21 de Feb de 2020

Cultura

Cuando la música habla

La música gobierna. No hay ideologías, no hay idiomas, no hay fronteras...

Mi gran amigo Fer, contrabajista y gran músico, me ha comentado que se ha puesto a estudiar canto profundamente como nunca antes.

Me ha dicho que ahora, después de algunos meses de estudio detallado, como nunca antes, puede escuchar que gente como David Bowie y Bono, e incluso gente como Susana Baca, está desafinada por momentos. ‘Pero, claro, queda lo artístico; más bien, surge lo artístico, triunfa el arte, en el caso de Bowie y Baca, más que todo; pero hay gente que, además de cantar precariamente, carece de la parte artística. No, Javier, no quiero decir nombres'.

Yo lo miro con saña y le digo: ‘Pero si en decir los nombres está lo bueno; anda, dime, critiquemos, jalémosle el cuero a la gente, eso de destruir a gente es lo más divertido que hay'. Qué va, inútil, no puedo convencerlo. Entonces nos quedamos callados un rato y luego abrimos la computadora y nos ponemos a escuchar música.

Por eso me gusta ir a la casa de Fer, porque escuchamos música, nos quedamos callados un buen rato y dejamos que la música hable, dejamos que la música llene la tarde, que la música, la voz, las guitarras, las cuerdas llenen la noche. Es cierto que luego nos ponemos a hablar paja de la buena, hierba pura, intentamos arreglar el mundo, componerlo con parrafadas y críticas al sistema, pero pronto (siempre muy pronto) nos rendimos, vemos que es una empresa inútil y volvemos al ritmo, a los acordes, a la melodía, las armonías, las canciones clásicas. Volvemos al silencio.

La música es reina. Nosotros somos súbditos. La música gobierna. No hay ideologías, no hay idiomas, no hay fronteras, no hay ni siquiera mujeres ni dolor, ni hospitales ni padres muertos, ni rupturas, ni traiciones, ni borracheras ni rencores. Hasta la muerte se va con la música, aunque la música misma evoque la muerte en ciertos pasajes o versos cantados. Olvidamos las palabras y nos concentramos en los colores de los sonidos. Y en los sonidos (todo el que quiera podrá constatarlo) solo hay vida.

‘Hermano', le digo, ‘es hora de escuchar a Pavaroti, ese gordo cabrón no era el número uno porque se lo hubieran regalado; ese tipo se merecía su lugar, ¿sabes por qué? No porque cantara notas altas, de pecho, no porque tuviera más potencia que todos los demás, sino por todo lo contrario, porque manejaba la dulzura como nadie, porque los pasajes que necesitaban de ese matiz de ternura y melancolía los cantaba como nadie más que él podía hacerlo. Por eso y no por otra cosa era el mejor del mundo'.

Y entonces buscamos en YouTube y escuchamos, a pesar de que YouTube sea el peor sitio para escucharlo. ‘Recuerdo cuando vino a Panamá Pavaroti, ya no era el mismo, ya estaba algo viejo, y se le veía que estaba sufriendo y que sentía pena por el público; pero aquí, por generoso o por sordo, el público lo aplaudió de pie', le cuento a Fer. ‘Seguro que fue por sordo', responde Fer con sangre en los ojos. ‘Sí, a mí también me gusta más pensar que fue por eso'. Y reímos. Y nos quedamos en silencio. La música ocupa la noche.

POETA Y MÚSICO