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17 de Jan de 2021

Cultura

No puedo evitar pensar que la tv de hoy es peor

Conozco todo el repertorio de los años 80's. Seguro, sí, que era una mierda. Pero hoy, amigos...

Mi nombre es David. Soy escritor. Quiero hablar de la televisión, amigos lectores (o tal vez quiero hablar de Juliana, mi novia, y uso la televisión como excusa). Bueno, la televisión. ¿Qué puedo escribir sobre la televisión? A ver, ¿algo bueno, algo malo, algo lleno de ponzoña y veneno? No lo sé. Yo la disfruté mucho cuando niño. Veía dibujos animados, o ‘las cómicas', como le decimos aquí. Conozco todo el repertorio de los años 80: He-Man, Shera, G.I. Joe (los gringos que nos lavaban el cerebro desde pequeñitos); Los Silverhawks, los Thundercats, Mazinger, Robotrón, Los Transformers, entre muchas otras que volvieron mis tardes menos solitarias y melancólicas (cuando bajaba el sol en la provincia de Los Santos, en ese pueblo de La Laja, pueblo de cantina y viento, una melancolía muy temprana se apoderaba de mí).

Había también programas con personas de carne y hueso en ellas, como el legendario McGyver y Lobo del Aire. Lo más seguro es que esté idealizando mi niñez y por consiguiente la calidad de la televisión de esos días. Seguro, sí, que era una mierda. Pero hoy, amigos, cuando de vez en cuando me toca ir a un lugar público en donde tienen un aparato de televisor, pues, no puedo evitar pensar que la televisión de hoy es peor, que es una verdadera y soberana porquería, que es algo objetivo y que no son juicios de viejo amargado.

En fin, les cuento. En un programa de televisión, telebasura, telemierda, veo que una chica debe escoger a uno de entre cinco chicos. El programa es una de esas infinitas versiones de la cita a ciegas que, al parecer, por ser del agrado de las masas, nunca morirá. La cámara hace un acercamiento a los rostros de los candidatos. La producción ha sido cuidadosa al elegirlos. Han sido políticamente correctos. Los chicos representan a casi todas las razas del mundo, por un segundo pienso que estoy viendo un comercial de Benetton. Pero eso no es lo que en realidad ocupa mis pensamientos, sino la certeza de saber, sin margen de error, a cuál de los chicos escogería Juliana (¿ven que al final todo era sobre Juliana?). Sé con cuál se iría, sé a cual de ellos miraría con ojitos brillosos y con los labios entreabiertos, con el dedo índice metido entre los dientes, la mano delicada, los pies separados y la cadera hacia un lado; una réplica de la chica de la televisión.

Juliana estará con otro hombre. Lo he sabido desde la primera vez que salimos. Por supuesto, no me lo dirá. De eso estoy seguro. Es algo aceptado. Una convicción que, si tengo que describirla de alguna manera, diría que es una bella convicción; no una firme convicción, que sería redundar, sino bella. Juliana no necesitará decirme. Yo lo sabré sin necesidad de chismes, llamadas telefónicas, miradas chuecas, voces que se quiebran a mitad de la noche, sin la necesidad de buscar sobre la piel un olor diferente. Y nunca reclamaré nada. Otras personas también lo sabrán, pero serán discretas; gente allegada a Juliana y a mí, que no querrán sembrar daño; amigos cercanos a Juliana y a mí, pero más que todo a Juliana, porque yo no tengo allegados. Solo me tengo a mí mismo, válgame Dios (aunque no me valga Dios). Yo soy poeta. No sé más. En definitiva, la televisión, hoy, es una mierda. Amo a Juliana. Se irá Juliana.

MÚSICO Y POETA