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12 de Nov de 2019

Cultura

"Leo para robarle algo a los grandes"

Un poemario de 1974 que referencia lo retorcido, escrito por Roberto Iglesias, emerge desde La Gran Manzana

Al poeta Roberto Fernández Iglesias no le gusta la inspiración. Sentado cerca de un teléfono público en el restaurante Boulevard Balboa, se termina su café para evidenciar el vacío de un concepto ingenuo en el espectro artístico. ‘Yo tengo un aparatito que se llama inspirómetro —dice mientras se lleva la mano al pecho— y porque haga 400 inspiraciones al día no escribo ni más ni mejor’.

El autor nacido en Panamá y afincado hace décadas en Toluca, México, hace ahora un breve recorrido por los filósofos de la Grecia antigua para señalar que Homero podía decir tantas cosas no porque las supiera, sino porque eran inspiración de Dios. «Le soplaba, como en los exámenes», añade y ríe.

Así va dando pistas del proceso creativo de sus obras, que recae en la edición y curación de versos, algo que se aleja de proyectar la vista hacia el horizonte esperando un impulso divino. Ser poeta, contra todo pronóstico de la sociedad que nos enmarca, es un trabajo como cualquier otro. «Eso de la inspiración lo usan incluso para no pagarnos», apunta el escritor, como quien recuerda una mala experiencia. No cuesta pensar que, en el mundo de las letras, alguien con afán de desacreditar el texto de un autor pronuncie un infame: «Hoy no estás inspirado».

REEDICIÓN

A mitad de mes se presentó en Panamá el libro Canciones retorcidas, resorte y otras formas , la más reciente obra del escritor panameño-mexicano. El ejemplar fue publicado bajo el sello Artepoética Press, una editorial que pertenece a la organización Latinopoets, radicada en Nueva York. Se trata de una obra que agrupa tres libros.

En 1973 Arístides Martínez Ortega y el hoy finado José Emilio Pacheco coincidían con certeza en que Canciones retorcidas era un libro de verdadera originalidad y fuerza expresiva, escrito en un lenguaje depurado, a la vez poético y coloquial, de gran concentración y laconismo. Para ellos el poemario representaría una aportación de primer orden a las nuevas corrientes de la poesía en lengua española, demostrando el sitio excepcional que en ella ocupa la lírica panameña contemporánea. O por lo menos eso tiene inscrito el fallo del Premio Ricardo Miró de ese mismo año, que ganó Fernández Iglesias en poesía.

El título de la obra, intrigante, con aires oscuros, hace referencia a las canciones que hacían los músicos ciegos, y que por ello transmitían una abstracción retorcida y sombría. El epígrafe de un escritor japonés explica esto en las primeras páginas.

«Los poemas tienen que ver con este lugar. No este, pero sí el Boulevard Balboa que quedaba en calle 31. Allí fueron escritos algunos», confiesa el autor. Por lo menos, sentado en este local frente a la bahía de la ciudad, algunos versos de su libro reciben con moderación una referencia visual. En un café como estos, donde los periódicos y los menús se abren cientos de veces al día y un millar de conversaciones se superponen de fondo, es fácil convertirse en un espectador furtivo. «En el restaurante/ donde desayuné hoy/ trabaja una mujer embarazada/ y una vez/ sin quererlo/ la sorprendí distraida/ mientras/ acariciaba/ la/ barriga». Con ese ritmo suenan los versos de este primer poemario.

Cuando le preguntan si recuerda cuándo los escribió, responde que sí, pero que no lo va a decir, y extiende una carcajada explicando que si lo dice revelaría un truco que no tiene porqué. «Eras muy chavo», dice su esposa desde la silla de al lado, recordándole sus entonces 32 años a Roberto Fernández Iglesias, cuando recibió el Miró. Margarita Monroy Herrera, quien fuera alguna vez también alumna del autor, es nada menos que la encargada, a pedido del editor, de hacer la introducción del libro, tal y como lo indica la portada del ejemplar, que también se vende en línea. «Para llegar a la obra de Roberto hay que estar bien plantado, no es sencillo, es un poeta difícil, que ha leído y que de verdad se ha sentado y ha trabajado cada palabra, cada metáfora, cada idea», detalla Monroy.

Sobre la asonancia de sus líneas, el autor explica que cuando le suenan que están muy parejas, quita cosas, cambia, para que no sean como un soneto, y recita un soneto de Lope de Vega. «Soy más de la línea Vallejo en ese aspecto», dice y recita ‘Intensidad y Altura’ del poeta peruano.

Otro elemento estético que se hace presente en la poesía de Fernández Iglesias es la tipografía, esos largos espaciados que parecen darle un equilibrio —o desequilibrio lúdico— a la experiencia visual del lector. «Eso lo aprendí de Vladimir Mayakovski y, bueno, el papá de todos que es Stéphane Mallarmé», este último poeta, un francés que escribió que un golpe de dados jamás abolirá el azar.

Comenta que José de Jesús ‘Chuchú’ Martínez le decía: «Yo leo a los grandes para ver qué les robo». Por tal motivo, su decepción es grande cuando se encuentra con versos que no le hacen justicia a la poesía de verdad. «Cuando leo cosas malas me siento defraudado, porque no tengo nada que robarle. Da un poquito de rabia, ahí», vuelve a pronunciar con una risa sardónica.

Resortes , comenta el vate, es la continuación del primer libro, un eco de la dimensión retorcida a la que hace referencia anteriormente. Este empate se complementa con algunos poemas que agrupó bajo el título Otras formas . Y en cuanto al género prefiere dejárselo al lector. «Cada quien lee desde su horizonte de expectativas», dice, aunque reconoce que fue fuertemente influenciado por la poesía de la dinastía china Tang (618-907), que brindó al mundo poetas como Li Po, Tu Fu, Wang Wei y Bai Juyi.

Ahora, espera terminar un libro en el que se filtran versos que cuentan cosas que le pasaron en la década de los 70 —¿es este, acaso, el secreto que no quería revelar?—, y que se perfila como un ejemplar tan escurridizo entre los géneros como todos los que ha publicado con su firma. «La inquietud, la migración es su impulso. Casi ningún poemario se habla con el otro, cada uno dialoga con la posibilidad de ser distinto. No obstante, la ironía, la necesidad de comunicar, de decir, están presentes en todos sus poemas», escribió José Ángel Leyva en su ensayo Roberto Fernández Iglesias: la sustancia furiosa de ser .

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Roberto Fernández Iglesias

POETA Y GESTOR CULTURAL

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PREMIO RICARDO MIRÓ

El primer libro de este ejemplar, ‘Canciones retorcidas’, le valió al autor el máximo galardón de la literatura nacional en 1973, en la categoría de poesía.