28 de Oct de 2021

Cultura

La esencia de la ampliación

‘ Es la esencia de la ampliación’, diría más tarde Belisario de la Rosa, responsable de los búnkeres donde se almacenan los explosivos ...

‘ Es la esencia de la ampliación’, diría más tarde Belisario de la Rosa, responsable de los búnkeres donde se almacenan los explosivos propiedad de la ACP en Cerro Pelado. ‘Sin explosivos no habría ampliación’, asegura este San Pedro custodio de la llave maestra de los 17 búnkeres de cemento armado que, lado a lado y camuflados con vegetación, dejaron los estadounidenses como parte de las instalaciones construidas para la seguridad de la vía marítima. Y no habría Canal, pensamos sin decirlo.

Y es absolutamente cierto: para construir esta ‘maravilla de la ingeniería moderna’ – como ha sido llamado el Canal –, han tenido que utilizarse 27 mil toneladas de dinamita, con una energía explosiva superior a todas las guerras libradas hasta entonces por Estados Unidos, que permitieron abrir el corazón de la montaña para crear un cañón artificial que uniera efectiva y definitivamente los dos océanos. En aquel entonces – en que se usaba dinamita – el ruido era infernal, el peligro enorme y la pérdida de vidas incalculable. Adicionalmente, el uso de este explosivo era intoxicante debido a la cantidad de gases que emite, lo cual hace imposible utilizarlo por largos periodos de tiempo sin sentir mareos y hasta perder el conocimiento, eventualmente.

Hoy, gracias a la tecnología moderna eso ha cambiado. ‘En los últimos 25 años no ha habido ningún accidente relacionado con explosivos, el último fue por la época de Omar cuando se trabajaba aún con dinamita’, advierte Álvaro Díaz, ingeniero de minas, especialista en explosivos y supervisor interdisciplinario de operaciones de tierra del departamento de voladuras. Según el experto desde el año 93 o 94 se usa nitrato de amonio emulsificado, un explosivo terciario de alto orden muy utilizado especialmente por empresas mineras y de demolición, debido a que es muy seguro y barato.

EXPLOSIVISTAS EN EL CANAL

Bajo el sol, los chalecos de emergencia, los cascos y calzando pesadas botas de trabajo, el calor y la humedad se hacían insoportables en nuestra primera visita el pasado miércoles al área de voladuras del Canal. Con los pies hundidos en lodo tratábamos de seguir el paso de los explosivistas que nos habían asignado para que hablaran de su experiencia en la ACP: Irene y Álvaro. La ACP cuenta con 12 explosivistas con calificación para trabajar específicamente en el Canal. Ambos enfatizan el valor del equipo humano con el que trabajan. ‘Sin ellos no podríamos hacer el trabajo’, dice Irene. ‘Tómenles una foto a todos’, pide Álvaro. Todos, aunque no lo digan, tienen un trabajo duro. Bajo el sol, bajo el agua, con calor, con mosquitos y muchas veces cubiertos de lodo, sudan la gota gorda dentro del equipo protector que no pueden quitarse debido a las estrictas regulaciones de seguridad.

En compañía de ambos nos dirigimos al sector de Mamey en el Lago Gatún donde el viernes seríamos testigos de una voladura en el marco de los trabajos de ampliación del Corte de Culebra. ‘Villanueva, Villanueva vamos llegando al área’, dice en el radio Álvaro. ‘Hay tres barreras para que sepan’, contestan a través del aparato. El camino corre paralelo a la línea del tren. ‘Permiso para entrar al área’, pide el ingeniero. ‘OK, tienen permiso, pueden pasar’, es la respuesta. ‘Área de voladuras, peligro’ se lee en un cartel. Allí una cuadrilla de 7 operadores de explosivos, provenientes de todo el país, al mando de Ricardo Villanueva perforaba el suelo, instalaba los barrenos para colocar los explosivos y colocaba los ‘bollos’ – como le llaman a los cartuchos de explosivos debido a su forma – hasta dejar el área cargada. ‘Este sistema de cargar explosivos a través de una barra de perforación se llama ‘Kelly system’ y se hace en muy pocos lugares’, explica Irene.

Aunque la ACP tiene a muchas mujeres trabajando en áreas antes de dominio masculino, se hace extraño ver a una mujer joven, guapa y además psicóloga industrial de profesión, trabajando como explosivista. Irene Villalaz es hoy por hoy la única mujer con esta especialidad en la ACP. Pero, ¿cómo una psicóloga termina como explosivista?, es la pregunta obligada. Irene trabaja hace 17 años en la institución y hace casi 6 años concursó para un curso de entrenamiento en esta especialidad que duró 18 meses. Inmediatamente después quedó trabajando en el departamento de voladuras. ‘Soy esposa y madre, mi esposo y mis hijas me apoyan a pesar de que a veces por los turnos rotativos tengo que pasar alguna noche fuera de casa. Me encanta lo que hago’, dice Irene.

Para ella, igual que para el resto de sus compañeros de trabajo la parte más riesgosa es tener que volver a ‘amarrar los bollos’. Es decir, una vez que se ha producido la explosión si todavía quedan cartuchos por detonar, el explosivista debe regresar al campo a interconectar aquellos que quedaron indemnes. ‘Puede haber fallas, pero como hay procedimientos es difícil que se produzcan’, explica Álvaro. ‘En la ACP se observan altos estándares de seguridad pero cuando se comete un error por lo general es el último’, agrega este ingeniero, reconociendo así el riesgo que entraña este tipo de trabajo, a pesar de lo tranquilos y distendidos que se ven todos los que forman este equipo.

VOLADURA IN SITU

Viernes, 8:30 de la mañana. La hora fijada para salir del edificio principal de la ACP hacia Gamboa era ésa. El tráfico en la Transístmica era infernal. Mi celular había sonado ya tres veces, me esperaban solo a mí para partir. Finalmente alcanzo mi meta. Varios rostros ceñudos y desconocidos me aguardan y me hacen sentir que soy culpable. Y me siento así, sé que una voladura en el Canal debe tener un horario preestablecido. Sé que todas las personas que, conmigo, disfrutarán del espectáculo se levantaron temprano para llegar a tiempo. Para compensar o para castigarme – no estoy segura – el conductor del vehículo que me tocó iba a 130 kilómetros por hora, pero no me atreví a reclamar a pesar de tener el corazón el boca.

Otro día más con este calor que no da tregua. 35 grados centígrados pronostican los meteorólogos para este viernes, igual como lo hicieron para el jueves, para el miércoles, para la semana pasada...La salida de la lancha que nos llevará hasta Mamey para presenciar desde el agua la voladura preparada dos días antes estaba programada para las 9:15. En el muelle de motonaves de Gamboa, Álvaro Díaz, el ingeniero supervisor de las voladuras aguarda tranquilo. Después de una breve espera abordamos la ‘Colibrí’, lancha vieja y descolorida, asignada para el trabajo de este día. Pero la queja explícita, en algunos casos, de los ocupantes por la falta de aire acondicionado provocó, afortunadamente, el cambio de embarcación. Y ocupamos la mucho más joven ‘Gaviota’ que al lado se mecía invitadora en el agua. ‘Esta es la lancha de Mireya’, dice riéndose una de las pasajeras y en efecto esta lancha se compró durante el gobierno de Mireya Moscoso.

Finalmente a las 10:00 partió la ‘Gaviota’. Díaz era el jefe de la expedición, el resto del pasaje estaba compuesto por dos ingenieros asistentes, un equipo de prensa de la ACP, otro de la sección de seguimiento ambiental de la ampliación, un grupo de paleontólogos del Instituto Smithsonian y el equipo de Facetas, además del capitán de la embarcación y un marino. Cada 15 días se realiza una voladura, por lo general los viernes. Actualmente – en el marco de la ampliación y ensanche de la vía – las voladuras terrestres se realizan en el área de Mamey y las subacuáticas en el Corte de Culebra, en ambos casos con el propósito de enderezar la ruta y hacer más expedita la circulación en el Canal.

Transcurridos 10 minutos la ‘Gaviota’ al mando del capitán Erick González llegó al punto elegido, no sin antes dejar un operador en la draga Mindy – una de las cuatro que tiene la ACP en el Pacífico – que con Quebian I, Rialto y Cordelius, las tres restantes mentiene el calado requerido del Canal. Quedamos detenidos en medio de la ruta de los barcos. Frente a nosotros, aproximadamente a 1,500 pies de distancia teníamos el área cargada con explosivos que habíamos visto trabajar dos días antes.

‘We are ready, waiting for your aprobation’, dice el ingeniero Díaz en el radio que sostiene con la mano. El Cosco Boston un barco de contenedores está pasando frente a nosotros. Es necesario esperar que concluya su tránsito para empezar el conteo para la voladura. ‘OK Villanueva, Villanueva suena a los 5 minutos por favor, una vez que pase el barco’, vuelve a decir el ingeniero en el aparato. ‘Villanueva que también la Mindy suene a los 5 minutos. Hydrus, Hydrus bloquea el área por favor’, agrega. Estamos esperando que pase el barco y que ya no pasen embarcaciones menores’, le contestan entre chasquidos y chirridos. Es difícil entender cómo logran intercambiar información en medio del ruido del motor, la comunicación constante del capitán con la base, la conversación de los pasajeros, en fin. Cada vez que se realiza una voladura el tránsito por la vía interoceánica debe ser detenido y en este área, por la proximidad, también se detiene el tren que va hacia Colón. Sólo cuando no hay embarcaciones cerca se procede.

El calor es insoportable afuera pero igual nos advierten que debemos usar chaleco salvavidas y casco para salir a la cubierta del barco. Una vez preparados camarógrafos, fotógrafos, periodistas, paleontólogos e ingenieros salimos detrás de Díaz, al mando de la explosión. Son las 10:40 de la mañana. Las cámaras y las miradas apuntan a tierra. ‘Villanueva atento, Villanueva conteste’, dice el ingeniero en jefe. Después del ‘Adelante’ de Villanueva, el ingeniero Álvaro Díaz empieza el conteo. ‘Esta es la sección de perforaciones y voladuras que se prepara a la cuenta de 10. 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2, 1, fuego’, dice Díaz antes de que sintamos dos potentes detonaciones simultáneas. Piedras, polvo y humo se elevan como a 30 o 40 metros del suelo. Después el silencio y en la distancia el viento que se lleva los restos del gas amarillento de nitrato. La explosión sólo demoró un segundo y medio. ‘Buen trabajo, los felicito’, concluyó Álvaro en el radio.

2,400 metros cuadrados de terreno abarcó la explosión de este viernes y 22.5 toneladas de explosivo se utilizaron para este área. Y así metro a metro, día a día, cartucho a cartucho, hombre a hombre y mujer a mujer, avanza la ampliación y sobrevive el Canal de Panamá. Un canal construido y sostenido gracias al valor de sus hombres y mujeres que como estos explosivistas hacen su trabajo sin alharaca y con el miedo en el bolsillo.