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28 de Oct de 2020

Cultura

¿A qué huele una madre?

Ese olor a madre es escudo contra la tristeza y la fealdad del mundo

Cuando me pusieron encima a mis dos engendros, después de haberlos parido, lo primero que instintivamente necesité fue olerlos, por debajo de la capa de líquido amniótico, sangre, y fluidos corporales varios. Olerlos, captar ese olor suyo, de cachorrillo individual. Un olor que a una madre se le clava en la pituitaria. Un olor que reconocerás por el resto de tu vida.

No has tenido que haber parido para reconocer a tu cachorro. No es en vano que todas las madres, (hayan llegado a la maternidad de cualquier manera que sea y sean del género que sean), olisquean con fruición a sus hijos. Les huelen el cuello, el pelo, ponen sus patitas en la nariz y aspiran. No me vengan con milongas de que ustedes no lo han hecho, todas las mamases que en el mundo han sido lo han hecho. Digo, las mamás normales, no hablamos aquí de desnaturalizadas. Todas las mamás reconocen el olor de su hijo, y cuando ese pelaíto crece y cambia su olor, se lo reclaman: ‘Ya no hueles a bebé'. Pero sigue siendo tu hijo y reconoces su olor antes siquiera de oírle los pasos.

Hace unos días vi un video de esos que pretenden ser lacrimógenos en los que varios niños reconocían a su mamá entre una fila de desconocidas solo tocándoles las manos. Y sí, el tacto es importante, pero estoy segura de que el olor ha tenido mucho que ver en ese reconocimiento. No solo las madres huelen a sus retoños. Puede que los hijos no lo reconozcamos a menudo, pero muchas veces, por la espalda y con alevosía, cuando creemos que no nos veis, cerramos los ojos y os olemos, madres.

Cada mamá huele diferente. Igual que ningún hogar huele como otro. ¿A qué huele tu mamá? Mi madre huele a ropa limpia. Huele a una cama recién hecha con sabanas de lino. Huele a camisa recién planchada. A mantita para acurrucarse en un sofá delante de una chimenea. Mi madre huele a cosas cálidas, a cosas frescas, a cosas limpias. A cosas conocidas. Mi madre huele a casa.

Otras madres olían a tierra removida, y a yuca recién cosechada. O a libros mientras te enseñaban a leer, con toda la paciencia del mundo y sin que tus pataletas le impresionaran.

Alguna madre puede oler a Opium. Y la tuya puede que huela a masa de maíz nuevo. ¿Alguna vez te has preguntado a qué huele tu madre? Cierra los ojos, piensa en ella, aspira profundo, ¡ese olor! ¡Ahí está! Lo reconocerías en cualquier sitio, ¿verdad?

Ese olor te rodea siempre, aunque, por tan olido, ya ni lo notes. Ese olor a madre es escudo contra la tristeza y la fealdad del mundo.

Ese olor es el regalo que tu madre te da. El mejor regalo que puede dejarte.

Incluso cuando ya no la veas, cada vez que recuerdes su olor, ella te abrazará. No podrás escuchar su voz contestando el teléfono cuando la llamabas solo para hablar con ella. No volverás a saborear esa sazón que solo ella sabía poner en los platos. Quizás no puedas abrazarla para compartir con ella la alegría de haber encontrado, por fin, a esa mujer con la que quieres pasar el resto de tu vida. Pero ese olor es ella. Está ahí, está contigo.

Pasado mañana, en lugar de dejarte llevar por el aroma artificial de pino navideño ¿por qué no te acercas a tu madre mientras puedas y la abrazas? Huélela. Llena tus pulmones de olor a madre, tú que la tienes cerca, aprovéchala. Otros no tenemos tanta suerte.

COLUMNISTA