Panamá,25º

21 de Jan de 2020

Cultura

La pesada de jobo

Una nación es mucho más que un vestido, mucho más que una pesada de jobo y mucho más que pindín

Hay sabores que para apreciarlos tienes que haberlos mamado. El nance, el pixbae, el mamón. Y el jobo. El jobo también.

Me precio de comer de todo. Como buena omnívora devoro lo que sea comestible, menos las sardinas, el nance, el pixbae, el mamón. Y el jobo, el jobo tampoco.

Hace unos años, en medio de una investigación, una mujer a la que estaba entrevistando me brindó, con todo el cariño, una pesada de jobo, con quesito blanco por encima, y se me sentó delante a conversar. Yo, no queriendo hacerle el feo, me la comí. Enterecita. Es una de las cosas que más me ha costado hacer en mi vida. Yo sonreía y la pesada pugnaba por regresar a la boca desde el estómago, y yo tragaba para volverla a meter, cucharada y traguito de agua. No me gusta la pesada de jobo. Eso no quiere decir que Ocú no me guste, al contrario, es uno de los pueblos más hermosos que hay en Panamá. Un Panamá que conozco, que reconozco y que me encanta. Montes, selvas, pueblos, ríos y playas. Un Panamá que he recorrido y recorro mucho más que muchos que han vivido aquí y que se precian de subir fotos de guayacanes en las redes sociales titulándolas: ‘Bellezas de mi Panamá'. Sin darse cuenta de que todos los años es exactamente la misma foto, del mismo guayacán que está frente a su casa. Todos los años desde el mismo ángulo.

Pero va a resultar que no se puede criticar el jobo, igual que no se puede criticar el afán por publicar fotos de guayacanes, todos igualitos, ni tampoco se puede hacer mención del traje típico nacional. No tienes derecho a que no te guste. Si no lo sientes propio y eres panameño, eres un mal patriota; y si no te gusta y no eres panameño, te mereces la deportación.

Nací en León, España. No me gusta el flamenco. Solo me he puesto un traje de faralaes en mi vida, en un Halloween y en Panamá. No asocio mi españolidad con un trozo de tela con volantes. Me siento española por muchas otras razones, sentimentales, identitarias, históricas… pero no por un pedazo de tela.

Debe ser muy duro tener que defender la inmutabilidad de un simple vestido a capa y espada. ¿A qué se le teme? ¿Cuál es el peligro que corre la panameñidad si se le pintan tembleques a una catrina? ¿Modificar el traje implica que Panamá se hundirá en el caos y la debacle será inminente? Entonces estamos en problemas, porque los defensores acérrimos de la integridad pollerística deberían darse cuenta de que el traje ha cambiado bastante desde hace un par de siglos. Y eso lo sé yo sin ser experta en folclor. Porque las costumbres, los trajes y las tradiciones se modifican, están vivas, son parte de la sociedad en constante cambio. Si las congelas las matas. Se convierten en piezas de museo. Y no es eso lo que queremos enseñarles a nuestros hijos, ¿verdad?

Crear un conflicto por un ‘quítame allá' esos tembleques poco convencionales en una ilustración es tratar de defender lo indefendible, es tratar de tapar el sol con la mano y demostrar que no se tienen muy claras las prioridades.

Una nación es mucho más que un vestido, mucho más que una pesada de jobo y mucho más que pindín.

Por cierto, ¿alguien podría decirme por qué no se considera la bata típica de las gnäbes y las buglés, por ejemplo, como símbolo identitario de la nación panameña? Sería interesante asistir a un debate sobre este punto…

COLUMNISTA