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18 de Oct de 2019

Cultura

Las manos de la artesana que resguarda la tradición de tejer huipiles de vida

En una esquina de una feria artesanal en Panamá, Serech solo daba paso a su aguja hecha con el tobillo de una res para separar varios hilos del telar

El oficio artesanal de transformar algodón en adornados y coloridos "huipiles" (una especie de blusa) y los "cortes" (faldas) recobran el protagonismo ancestral de los mayas en las manos de Esther Serech, una mujer indígena de Guatemala que confecciona estas prendas para usar toda la vida, según dijo luego de participar en la XXV Feria Internacional de Manualidades y Artesanías en el Centro de Convenciones Atlapa en ciudad de Panamá.

El oficio artesanal de transformar algodón en adornados y coloridos "huipiles" (una especie de blusa) y los "cortes" (faldas) recobran el protagonismo ancestral de los mayas en las manos de Esther, una mujer indígena de Guatemala que confecciona estas prendas para usar toda la vida.

Sentada en una pequeña silla de madera y con un telar atado a la cintura, solo sostenido del otro extremo por un poste, esta artesana de la etnia Cakchiquel proveniente del departamento de Chimaltenango (centro), relató a Efe que su trabajo recrea la memoria de las tradiciones de una cultura de más de 3.000 años de antigüedad.

Creció con el arte en su familia, a sus 8 años su madre y abuela le instruyeron como colocar con precisión los hilos en el telar y hacer los diseños no de un bosquejo, sino de su imaginación. Hoy a sus 65 años esa destreza la convierte en una experta del huipil.

En una esquina de una feria artesanal en Panamá, Serech solo daba paso a su aguja hecha con el tobillo de una res para separar varios hilos del telar, el que trabajaba desde hace más de tres meses en una pieza ceremonial.

"El proceso de confección de los huipiles y cortes es largo y requiere mucha dedicación. Todo es un proceso, primero se prepara el hilo de algodón, se hila y tiñe, después de ello, se arma sobre diversas maderas para poder hacer el lienzo", explica.

La artífice relata que esta técnica prehispánica cargada de misticismo y un profundo sentido espiritual varia de acuerdo a las ocasiones, incluso las usadas para los actos ceremoniales son las más complicadas por el valor que tiene.

"En el caso de los casamientos se tiene que hacer tres huipiles para dejar un ultimo recuerdo a la madre, después de esto la novia se puede casar", manifiesta.

A los tres que se refiere Serech están el de uso ceremonial o de fiesta confeccionado con colores vivos, el de trabajo diario que plasma diseños menos elaborados y el de luto que es tejido con tonos en negro, azul, morado y verde.

Con más de 200 diseños de huipil confeccionados, Serech destaca que en su vida siempre le ha gustado hacer dibujos de rosas, pájaros y formas geométricas, porque son los que predominan en su región.

Sostuvo que el tiempo de armar la blusa y el corte varían, el primero toma unos 9 meses si se trabaja 8 horas al día y el faldón otros tres meses.

Esta mujer, que conserva aún su primer huipil que elaboró a los 15 años, menciona que estas prendas se pueden usar mucho tiempo por la calidad del material.

"Tengo entre mis atuendos unos 25 huipil, en mi pueblo mantenemos lo que es nuestro textil, y nadie ha dejado de hacerlo, al contrario todos conservan sus diseños y colores, lo mismo que la comida típica en los distintos departamentos del país", agregó.

Pero no todo es fácil para Serech, a pesar de que en su nación se reconoce su trabajo y agilidad, sufre el desprecio por parte de las personas que no comprenden el esfuerzo que conlleva elaborar esas piezas, inclusive, la instan a venderlas más baratas.

"Como artesana muchas veces me he sentido mal porque me humillan al no valorar mi trabajo, me dicen que los huipiles no deberían ser tan caros porque -para ellos- se hacen a máquina, otros se ríen y ofenden; pero solo los dejo que se den la vuelta", lamentó.

En eso recuerda las palabras de su madre: "Ella me enseñó la paciencia, 'si alguien no lo valora déjelo, que habrá otros que sí'".

Serech comentó que su otra tarea será enseñar a las siguientes generaciones a hacer el textil, niñas de 8 años, que así como ella en su juventud, espera que aprendan el arte ancestral de tejer.