La Estrella de Panamá
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14 de Oct de 2019

Cultura

23 de octubre En memoria de las víctimas del accidente del autobús B-06

Para ellos, la jornada dura más de dieciocho horas: un día que empieza y termina impulsado por la oscuridad

Aún no amanece, pero muchos ya están despiertos. Para ellos, la jornada dura más de dieciocho horas: un día que empieza y termina impulsado por la oscuridad. Solo pueden descansar unas cuantas horas. A pesar de ello, despiertan con esperanza y también con sueños. Como Chola, quien sonríe sin importar que sus pies siguen hinchados por la jornada del día anterior. Sus sueños la hacen sonreír, aunque no haya luz todavía.

—Toto, párate —susurra Chola, abrazando a su compañero de cama, quien permanece de espaldas—. Anda, que ya es hora.

—¿Ah? —gruñe.

—Buenos días, mi amor. Ya tienes que alistarte para ir al trabajo. Además, ¿sabes qué día es hoy? —pregunta ella, besándolo y abrazándolo.

—Lunes. ¿Y esa besadera? —La aparta.

El hombre trata de despabilarse y se sienta en el borde de la cama. La mujer insiste.

—Sí, es lunes, ¿pero qué fecha es?

—23 de octubre.

—Sí, papi, ¿pero además de eso?

—Es tu día libre —atina a responder él. Busca su toalla y la ropa en las gavetas de plástico que están a un lado de la cama.

La mujer suspira y mantiene la mirada fija en su pareja. Resignada, se dirige hacia la mesita donde ha colocado la estufa portátil. Calienta el aceite para freír el desayuno. Vuelve a suspirar y continúa la conversación.

—Sí, es mi día libre y voy a Calidonia a visitar a mi prima. Pero hay otra cosa, y muy importante. ¿Se te olvidó?

Toto se desentiende e inicia su caminata hacia el baño. Trata de ir antes de que despierten los demás inquilinos. Prefiere ser el primero, aunque en ocasiones ha coincidido con el del cuarto de al lado, el guardia de seguridad. Hoy el lugar está desocupado. Observa que el último que usó el inodoro olvidó halar la cadena. «La misma vaina de todos los días». Hace todo lo que necesita, sin demorarse.

De regreso, termina de vestirse y de peinarse, frente a un pequeño espejo que tienen colgado en la pared. Reconoce el olor de la fritura.

—¿Salchichas otra vez? —cuestiona con gesto de hastío.

—Sí, Toto, salchichas. Es lo que había. ¿No recuerdas, entonces? Hoy es nuestro aniversario. ¡Dos años juntos! —exclama ella con la alegría de una adolescente.

—¡Chuzo! ¿Qué estás diciendo, Chola? ¡Qué aniversario ni qué nada!

—Toto, ¿qué pasa? En mayo se te olvidó mi cumpleaños y hoy, esto.

—Esas son vainas de ustedes las mujeres. Un día, un mes, un año, ¡qué importa!

—¿Cómo que qué importa? ¿Recuerdas que el año pasado me llevaste a ese jorón y celebramos bailando toda la noche? ¡Cómo gocé!

—Mujer, deja ya la necedad. No hay plata para celebrar nada. ¡Cómo te gusta gastar en pendejadas! Ahora hay menos plata, con ese curso en el que estás, ¡ese es otro gasto! Cada vez compras menos comida.

—Yo sé, ya no se puede comprar lo mismo con estos precios. Por eso estoy en ese curso de inglés, para conseguir trabajo en una oficina. Eso de estar de pie todo el día, cansa. ¡No es cualquiera la que aguanta! Por suerte soy echá' pa'lante.

—Bueno, vas a tener que dejar ese curso o empezar a vender comida o algo. Esto te pasa por estar inventando.

—No son invenciones, yo sé que las cosas van a mejorar cuando termine ese curso.

—Sigue pensando en pajaritos preña'os. Ya te digo, eso de que compres menos comida no me gusta. ¡Juega vivo, que yo no como aire! Es más, ¡mueve con mi desayuno!

—Ya voy, ya voy. Papi… también quería hablarte de otra cosa.

—¿Qué pasó ahora?

—¿Vas a regresar temprano? Voy a hacer macarrones con pollo, ensalada de papas y tajadas, tu comida favorita. ¿Te espero? Has estado llegando muy tarde y ya ni comemos juntos.

—¡Qué quieres mujer, si me la paso trabajando! Hay que buscar de dónde.

—Sí, yo sé. Lo que pasa es que me estaba contando la vecina que te han visto varias veces en la parada con la hija de La Negra. Hasta de noche.

—¿Con quién? Esa mujer sí es bochinchosa.

—Bien que sabes con quién. La que anda enseñando las tetas. Esa a la que le dicen La Chichi. La que andaba con El Ñato y, antes de eso, con Pacotilla.

—Es solo una amiga. ¿Qué les pasa a las mujeres?

—No me gustan esas amistades... ya sabes lo que dicen: amigo es el ratón del queso. Se ve que es lisa esa pelá'.

—Apúrate Chola, que no tengo tiempo para tus tonterías. Si sigues con eso te va a ir mal.

—¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a pegar otra vez? ¡Pégame! Anda, que llamo a mi hermano para que te reviente como el año pasado.

—¿A tu hermano?, ese me la debe. Que juegue vivo, que en la próxima al que le va a ir mal es a él. Esa vez me agarró de sorpresa.

—¡Ay, ya, mi amor! No me cambies el tema.

—Te digo que te dejes de eso. ¿Qué pasó con mi desayuno? Muévete, que se me va el bus. Es más, mete las tortillas y las salchichas en un cartucho.

Ya vestido, el hombre está desesperado por salir.

—Mira, mejor deja eso, ya me tienes cabreado. ¡Comeré aire! ¡Me voy!

—No, agarra, ya está listo.

—No, no, no. Me voy. Jártatelo tú.

Toto sale de inmediato. Chola se calza las chancletas para seguirlo. Le grita que la espere. No le importa haber salido de la casa con la redecilla en la cabeza ni con la bata rota. Su objetivo es alcanzar a Toto. Si se va enojado, tal vez no regrese. Si no regresa, no podrán celebrar como ella ha soñado toda la noche.

—Toto, vuelve.

—Te dije que pararas ahí; que si no, te iba a ir mal. De verdad, me tienes cabreado.

Llegan a la parada entre disculpas, llanto y empujones. Su interacción atrae las miradas de las personas que esperan el transporte. A Chola no le importa y sigue reclamando. Al levantar la mirada, puede ver a La Chichi, quien los mira sin parpadear.

Enojada, y avergonzada, Chola empuja a Toto y le reclama. Esta vez, alza la voz.

—¡Viste, es cierto entonces lo que me dijo la vecina! ¡Allí está esa mujer!

—Mira Chola, ¡ya! No me esperes. En la noche recojo mis vainas y se acabó.

—Pero Toto, si esa pelá' no sirve para nada. Se ha revolcado con la mitad del barrio.

—La que ya no sirve eres tú. Te dije que yo no como aire. Tampoco como gallina vieja. Y deja de estar insultando.

Sin aviso, Chola se abalanza sobre la otra mujer y logra abofetearla. En el forcejeo, rompe una tira de la blusa de La Chichi y la deja mostrando más de lo usual. Toto, endiablado, sujeta a Chola y le da un empujón que la hace trastabillar. Chola se salva de ser arrollada gracias a uno de los vecinos, el guardia de seguridad, quien la ayuda a quitarse a tiempo.

Toto se acerca la joven mujer y le habla. La convence de no continuar la disputa y de irse con él en el bus.

Como puede, Chola seca sus lágrimas y trata de acomodarse la bata pues se desgarró más. Observa con tristeza cómo se aleja Toto. Es entonces cuando siente el peso de la mirada de las personas que están en la parada. Percibe compasión, solidaridad y algo de burla. No escucha las risas, pero casi puede verlas. Se pasa la mano por la cadera. Está algo adolorida. Emprende el retorno sobre las piedras, los perros escuálidos, la basura regada, el lodo y la desolación.

Llora, calla y sigue soñando.

La mujer guarda la esperanza. Toto volverá con ella. Como ya lo ha hecho antes. «Él no va a durar mucho con una pelá' como La Chichi, si lo más probable es que ella no sepa ni planchar, ni limpiar, ni lavar; ni, mucho menos, cocinar... con lo que le gustan a Toto mis macarrones», piensa.

De regreso en su cuarto, termina de lavar y de tender la ropa de ambos. Trata de dejar el cuarto ordenado antes de bañarse y de vestirse para ir donde su prima. Vuelve a la parada. Piensa en lo que le va a decir su prima cuando le cuente. Presiente que, otra vez, le recomendará que deje al hombre. No tiene ánimo de escuchar la retahíla pero, como se comprometió a ir a cuidar a sus sobrinos para que su prima pueda ir a una entrevista de trabajo, trata de acelerar el paso.

La distancia desde su casa hasta Calidonia es larga. Espera poder llegar antes de las tres de la tarde, como acordaron. Ve que se acerca el bus de la ruta «Mano de Piedra-Corredor». Mientras camina para abordarlo, Chola observa el número de registro del vehículo. ¿Quién sabe?, a lo mejor se puede ganar la lotería. Tal vez, si se gana algún dinero, podría prepararle una cena especial a su hombre y pedirle que regrese.

Esta vez podría visitarla la buena suerte. Su prima es buena haciendo cábalas. Le va a pedir que le haga el cálculo. Chola mira bien el número de la placa. Lo repite en voz baja para que no se le olvide: 8B-06…8B-06…8B-06.

TRADUCTORA Y ESCRITORA

‘Como puede, Chola seca sus lágrimas y trata de acomodarse la bata pues se desgarró más... Es entonces cuando siente el peso de la mirada de las personas que están en la parada. Percibe compasión, solidaridad y algo de burla'.

SARA MELO DAVIDSON

Traductora y escritora

Nació en Panamá. Siguiendo su pasión por la comunicación, las bellas letras y los idiomas, se ha dedicado por dos décadas al arte de la traducción, en los idiomas inglés y español.

Animada por su interés en la escritura creativa, participó en los talleres de Cuento (2016), Novela (2017) y Poesía (2017) del Programa de Formación de Escritores del Instituto Nacional de Cultura de Panamá.

Actualmente participa en dos proyectos literarios: un poemario colectivo y una antología de cuentos que se publicarán próximamente.