. De sus orejas no cuelgan aretes, pero unas pulseras multicolores parecen devorarle las muñecas y mientras la brisa marina del Pacífico panameño le empuja el rostro, aprovecha para comentar algo de su nuevo disco Río. ‘Fue grabado en Bogotá y mezclado en Nueva York por Héctor Castillo, el mismo ingeniero que arregló Fuerza Natural, de Gustavo Cerati’. Un fuerte ruido de los buques que navegan cerca de la costa se tragan su voz. Se levanta, inhala una bocanada de aire y se apoya sobre una silla plástica curtida por el sol. ‘Cerati es un maestro. Precisamente antes de presentarse en Caracas estuvo en Bogotá’, comenta. Sus ojos se achican, se ven lejanos pero brillan tanto como las estrellas que inesperadamente invaden el cielo. A pocos metros, una melodía ochentera pasa como rayo. Se ríe a carcajadas y comenta: ‘Sabes, ese instrumental me recuerda una canción del primer disco que compré en mi vida. Uno que se llama Sargento Pepper, de Peter Frank y los Bee Gees’. Hoy, además de artesana, es madre de dos hijos, está casada y vive en Bogotá. La noche reclamó su espacio y la ícono del rock latino desapareció entre el humo de un cigarro que alguien fumaba.